Agua y armonía en la Sierra de San Mamede

Carla es holandesa. De La Haya. Louis es de la capital. De Amsterdam. Carla vivió un tiempo en Barcelona y habla español con cierta soltura. Un buen día la invitaron unos amigos a visitarlos en Portugal. “Vivimos en la Serra de San Mamede”, precisaron. Carla empezó a buscar en el mapa y descubrió que esa sierra estaba junto a una capital de distrito llamada Portalegre y hacía frontera con dos provincias españolas llamadas Cáceres y Badajoz.

Los valles de la Sierra de San Mamede vistos desde las cabañas de Carla

Los valles de la Sierra de San Mamede vistos desde las cabañas de Carla

“Me gustó el lugar. Mis amigos me enseñaron una quinta que se vendía. Tenía una casa en estado ruinoso, pero manaba mucha agua, había un tilo muy antiguo y muy hermoso y árboles frutales sembrados hace muchos años. No era cara y la compré”, me cuenta antes de reconocer que de Cáceres solo conoce la estación de ferrocarril. “He ido allí alguna vez a recoger a mi hija, que venía en tren desde Madrid”, aclara. “Pero tenemos que ir a visitar la ciudad porque me han dicho que es la más bonita de España”, promete.

Alberca situada en la finca de Carla

Alberca situada en la finca de Carla

Carla vive en Portugal desde 2010, aunque hasta hace año y medio no acabó de reconstruir su casa en compañía de Louis. Es una típica mansión portuguesa, es decir, muy práctica para vivir: un gran porche, una pequeña piscina, un estudio para leer y trabajar, las habitaciones, la cocina acogedora…

Piscina de la casa de Carla

Piscina de la casa de Carla

Cuando descubrió el clima maravilloso del lugar, entendió que podría ser un sitio muy atractivo para los turistas. Así que habilitó otra vivienda para acoger visitantes y levantó dos cabañas de madera con sus respectivos porches orientados hacia las tierras fronterizas de Valencia de Alcántara y La Codosera.

En el porche de las cabañas de Carla reina la armonía

En el porche de las cabañas de Carla reina la armonía

Para llegar a casa de Carla hay que ascender por una carretera empinadísima y estrecha, que sale de Portalegre y te deja en medio del monte en cinco minutos. En la finca, tan cerca, tan lejos, solo se oye agua corriendo, perros ladrando y pájaros chillando.

Una de las cabañas de Carla

Una de las cabañas de Carla

Un gato alentejano visita las cabañas cuando le place. Es tan confiado como insolente. Se mete en la casa, lo curiosea todo y si lo echas, no se va. Digo que es alentejano porque es como los paisanos de la zona: algo indolente, algo valiente, algo tranquilo, algo irónico… Un alentejano no es nunca todo, siempre es algo. Están hechos a base de pizcas: un pelín de escepticismo, un puñado de misticismo, unas gotas de timidez, se espolvorea con arrojo, desconfianza, queja y lástima y ya está: el gato que me visita y el alentejano.

El gato de Carla, insolente, visita las cabañas cuando le parece bien

El gato de Carla, insolente, visita las cabañas cuando le parece bien

Por esta sierra y por esta región, las gentes son complacientes y cariñosas. Nunca molestan, no tensan ni engañan. Acogen tanto como el paisaje. Tanta laxitud es buena para vivir en sosiego, pero complica las tareas urgentes y los empeños poco comunes. Por aquí funciona lo consabido, lo tradicional… lo de siempre.

Un sosegado rincón bajo un frondoso tilo de San Mamede

Un sosegado rincón bajo un frondoso tilo de San Mamede

Carla buscaba tranquilidad, pero también eficacia. Y en ese punto, le cuesta aclimatarse. Vino con un coche con ordenador de a bordo. Se le fastidió y no hubo manera de encontrar quien se lo arreglara. Ahora quiere instalar un cartel indicador que no agreda el ecosistema de robles, agua clara y mariposas blancas. Y no hay manera. Se lo hacen de colores, de materiales refulgentes y comunes, pero no como ella quiere. Y va a tener que acercarse a Lisboa. Se lo confeccionarían en Extremadura sin problema, pero no sé qué tienen los extranjeros del Alentejo que no acaban de entender que el paraíso continúa más allá de la frontera… El paraíso y los mecánicos que arreglan ordenadores de a bordo y los rotulistas que respetan el ecosistema.

El autor del blog escribiendo esta entrada junto al gato alentejano de Carla

El autor del blog escribiendo esta entrada junto al gato alentejano de Carla

El gato ronronea mientras escribo sobre él, se pasea por mi mesa, arquea el lomo, araña la funda del ordenador, salta a un árbol, camina por una barandilla estrecha, desconfía y, al tiempo, mira con retranca y gracia provocadora. Por la Serra de San Mamede todo es así. Gatos tranquilos, extranjeros felices en su paraíso, nativos que hablan y viven en voz baja. Y un secreto, mi secreto: en verano, es el lugar más fresco a una hora de Cáceres y Badajoz. Y hay más gatos que turistas.

En la Sierra de San Mamede hay más gatos que turistas

En la Sierra de San Mamede hay más gatos que turistas

Campo Mayor, chalés y cafés

Si alguna vez tengo dinero para hacerme un chalé, contrataré a un arquitecto, lo llevaré en mi coche hasta la carretera que une Campo Mayor con Ouguela, lo dejaré en el arcén y le diré: “Dé una vuelta, observe y constrúyame una casa como cualquiera de las que flanquean esta carretera. Me da lo mismo cuál, la que usted prefiera, todas son igual de bonitas”.

Campomaior, capital europea del café, es una bella ciudad alentejana fronteriza con Badajoz

Campo Mayor, capital europea del café, es una bella ciudad alentejana fronteriza con Badajoz

De Campo Mayor se escribe siempre para hablar de su café. Pero hoy quiero escribir sobre sus chalés y sobre otras curiosidades de esta villa, que se visita para comprarle Delta al señor Nabeiro, visitar su museo o comer marisco en su restaurante. Sin embargo, Campo Mayor es algo más que café.
¿No se han fijado ustedes en las casas de campo portuguesas? Son las más bellas que conozco, las más acogedoras, las únicas en las que no me importaría vivir. De blanco y albero o de blanco y azul pastel, se levantan siempre sobre un ligero promontorio y tienen un porche grande y acogedor que invita a leer, dormitar, merendar o, sí, también, a tomar café.
En Campo Mayor hay muchas casas de ese estilo. Aunque todo el pueblo parece participar de esa distribución singular: un lugar sombreado para disfrutar del aire libre y un interior blanco y sencillo para recogerse. Así es Campo Mayor: sus casas y su parque grande y céntrico lleno de terrazas… y cafés.

Alrededor del parque de Campomaior discurre la vida comercial y el ocio de la villa

Alrededor del parque de Campo Mayor discurre la vida comercial y el ocio de la villa

Casi todos los pueblos extremeños y alentejanos han padecido una misma evolución demográfica: en 1960 tenían el doble de habitantes que en 2014. En Campo Mayor no se ha dado una sangría tan tremenda. En 1960 eran 10.000 y hoy son 8.000. Y todo gracias al café.
Está visto que no hay manera de explicar este pueblo (villa desde 1255) sin hablar del café. Resumiendo: Nabeiro y sus tíos decidieron vender a los españoles algo de lo que carecieran tras la Guerra Civil. Pensaron en el café y empezaron a tostarlo en un cobertizo y a distribuirlo con cuadrillas de contrabandistas. Eso fue en los 40. Hoy, los cobertizos se han convertido en las más importantes fábricas cafeteras de Europa.

Cobertizo situado junto a la muralla campomaiorense

Cobertizo situado junto a la muralla de Campo Mayor

Badajoz y Campo Mayor están unidos desde siempre. Un detalle: los libros de historia cuentan que la villa fue reconquistada a los moros en 1219 por unos caballeros cristianos: los Pérez, de Badajoz. En 1297, corrió la misma suerte que Olivenza y la vecina Ouguela y pasó al reino de Portugal, donde mandaba el poderoso rey don Dinís. Después, anduvo bailando de un lado para otro: castellana entre 1383 y 1385, portuguesa después.
Fue refugio de forajidos antes de convertirse en plaza militar, donde uno de cada cuatro habitantes era soldado, y cuartel de mercenarios holandeses. Sufrió asedios y conquistas de ejércitos ingleses, franceses, portugueses y españoles. En fin, nada que no sea común a cualquier plaza fronteriza europea. Y padeció grandes desgracias como la explosión de su polvorín por culpa de un rayo el 16 de septiembre de 1732 (murieron dos tercios de la población) y la epidemia de cólera de 1865: duró 75 días y murieron dos personas cada día. En 1867, quisieron unir Campo Mayor a Elvas y lo impidió una huelga general. Sin embargo, no hubo protestas cuando 50 años después absorbieron Degolados y Ouguela.

Típica calle de Campomaior, estrecha, laberíntica y llena de coches aparcados

Típica calle de Campo Mayor, estrecha, laberíntica y llena de coches aparcados

Hoy, Campo Mayor merece una visita, aunque no es pueblo que piense en los turistas: sus calles son un laberinto, los autos aparcan por doquier, si quieres llegar al castillo en coche, te pierdes seguro. Conclusión: aparquen en la plaza principal, a la sombra, y caminen buscando la capilla de los huesos (o mejor, de las calaveras), que impresiona tanto como la de Évora. Suban después hasta el castillo, que se puede visitar. Aunque lo más interesante son las casas del entorno: humildes, sencillas, adosadas a la muralla, con la ropa tendida, los apaños para hacer chapuzas en plena calle y unos perros muy fieros para que no des mucho la murga. No son el chalé soñado, pero también son trasunto de Campo Mayor: una villa que aprovecha cualquier resquicio para sobrevivir.

Sencilla vivienda adosada a la muralla, muy típica en Campomaior

Sencilla vivienda adosada a la muralla, muy típica en Campo Mayor

Extretejo, el país maltratado

San Cucufate es una villa agraria romana que se conserva junto al pueblo alentejano de Vidigueira. Se distinguen aún sus graneros, sus bodegas y sus lagares del siglo I, cuando el Alentejo abastecía de aceite, vino y trigo a Roma desde el puerto de Setúbal. En realidad, el Alentejo ha sido la gran despensa de Portugal a lo largo de la historia. En ese punto, es una región emparentada con Extremadura.

San

San Cucufate, villa romana situada en el Alentejo, cercana al pueblo de Vidigueira

Más al sur, Serpa, un municipio de 16.000 habitantes emplazado junto al Guadiana, en la calzada de Sevilla a Lisboa por Beja. Como cualquier pueblo extremeño o alentejano, en 1960, Serpa tenía el doble de habitantes: 32.000. También allí la emigración acabó con la buena salud demográfica.

Plaza principal de la localidad alentejana de Serpa

Plaza principal de la localidad alentejana de Serpa

En el siglo XVI, cuando la política y la economía del reino de Castilla pasaban por Extremadura, el Alentejo portugués concentraba el mayor número de centros urbanos del reino de Portugal. Su actividad agrícola, artesanal e industrial, sobre todo en el sector textil, era tan importante que el Alentejo contribuía con el 27% de los impuestos del Estado portugués. En ese tiempo, Serpa era una villa muy importante por su agricultura, su ganadería, su artesanía y su comercio. Hoy, destaca por sus monumentos, sus pensionistas y sus servicios.

Calle típica de  Serpa, con restos de su muralla.

Calle típica de Serpa, con restos de su muralla.

En “Historia económica de Portugal”, un tratado escrito por tres profesores universitarios lisboetas, los mapas permiten entender la fuerza económica y demográfica alentejana hasta las guerras de Restauración (1640-68) y de Sucesión(1703-13) contra España y napoleónicas (1801-1814) contra Francia.

Si comparamos, es lo mismo que sucedió en Extremadura, donde estas contiendas también hipotecaron de raíz el futuro de la región: las guerras se declaraban en Madrid, París, Londres o Lisboa, pero el campo de batalla estaba siempre en Extremadura y el Alentejo.

Esta calle de Serpa fue elegida la más bella de Portugal

Esta calle de Serpa fue elegida la más blanca de Portugal en 1987

Un dato para entender la situación demográfica: al empezar estas guerras, entre 1640 y 1649, hubo en la iglesia Matriz de Olivenza (Santa María del Castillo) 1.157 bautismos. Avanzada las guerras, entre 1660 y 1669, solo se bautizaron 286 niños. La puntilla la dieron las desamortizaciones del siglo XIX en Extremadura y en el Alentejo.

En la región de Évora, el 50% de la propiedad estaba en manos de la nobleza y el 38%, en manos eclesiásticas. La nobleza fue la gran beneficiada de la desamortización, como en Extremadura, y, también como aquí, eran terratenientes absentistas que vivían en Lisboa. El escritor portugués Nemesio Vitorino apunta que el Alentejo no era una provincia, sino una heredad, una gran finca que mandaba a Lisboa a su población aristocrática.

La llanura alentejana vista desde las inmediaciones de Viana do Alentejo

La llanura alentejana vista desde las inmediaciones de Viana do Alentejo

Con estos agravios, una región con burguesía ávida de poder habría organizado un movimiento nacionalista reivindicativo. Pero en el Alentejo ni tan siquiera son autonomistas. No cuentan con un relato regional.

Portugal, en general, es un país que llora lo que pudo haber sido y achaca su impotencia más a razones míticas que económicas. Hace unas semanas, en la librería Bertrand de Castelo Branco, los libros de historia más vendidos eran: “Portugal en la historia y en el mundo”, “Héroes en la historia de Portugal”, “Los reyes de la Reconquista portuguesa”, “Heroínas portuguesas”, “Un imperio a la deriva”, “El imperio colonial cuestionado” e historias de reyes, de reinas, de naufragios y de Viriato.

Interesante publicación sobre la "Historia económica de Portugal"

Interesante publicación sobre la “Historia económica de Portugal”

Se quejan en el Alentejo de que los fondos comunitarios, sin gobiernos autonómicos que los administren, solo han servido para financiar una vacía autovía de peaje entre Lisboa y la frontera por donde únicamente circulan grandes berlinas. Se lamentan de que la región se esté convirtiendo en un gran parque temático y turístico donde los extranjeros compran casas y tierras sin parar.

Extremadura y Alentejo, tan semejantes. Extretejo, la frontera más pobre de la antigua Unión Europea, una región con identidad propia que solo prosperó cuando estuvo unida: la Lusitania romana, el reino taifa de Badajoz o con Felipe II. Un país maltratado y resignado que quiere escribir su relato.

La frontera de la Champions

Fantoche acomodado en una curva de la carretera que lleva desde Alburquerque hasta La Codosera y Ouguela

Fantoche acomodado en una curva de la carretera que lleva desde Alburquerque hasta La Codosera y Ouguela

Si no fuera por el muñeco de la fotografía, nadie hubiera sabido que por esa carretera se podía ir tranquilamente a Lisboa a ver la final de la Champions la pasada primavera, sin agobios ni esperas. El muñeco da miedo, es un susto que te encuentras en una curva entre Alburquerque y la Codosera, justo a la entrada del puente que cruza el Gévora, unos metros antes del acceso a la ermita de Carrión. Vas conduciendo tranquilamente y de pronto pegas un respingo. Crees que es un zombi o la mítica aparición de la curva, pero en realidad es la primera señal que nos indica que por esa carretera se llega al paso fronterizo más tranquilo de Extremadura.

Fin de semana del 24 de mayo. Final de la Champions. Colas en las gasolineras. Embotellamientos en la frontera de Caia. Hoteles por las nubes. 40.000 madrileños viajando a Lisboa en mil autobuses. El panorama se antojaba complicado. Pero había una solución para que el viaje a Lisboa se convirtiera en un placer sosegado y cruzar la frontera fuera plácido, histórico y reconfortante.

Paso fronterizo solitario y tranquilo entre Alburquerque y Ouguela

Paso fronterizo solitario y tranquilo entre Alburquerque y Ouguela

Entre Badajoz y Alburquerque, hay un punto de la Raya por donde no pasa nadie. En la gasolinera más cercana no hay colas y en la carretera no hay atascos. Por no haber, ni hay ni coches. Es la frontera más silenciosa y desconocida de la Raya, tanto que ni tan siquiera está indicada. Vas por la EX-110 hacia Alburquerque y ni te enteras de que a la izquierda sale una carretera que lleva a Portugal: la señal indica La Codosera, pero no te dice que por ahí se llega al país vecino. Ha de ser el monstruo de la curva, cómodamente sentado en un sillón, quien nos avise de que ese es el camino más lírico y raro para ir a Lisboa a ver al Atleti, que parece ser el equipo favorito de nuestro zombi.

Unos kilómetros más adelante, por sorpresa, una señal oficial nos anuncia que por ahí se va a un paso fronterizo. La carretera española es ancha y no te encuentras ningún coche. Al entrar en Portugal, se estrecha y tampoco pasan vehículos. Al fondo, una fortaleza preside la comarca: es Ouguela, un pueblo promiscuo, que fue castellano primero y portugués, después. Hoy, es una “fregresía” de Campo Mayor.

Mojón fronterizo en la frontera más tranquila entre Extremadura y el Alentejo

Mojón fronterizo en la frontera más tranquila entre Extremadura y el Alentejo

La frontera más tranquila para ir a la Champions, si hay Champions, o a Lisboa, siempre, está en tierras de contienda o de reyerta (hay un pueblo llamado Contenda y una Atalaia da Contenda), es decir, en un espacio fronterizo con unos límites tan inciertos que los vecinos de Ouguela y Alburquerque se aprovechaban de la coyuntura: llevaban sus ganados a pastar donde les parecía sin saber bien si estaban en España o en Portugal y sin que nadie impidiera el aprovechamiento conjunto.

No siempre fue la convivencia tan pacífica. En 1475, en plena guerra entre Isabel la Católica y Juana la Beltraneja por el trono de Castilla, los alcaldes de Alburquerque y Ouguela, que, por cierto, se llamaban los dos João y tenían ambos apellido portugués (Da Silva el uno, Fernandes, el otro) se enfrentaron a palos y murieron ambos.

Pero salvo estos incidentes esporádicos, todo era tan tranquilo como ahora. A veces, se calentaban las cosas por un pozo cuya nacionalidad no estaba clara. Pero se juntaban los procuradores de Badajoz y Campo Mayor y la cuestión se zanjaba declarándolo pozo internacional.

En las tierras de la antiguas Contienda o Reyerta está prohibido coger espárragos y setas

En las tierras de la antiguas Contienda o Reyerta está prohibido coger espárragos y setas

También se planteaban discusiones porque los españoles eran un poco tramposos, quitaban los mojones verdaderos y clavaban unos falsos, invadiendo así Portugal para ampliar sus tierras (en La Fontañera han hecho algo parecido hace nada para ampliar una cocina fronteriza).

En 1864, la indefinición se acabó: la reyerta o contienda de Ouguela se dividió salomónicamente: la parte norte, para España y la sur, para Portugal. Prevaleció la manía de los estados por establecer fronteras en contra del parecer de los lugareños, que sacaban más tajada de la confusión. Hoy, solo la anchura de la carretera indica que cambias de país y solo el cartel del zombi de la curva avisa de que por ahí se va a Lisboa y a la Champions.

Castelo Branco: un viaje entretenido

En Castelo Branco hay un centro comercial muy entretenido. Si esto no les convence para viajar, les diré que en Castelo Branco han abierto un museo de arte contemporáneo muy interesante de espectacular arquitectura e imprescindible contenido. Si siguen mostrándose remisos a esta excursión, pongo sobre la mesa el dato definitivo: en Castelo Branco abundan los restaurantes de comida buena y barata y algunos, hasta son bonitos.

Plaza principal de Castelo Branco con una escultura de Botero en primer plano

Plaza principal de Castelo Branco con una escultura de Botero en primer plano

Con estas tres razones de peso, la comercial, la cultural y la gastronómica, viajar hasta Castelo Branco se convierte en una entretenida excursión, pero entonces aparecen las sorpresas que depara el camino, que ya sabemos desde Cervantes que es mucho más interesante que la posada.

Porque ir a Castelo Branco no es circular por cualquier carretera, sino recorrer la antigua ruta romana que llevaba desde Mérida hasta Coimbra y Braga, una calzada que saltaba y salta ríos mediante puentes magníficos y pasaba y pasa por ciudades romanas, que se conservan en buen estado de revista, como Idanha a Velha.

Puente romano fronterizo sobre el río Erjas, entre Piedras Albas y Segura

Puente romano fronterizo sobre el río Erjas, entre Piedras Albas y Segura

A Castelo Branco se va por la carretera que une Cáceres con Alcántara y el pueblo fronterizo de Piedras Albas, famosa aduana por estar alejada de casi todo y ser la escogida por los periodistas españoles que, con Manu Leguineche al frente, se adentraron en Portugal sin demasiados problemas para contar sobre el terreno la revolución del 25 de abril. Hace de eso 40 años, pero no ha cambiado lo fundamental: aunque la aduana es un edificio abandonado, la soledad sigue presidiendo esta frontera por donde pasa un coche cada mucho.

Segura, pueblo fronterizo portugués visto desde el rayano río Erjas

Segura, pueblo fronterizo portugués, visto desde el rayano río Erjas

Dejando a un lado las bellezas conocidas (retablo de Arroyo de la Luz, iglesia de Brozas, villa y puente de Alcántara), nos detendremos unos metros después de cruzar el puente fronterizo de Segura sobre el río Erjas, ya en Portugal, y nos asomaremos al paisaje. Al fondo, descubriremos un espectacular desfiladero fluvial. El Erjas baja por aquí encajonado y sus aguas traen una fuerza descomunal, sobre todo en invierno. Se puede bajar hasta el lecho del río y entretenerse paseando por la orilla y curioseando los molinos.

Desfiladero fronterizo del río Erjas, entre Piedras Albas y Segura

Desfiladero fronterizo del río Erjas, entre Piedras Albas y Segura

Castelo Branco es una de las ciudades que más crece de Portugal. Este verano inauguraron un moderno aeródromo (en Castelo Branco está instalado un importante laboratorio de ensayos aeronáuticos). En la plaza principal está el centro de arte contemporáneo y un cómodo párking subterráneo. Podemos dejar el coche aquí para callejear buscando un lugar donde comer.

Museo de Arte Contemporáneo de Castelo Branco

Museo de Arte Contemporáneo de Castelo Branco

Sala del Centro de Cultura Contemporánea de Castelo Branco (CCCCB)

Sala del Centro de Cultura Contemporánea de Castelo Branco (CCCCB)

Otra sala del CCCCB

Otra sala del CCCCB

El mejor restaurante de Casteo Branco nos sigue pareciendo Praça Velha, situado en el Largo Luis de Camoens, en la parte vieja. Es uno de los grandes de la Raya. Ambiente, servicio, cocina y precio se conjugan para conseguir que el placer de comer se convierta en una fiesta donde nada rechine. Los platos tradicionales son cocinados con un punto de aventura y sirven desde un aterciopelado de zanahoria y coco con mini pinchos de gambas marinadas, hasta una posta de bacalao en cama de puré garbanzos cubierto con tomate seco y aceite de trufa blanca.

Bacalao servido en el restaurante Retiro do Caçador de Castelo Branco

Bacalao servido en el restaurante Retiro do Caçador de Castelo Branco

Pero el Praça Velha ya está consagrado y hoy buscamos un restaurante popular y barato para experimentar. Se llama Retiro do Caçador y está a un paso de la Catedral. La calle se llama Ruivo Godinho y en ella hay cuatro restaurantes sencillos. El Retiro es el más concurrido. Tiene mesas corridas. Por 1.50 euros tomamos una tonificante canja de galinha: sopa espesa de estrellitas de pasta, sabrosa de sustancia y llena de higadillos de pollo y carne. Sigue un bacalao al estilo del Retiro: bárbara fuente de bacalao con salsa y patatas fritas (10 euros). De postre: natillas, gelatina o flan.

Por la mañana, puentes y paisajes. A mediodía, arte. Tras la comida, algún libro y algún detalle en el centro comercial, situado camino de la autopista. Un viaje entretenido.

Obras de arte en el CCCCB de Castelo Branco

Obras de arte en el CCCCB de Castelo Branco

Isabel del Alentejo, una heroína de Ouguela

En Ouguela, hoy, viven señoras mayores que a mediodía escuchan a toda pastilla una emisora religiosa donde hablan del Papa Francisco. Hace 600 años, quienes andaban por aquí eran delincuentes perdonados por el rey de Portugal siempre que se vinieran a vivir a esta villa fortaleza que defendía la frontera de los españoles.

España vista desde las murallas de Ouguela. Al fondo, a la izquierda, se distingue la silueta del castillo de Alburquerque

España vista desde las murallas de Ouguela. Al fondo, a la izquierda, se distingue la silueta del castillo de Alburquerque

Ouguela queda a un paso de Aburquerque por una carretera transfronteriza que cruza la Raya Seca y soporta muy poco tráfico. Está a cinco minutos de Campo Mayor y es una visita obligada para los amantes de la historia, de los castillos, de los paisajes, de la fotografía, de la tranquilidad, de la frontera, de las leyendas… Ouguela es un precioso pueblo metido en un castillo medieval, levantado por el rey don Dinís, uno de los más poderosos de la historia de Portugal, y protegido por una posterior muralla, construida en el siglo XV por el rey Don Juan I, el mismo que concedió a la villa el privilegio de ser “couto de homiziados” o espacio franco para determinados delincuentes.

Singular motocarro estacionado en la plaza de armas de la fortaleza de Ouguela

Singular motocarro estacionado en la plaza de armas de la fortaleza de Ouguela

Para rematar su poderío fronterizo, el rey Juan IV, durante la guerra de independencia de Castilla, dotó a Ouguela de unos baluartes y un sistema defensivo de puertas esquinadas que acabaron de convertirla en pieza fundamental del entramado defensivo portugués. Y ahí comenzaron las hazañas bélicas legendarias, que han convertido Ouguela en un símbolo del heroísmo portugués frente al enemigo de siempre, es decir, España, al igual que nosotros hemos fraguado nuestras leyendas épicas frente al vecino francés.

Puerta esquinada de la fortaleza de Ouguela

Puerta esquinada de la fortaleza de Ouguela

Para entender la importancia de Ouguela en el imaginario colectivo y legendario portugués, hay que decir que de aquí es y aquí demostró su valor la Agustina de Aragón del país vecino, aunque en este caso se llamaría Isabel del Alentejo (su nombre real era Isabel Pereira). Todo comenzó la noche del 9 de abril del año 1644. Una fuerza de 1.000 caballeros y 1.500 infantes españoles llegados desde Badajoz había invadido el Alentejo al mando del marqués de Torrecusa.

Entre las plazas a conquistar para someter la región, destacaba Ouguela con sus flamantes baluartes recién levantados. Para guiar a los españoles en el ataque, se ofreció un traidor portugués llamado João Rodrigues de Oliveira, que a cambio de pasarse a los españoles, había recibido el cargo de gobernador de Villar del Rey. Como ven, esta historia tiene los ingredientes fundamentales para levantar el ánimo de un país: un traidor malvado, una heroína del pueblo y, naturalmente, un final feliz.

Una señora arregla las macetas de su casa en el patio de armas de la fortaleza de Ouguela

Una señora arregla las macetas de su casa en el patio de armas de la fortaleza de Ouguela

Porque resultó que, mientras Rodrigues el Traicionero marchaba sobre la plaza al frente de 1.200 soldados escogidos de entre la tropa de Torrecusa, cuatro soldados portugueses, que andaban robando ganado por la noche para alimentar a sus correligionarios, se percataron del movimiento de infantes y caballeros y se mezclaron con la retaguardia de la columna, a sabiendas de que de noche todos los gatos son pardos. En cuanto se enteraron de los planes del ataque, salieron corriendo hacia Ouguela por atajos y avisaron al gobernador, que preparó con tiempo la defensa de la villa.

Otra puerta de acceso a la fortaleza fronteriza de Ouguela

Otra puerta de acceso, también esquinada, a la fortaleza fronteriza de Ouguela

El capitán Pascoal, que así se llamaba el gobernador, contaba con 45 soldados más los vecinos del pueblo. Pero entre ellos estaba Isabel del Alentejo, que peleó en las trincheras, repartió pólvora y balas y fue herida por un disparo, pero se repuso en un instante, arengó a los defensores, luchó aún con más brío y consiguió levantar el ánimo de los sitiados, que impidieron que el traidor Rodrigues dinamitara las puertas de la fortaleza y entre Isabel y los 45 soldados acabaron rechazando a los 1.200 españoles. De aquel tiempo, quedan en pie la fortaleza y la casa del gobernador, recientemente restaurada. Y aquellas guerras se han convertido en proyectos conjuntos entre Alburquerque y Ouguela para crear un área museológica que ligue los dos castillos con senderos, investigaciones y actividades.

Monforte, el país de los Moura

En medio de la llanura alentejana, se yergue Monforte. Es una villa estratégica, situada sobre un promontorio en el que confluyen siete carreteras, que vienen de Elvas, Borba, Estremoz, Fronteira, Alter do Chão, Portalegre y Arronches, convirtiendo Monforte en capital de esta comarca alentejana marcada por las dehesas, las planicies, los toros bravos y los caballos lusitanos.

Aunque lo que hace de Monforte una referencia de españoles y portugueses no es ser un cruce de caminos, sino su carácter de capital del rejoneo portugués por haber nacido en ella la dinastía de los Moura.

Una mujer pasa por una calle de Monforte, junto a una fachada plagada de carteles de rejoneo

Una mujer pasa por una calle de Monforte, junto a una fachada plagada de carteles de rejoneo

De esas siete carreteras que empatan en Monforte, hay una especialmente simbólica. Va al municipio de Alter do Chão y une, en fin, la capital de los rejoneadores portugueses con la capital de los caballos lusitanos. Justo en esa carretera, a pocos kilómetros de Monforte y tomando una senda a la derecha, se llega a la Quinta de Santo António, donde la familia Moura reside, entrena y cría su ganado y sus caballos.

La dinastía de los Moura es larga y variada. João, el patriarca, nació en Monforte en 1960. Con 14 años debutaba con caballos y público en la legendaria plaza lisboeta de Campo Pequenho. Dos años después, en 1976, se estrenaba en la plaza de toros de Las Ventas, para tomar la alternativa en Santarem, otra de las más importantes plazas de Portugal, el 11 de junio de 1978. Su hijo Miguel nació en 1996, también en Monforte y también se dedica al rejoneo. Con 17 años, su padre le daba la alternativa en Las Ventas al tiempo que se retiraba.

Además del padre y el hijo rejoneadores, está el pequeño Miguel Moura, que es torero. La familia no acaba aquí. Hay un primo rejoneador: Paulo Queitano, que a su vez, tiene un hijo torero: João Moura Queitano. A ellos hay que añadir otro sobrino con el que no contábamos y que nos apunta un caballero en una terraza de la plaza principal de Monforte: Antonio Benito Moura.

En Monforte, los Moura son el orgullo local. La población está plagada de carteles anunciando la presencia de los toreros y rejoneadores de la familia en las diferentes plazas de España y Portugal. La plaza de toros de la localidad se llama João Moura Pai y se levanta en el pueblo un Centro de Interpretación de la Tauromaquia.

El año pasado, João Moura hijo subió a Facebook unas imágenes en las que se veían varios perros de presa atacando a una vaquilla. Las fotos causaron una gran indignación en Portugal y el joven rejoneador fue denunciado a las autoridades. Facebook retiró las imágenes, pero las fotos han quedado como un baldón que en Monforte han tomado casi como un ataque a las esencias del pueblo y se irritan y defienden si se les menciona el caso.

En la oficina de Turismo, informan detalladamente de cuantas vicisitudes rodean a la saga local de rejoneadores y detallan cómo llegar hasta su finca. En el restaurante O Caçador, famoso por su arroz y sus alubias con liebre, se podían contar 50 carteles de corridas en las que han intervenido los Moura.

Hay otros restaurantes más elegantes y modernos, pero también con platos tradicionales como el porco preto.

Monforte tiene 3.200 habitantes y, como cualquier otro municipio alentejano o extremeño, en 1960, tenía más del doble: 7.300. Más allá del rejoneo, paseando por su casco antiguo, se puede visitar el museo municipal, la torre del reloj, los restos del castillo, el palacio municipal del XVII o la capilla de los huesos, adosada a la iglesia parroquial, con decenas de cráneos y huesos incrustados en sus paredes y tan inquietante como otras capillas semejantes de Campo Maior y Évora.

El mundo contra Extremadura

Hace unos meses, se celebró en Barcelona un congreso titulado “España contra Cataluña”. Y no seré yo quien lleve la contraria. España, entendida como la monarquía absoluta, los cortesanos egoístas y la alta burguesía acaparadora, ha actuado muchas veces en contra de Cataluña, de Galicia, de Murcia, de Canarias…

No digo nada de Extremadura porque si aquí tuviéramos que montar un congreso de queja y reivindicación, deberíamos titularlo “El mundo contra Extremadura”.

Puente de Palmas de Badajoz

Puente de Palmas de Badajoz

Extremadura fue un reino aftasí próspero y culto hace mil años, pero se lo cargaron los almorávides en 1086 y los cristianos en 1230. La región vivió un tiempo de cierta prosperidad hasta el siglo XVII, pero luego, entre 1640 y 1713, se convirtió en un horrible campo de batalla: Madrid y Lisboa se declaraban la guerra, pero los ejércitos luchaban en Extremadura, incluidos los de Carlos de Austria y el mariscal Barwick: el mundo se peleaba aquí, devastaba aquí e impedía cualquier intento de instalar aquí industria o comercio. La propia nobleza local escapaba a la Corte y arrendaba sus tierras o las dedicaba a la ganadería sin cultivarlas.

Catedral de Badajoz

Catedral de Badajoz

En el siglo XVIII, los ilustrados de Madrid empiezan a fijarse en esa tierra depauperada y despoblada, maltratada por la guerra y llamada Extremadura. Se escriben memoriales en los que se explica que los latifundios y la Mesta (dirigida por la nobleza centralista) han maltratado la región, llegando la Mesta a provocar incendios legales para tener más pastos.

Las epidemias, heladas, plagas de langosta, inundaciones y terremotos se han cebado con Extremadura sin que desde Madrid se haya procurado socorro ni beneficencia. Los 14.000 moriscos expulsados de Extremadura han retrasado su agricultura sin remisión, acabado con su comercio y cercenado su artesanía. En la región hay menos habitantes que 200 años atrás, la nobleza se ha marchado y no hay ni burguesía industrial, ni gremios influyentes ni instituciones universitarias. ¿Cómo iba a haber nada de esto en una región que era un campo de batalla por decisión de “España”?

Subida a la Alcazaba de Badajoz

Subida a la Alcazaba de Badajoz

Estos memoriales provocan un primer proyecto de reforma agraria que prepara Olavide, pero la Inquisición y la jerarquía recelan de ese intento de repartir tierras entre los necesitados y Olavide ha de huir antes de que lo detengan y procesen. Muere Carlos III y se acaban las buenas intenciones.

El siglo XIX empieza como había empezado el XVIII: el mundo contra Extremadura. Franceses e ingleses se dan estopa aquí ayudados por españoles, portugueses y mercenarios varios. Esos años de guerra marcarán la primera mitad del siglo, unidos a la fiebre amarilla, el cólera y el hambre. Conclusión: seguíamos teniendo medio millón de habitantes, como durante el siglo XVI.

Interior de la Alcazaba de Badajoz

Interior de la Alcazaba de Badajoz

Quedaban algunos consuelos: las tierras de monasterios como Guadalupe eran un emporio económico y los ayuntamientos tenían tierras comunales cuyas rentas permitían atender los servicios públicos, crear pósitos para prestar dinero y, además, se podían repartir tierras. Pero todo eso se acaba, lo decide Madrid, o sea, España. Tres desamortizaciones (Godoy, Mendizábal y Madoz) entregan baratitas esas tierras de monasterios y ayuntamientos a la aristocracia y a la alta burguesía españolas, que no las cultivan, sino que cortan los árboles, venden la madera y dedican las fincas a pastos.

Los campesinos extremeños se convertirán en jornaleros explotados por las grandes fortunas de España o emigrarán. Y acaba el XIX casi peor que empezó: sin revolución industrial, sin tierras comunales, sin instituciones de ayuda y beneficencia… La reacción es una revolución agraria, la contra reacción es una Guerra Civil. El resultado final: la emigración del 30% de la población a las regiones más industriales, sí, esas del congreso de España contra… Regiones donde las cajas de ahorro, también las extremeñas, están obligadas a prestar dinero a bajo interés para favorecer el desarrollo industrial y donde se deben establecer obligatoriamente las fábricas.

Badajoz: Puerta de Palmas

Badajoz: Puerta de Palmas

Esta es la historia resumida de Extremadura y por esta razón somos los últimos de la fila, ya sea en desarrollo industrial o en el informe Pisa. No me digan que no hay base para organizar un congreso científico titulado “El mundo contra Extremadura”.

Una picanha en Alpalhão

Los alpalhoenses dicen buenas noches si es de noche y buenos días si es de día. Alpalhoense parece un gentilicio muy raro. Se aplica a los naturales de Alpalhão, un pueblo alentejano situado a media hora de Valencia de Alcántara. Lo de saludar parece más normal, sin embargo, eso es lo verdaderamente extraño, que la gente te diga buenos días y buenas noches. En Extremadura, a veces, sueltas un buenos días y la gente se asusta y te mira como si fueras una reliquia. En Alpalhão, o dices buenos días o a los cinco minutos, medio pueblo sabrá que anda suelto un forastero “esquisito”, o sea, extraño y ridículo, que no saluda.

Alpalhão es pequeñito (1.200 habitantes) y está situado en un punto estratégico donde se cruzan las carreteras que vienen de España, de Nisa, que es su capital municipal, de Estremoz, de Castelo Branco y de Portalegre. Sus casas son blancas, sus calles son tranquilas, sus gentes son educadas y en su restaurante más famoso sirven una de las mejores picanhas de la Raya.

En Alpalhão, hay tres restaurantes destacados: Tapada das Safras, Monte Filipe y Regata. El primero está en el campo, siguiendo por una carretera que sale del centro del pueblo. Es un complejo turístico con pretensiones, pero sin enjundia, con un sencillo y agradable restaurante luminoso, barato y decente.

Restaurante Monte Filipe, en Alpalhão

Restaurante Monte Filipe, en Alpalhão

El Monte Filipe está en un hotel moderno y bien equipado, spa incluido, situado en la salida hacia Crato y Estremoz. Es el más elegante de los tres con sus mesas de diseño, sus sillas de piel y sus modernas cristalería, vajilla y cubertería. La cocina es correcta, aunque no como para tirar cohetes, y por 15 euros cenas una açorda o sopa y una dorada, entrantes, copa de vino y postre.

De los tres restaurantes alpalhoenses, el Regata sigue siendo el más interesante para los extremeños que quieren comer a la portuguesa y no salir defraudados. Situado en el centro del pueblo, en la carretera de Nisa o Estrada das Amoreiras,, el local es sencillo, pero su servicio se esmera y cambia, entre plato y plato, la vajilla Costa Verde con historiado ribete azul y los cubiertos de buen acero.

El jefe, João Junceiro, trae aceitunas, torreznos, farinheira y chorizo frito de aperitivo y recomienda un decente vino blanco de la casa (4.5 euros). A la hora de pedir la comida, no solo basta con un plato, sino que incluso puede ser suficiente pedir media ración de cazón con “coentrada” y pan frito y otra media ración de picanha.

Picanha con su guarnición, en el restaurante Regatta de Alpalhão

Picanha con su guarnición, en el restaurante Regata de Alpalhão

El cazón con cilantro está rico e impresiona la bandeja de pan frito que ponen para acompañar el pescado. Aunque lo que de verdad merece la pena es la picanha, un corte de carne brasileño que en algunos lugares de Sudamérica es considerada la mejor parte de la ternera. Su nombre proviene de una vara llamada picanha y acabada en punta utilizada por los pastores brasileños para azuzar el ganado bovino. Con él pinchaban en la parte final del lomo de las vacas, la zona que en Extremadura llamamos rabillo de cadera.

Es una carne deliciosa, que en el Regata sirven con su tirita de grasa (tres filetes en la media ración) y una guarnición espectacular a base de arroz y plátano frito en la misma bandeja de la carne. En otra bandeja, ensalada y patatas fritas. Y en un cuenco de barro, un buen guiso de judías (feijoada).

Tras la apoteosis carnal, un abacaxi (especie de piña natural) para desengrasar, aunque también hay serradura, sericaia, etcétera para los golosos. João invita a un suave licor casero de hoja de higuera. Con dos cervezas, 32.65 euros. Da gusto acercarse a Alpalhão: te dan los buenos días, te dan las buenas noches y te dan bien de comer.

La Raya portuguesa en el norte de África (II): La venganza desembarca en Asilah.

 

Tánger queda a cinco horas de Extremadura. Tras un cómodo viaje por autovía hasta Tarifa, hay que embarcar en un ferry, que, en 35 minutos de travesía, más unos 20 minutos para zarpar y atracar, te deja en el puerto de Tánger. El billete, si no se lleva el coche, cuesta 65.70 euros ida y vuelta. El cruce del Estrecho es rápido y agradable. El barco tiene cómodos sillones, dos cafeterías, tienda y el único engorro de que hay que sellar el pasaporte en el viaje de ida a Marruecos y eso obliga a guardar largas colas.

Puerto y playa de Tánger

Puerto y playa de Tánger

Tánger es una ciudad de un millón de habitantes que se ha desarrollado formidablemente en los últimos años. Este antiguo enclave portugués fue despreciado durante años por la monarquía alauita por haber sido un protectorado internacional y por su multiculturalismo, más occidental que africano. Esto la convertía en una ciudad poco magrebí. La subida al trono de Mohamed VI ha cambiado sustancialmente la situación. El nuevo rey de Marruecos parece más práctico y menos lleno de prejuicios. Ha entendido el enorme potencial de la ciudad marroquí más cercana a Europa y, en pocos años, la inversión en la zona se ha multiplicado.
En la última década, se ha inaugurado el puerto franco Tánger Med, se han construido modernas autopistas, se ha levantado una fantástica estación de ferrocarril, al tiempo que comenzaban las obras del tren de gran velocidad LGV que unirá Tánger con Casablanca y Rabat. El aeropuerto se ha convertido en una base de vuelos low cost y el turismo se ha multiplicado considerablemente.

La medina de Tánger, a vista de pájaro

La medina de Tánger, a vista de pájaro

Cuando en 1471 Tánger fue, por fin, portugués, la ciudad ya gozaba de una envidiable situación como puerto fundamental del Mediterráneo y puerta de entrada en África. La derrota portuguesa ante sus muros, que contábamos en una entrega anterior en este blog, había convertido Tánger en una obsesión de la corona portuguesa. El sucesor de Eduardo, el rey Alfonso V de Portugal, no paró hasta vengar la derrota sufrida por sus tíos ante las murallas de Tánger. Durante años, preparó la nueva expedición contra el norte de África con una cautela, un sigilo y una dedicación cuya ausencia había propiciado el anterior fracaso. Al igual que sucediera antes de la conquista de Ceuta, Alfonso V envió a la ciudad de Asilah o Arcila, situada unos 25 kilómetros al sur de Tánger, a dos espías.Estos se hicieron pasar por mercaderes en busca de negocio, pero, en realidad, se dedicaron a estudiar la defensa amurallada de Asilah y a fijar los mejores puntos para fondear las naves portuguesas durante el necesario desembarco de las tropas en el norte de África.

Vista desde la muralla de la playa y fondeadero de Asilah

Vista desde la muralla de la playa y fondeadero de Asilah

Por fin, el 20 de agosto de de 1471, una flota formada por 500 navíos y 30.000 hombres zarpaba de Lisboa. Tras fondear en Lagos, la ciudad de Asilah era conquistada el 24 de agosto de 1471 por las tropas del rey Alfonso V, que iba con el ejército en compañía de su hijo Juan. El caíd de Asilah intentó rendirse, pero los soldados prefirieron vengar la humillación de Tánger y escogieron antes la sangre que el tratado de rendición. Entraron a cuchillo en la ciudad, mataron a 2.000 personas y apresaron a 5.000. Después, Asilah fue fortificada con torres y murallas, que aún se conservan. También se construyó una empalizada para evitar la sorpresa ocurrida en Tánger, donde fueron atacados desde el interior por las guerrillas de las cabilas.

Muralla portuguesa de Asilah

Muralla portuguesa de Asilah

El siguiente paso era conquistar Tánger y convertirla en la capital de la raya fronteriza de Portugal en África. El empeño fue sencillo. Ante las noticias que traían los refugiados, que huían de la masacre de Asilah, los tangerinos abandonaron en masa la población temiendo lo que se les venía encima. Cuatro días después, las tropas portuguesas ocupaban Tánger sin encontrar prácticamente resistencia.

Calleja de la medina de Tánger

Calleja de la medina de Tánger

La ciudad fue portuguesa hasta 1661, cuando fue entregada al futuro rey de Inglaterra, Carlos II, como dote por su boda con la infanta portuguesa Catalina de Braganza. Aquella raya africana de Portugal desaparecería finalmente cuando Asilah fue reconquistada por el sultán Moulay Ismael en 1691. Ceuta había dejado de ser portuguesa al decidir seguir perteneciendo a la corona española tras la guerra de restauración e independencia de Portugal contra España.
Hoy, Asilah es una bonita ciudad turística muy visitada por españoles, que son su principal clientela. De hecho, muchas de sus casas antiguas, ya restauradas, han sido compradas por ciudadanos del otro lado del Estrecho. La huella portuguesa solo se mantiene en las murallas y en la historia.

Adarve e interior de la fortaleza de Asilah

Adarve e interior de la fortaleza de Asilah

La medina, blanca y azul y tan cuidada que parece una impostada postal turística, está llena de bonitos comercios y galerías de arte. En las afueras de la muralla, una larga calle está llena de terrazas y restaurantes. Escogemos uno de ellos, típico y barato y muy local, aunque no resulte atractivo por su aspecto: es el restaurante Al Manar. El jefe es un viejecito simpático con los clientes, pero muy cascarrabias con los cazaclientes de los otros restaurantes de la zona, que intentan llevarse a los turistas en la misma puerta del Al Manar. En este restaurante sirven una abundante bandeja de fritura de pescado fresco por 120 dirhams (11 euros).

Típico plato de pescado, con su punto de sofisticación, de la zona de Asilah y Tánger

Típico plato de pescado, con su punto de sofisticación, de la zona de Asilah y Tánger

Esta zona de África siguió cambiando de manos con el paso de los años. Asilah fue ocupada por España entre 1911 y 1956. Mientras tanto, los ingleses abandonaban Tánger en 1684 al constatar que no eran capaces de sacarle rendimiento comercial: pretendían establecer negocios con el interior del país, pero el hostigamiento de los muyaidines del sultán Moulay Ismael lo impedía y dejaron la ciudad, que pasó a formar parte del impero del sultán marroquí hasta 1906. Ese año, en la Conferencia de Algeciras, los 12 países europeos con intereses en Marruecos deciden convertir Tánger en un protectorado internacional. La ciudad se convierte en un nido de espías, escritores y artistas… Pero eso se lo contaremos en la siguiente entrega de este viaje histórico y turístico por la Raya portuguesa del norte de África.