Una picanha en Alpalhão

Los alpalhoenses dicen buenas noches si es de noche y buenos días si es de día. Alpalhoense parece un gentilicio muy raro. Se aplica a los naturales de Alpalhão, un pueblo alentejano situado a media hora de Valencia de Alcántara. Lo de saludar parece más normal, sin embargo, eso es lo verdaderamente extraño, que la gente te diga buenos días y buenas noches. En Extremadura, a veces, sueltas un buenos días y la gente se asusta y te mira como si fueras una reliquia. En Alpalhão, o dices buenos días o a los cinco minutos, medio pueblo sabrá que anda suelto un forastero “esquisito”, o sea, extraño y ridículo, que no saluda.

Alpalhão es pequeñito (1.200 habitantes) y está situado en un punto estratégico donde se cruzan las carreteras que vienen de España, de Nisa, que es su capital municipal, de Estremoz, de Castelo Branco y de Portalegre. Sus casas son blancas, sus calles son tranquilas, sus gentes son educadas y en su restaurante más famoso sirven una de las mejores picanhas de la Raya.

En Alpalhão, hay tres restaurantes destacados: Tapada das Safras, Monte Filipe y Regata. El primero está en el campo, siguiendo por una carretera que sale del centro del pueblo. Es un complejo turístico con pretensiones, pero sin enjundia, con un sencillo y agradable restaurante luminoso, barato y decente.

Restaurante Monte Filipe, en Alpalhão

Restaurante Monte Filipe, en Alpalhão

El Monte Filipe está en un hotel moderno y bien equipado, spa incluido, situado en la salida hacia Crato y Estremoz. Es el más elegante de los tres con sus mesas de diseño, sus sillas de piel y sus modernas cristalería, vajilla y cubertería. La cocina es correcta, aunque no como para tirar cohetes, y por 15 euros cenas una açorda o sopa y una dorada, entrantes, copa de vino y postre.

De los tres restaurantes alpalhoenses, el Regata sigue siendo el más interesante para los extremeños que quieren comer a la portuguesa y no salir defraudados. Situado en el centro del pueblo, en la carretera de Nisa o Estrada das Amoreiras,, el local es sencillo, pero su servicio se esmera y cambia, entre plato y plato, la vajilla Costa Verde con historiado ribete azul y los cubiertos de buen acero.

El jefe, João Junceiro, trae aceitunas, torreznos, farinheira y chorizo frito de aperitivo y recomienda un decente vino blanco de la casa (4.5 euros). A la hora de pedir la comida, no solo basta con un plato, sino que incluso puede ser suficiente pedir media ración de cazón con “coentrada” y pan frito y otra media ración de picanha.

Picanha con su guarnición, en el restaurante Regatta de Alpalhão

Picanha con su guarnición, en el restaurante Regata de Alpalhão

El cazón con cilantro está rico e impresiona la bandeja de pan frito que ponen para acompañar el pescado. Aunque lo que de verdad merece la pena es la picanha, un corte de carne brasileño que en algunos lugares de Sudamérica es considerada la mejor parte de la ternera. Su nombre proviene de una vara llamada picanha y acabada en punta utilizada por los pastores brasileños para azuzar el ganado bovino. Con él pinchaban en la parte final del lomo de las vacas, la zona que en Extremadura llamamos rabillo de cadera.

Es una carne deliciosa, que en el Regata sirven con su tirita de grasa (tres filetes en la media ración) y una guarnición espectacular a base de arroz y plátano frito en la misma bandeja de la carne. En otra bandeja, ensalada y patatas fritas. Y en un cuenco de barro, un buen guiso de judías (feijoada).

Tras la apoteosis carnal, un abacaxi (especie de piña natural) para desengrasar, aunque también hay serradura, sericaia, etcétera para los golosos. João invita a un suave licor casero de hoja de higuera. Con dos cervezas, 32.65 euros. Da gusto acercarse a Alpalhão: te dan los buenos días, te dan las buenas noches y te dan bien de comer.

Marvao: la cocina de Julieta

Desde 1968, hay un restaurante en Marvao que, al pasar por el puente de Portagem, te tienta con su parra refrescante a la orilla del río y sus comedores con dos ambientes: uno de moderno diseño y otro de decorado tradicional alentejano.

Terraza del restaurante Sever, junto al río del mismo nombre

Terraza del restaurante Sever, junto al río del mismo nombre

Julieta, dueña y alma de la cocina del restaurante Sever

Julieta, dueña y alma de la cocina del restaurante Sever

El restaurante se llama Sever, como el río, y lo fundó el padre de Julieta, la actual dueña. Su cocina es una de las más elaboradas de la Raya y, desde luego, escapa del sota, caballo y rey de las casas de comida de la región.

La clientela extremeña y alentejana ha bendecido este restaurante y los fines de semana son tradicionales las colas para comer.
Siempre que voy al Sever, pido alhada de caçao (9.70 euros), es decir, una sopa de cazón con aceite y cilantro que, para mí, es un paradigma de su cocina. Este plato es muy tradicional del Alentejo, pero suele resultar un tanto insulso. En el Sever es todo lo contrario: lo sirven en una fuente de barro, la mezcla de sabores del cilantro, la naranja y el pescado es deliciosa, las patatas son de calidad y están perfectamente perfumadas por los demás ingredientes y la salsa, espesa y delicada, entusiasma. Esa mezcla de la modernidad y la tradición, resumida en esta sopa de cazón, es la razón de ser de este restaurante.

Alhada de cazón preparada en el Sever

Alhada de cazón preparada en el Sever

Se puede comer en la terraza de verano si el día sale templado. Pero en el interior se está muy bien: temperatura adecuada, tele silenciada, aunque se pueden ver, que no oír, los partidos de fútbol, no hay olores ni humos, la iluminación es la precisa y, en el comedor moderno, se disfruta de cuadros conceptuales.

Comedor interior del restaurante Sever

Comedor interior del restaurante Sever

En el servicio, hay una mezcla de camareros jóvenes y veteranos, simpáticos, bilingües, atentos, campechanos y controlando los giros extremeños para que te sientas como en casa. La vajilla es inglesa, los manteles y las servilletas son de algodón blanco y la cristalería y la cubertería no desentonan.
La bodega del Sever es la segunda mejor de Portugal, según dictamen de un concurso nacional, con vinos españoles, franceses, argentinos, californianos y brasileños. Ofrece grandes whiskys de malta, oportos de categoría, coñacs franceses, viejos aguardientes y ron de siete años.

Piscina natural del río Sever, al fondo, el restaurante

Piscina natural del río Sever, al fondo, el restaurante

Un buen detalle del Sever es que el camarero se acerca con la bandeja de aperitivos, te la muestra y tú escoges lo que te apetece. No te colocan los platitos en la mesa a la fuerza, obligándote a pasar el mal trago de rechazarlos o a pagarlos aunque no los toques.
En esa bandeja vienen el pan y los aperitivos del día: ensalada de champiñones con hierbabuena y ajo (3.90), medio quesito de Nisa (2.60), patés y aceitunas.
La carta del Sever es extensa, varía para no cansar y siempre depara sorpresas. En este tiempo de otoño y caza, ofrece un arroz de liebre (10.75) en su punto y un jabalí del Alentejo estofado (10.80) que merece la pena.
Si se prefiere optar por lo socorrido, el bacalao dorado lo bordan (8.75) y el arroz de marisco para dos (32.90) tiene mucho éxito. En la cocina de Julieta hay platos especialmente conseguidos como la pierna de cordero lechal con castañas y cebollitas (17.80), las chuletas de cordero con aceite y cilantro (11.75) o el bacalao asado con aceite, ajo y patatas a murro (11.95).

La fortaleza de Marvao, vista desde el restaurante Sever

La fortaleza de Marvao, vista desde el restaurante Sever

En los postres, la tradición manda: sericaia (3.95), encharcada (3.95), pudin de castaña (3.90) o diversos dulces conventuales (3.95). Los precios mantienen el tipo. Si los comparamos con los del verano de 2009, la subida es soportable: 30 céntimos más la ración de pierna de cordero, 2.40 el arroz de marisco para dos, 10 céntimos el pudin de castaña y el queso del aperitivo. Comer en casa de Julieta merece la pena por el entorno fluvial, el servicio, el local y la cocina.

La piscina natural, vista desde el restaurante

La piscina natural, vista desde el restaurante

El pueblo más barato de la Raya

Nisa debe de ser el único pueblo del mundo donde es más caro un churro que un café. O más cara una lubina en el mercado, a pelo, o mejor, a escama, que en el restaurante acompañada de arroz, alubias, ensalada y patatas fritas. En Nisa, tomamos un café por 0.30 euros, pero pedimos un churro, que aquí se llaman farturas, y nos costó 0.60. ¿Dónde se ha visto que un churro cueste el doble que el café?

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Tabla de precios del bar del mercado de Nisa, con el café más barato que los churros o farturas

Nisa, en fin, es el pueblo ejemplo que utiliza Botines, alcalde de Cedillo, para explicar que si tuvieran un puente, llegarían a Nisa en diez minutos, pero sin puente, tardan hora y media. Si usted se acerca a Nisa en fin de semana, debe hacerlo, pues, por la frontera Blade Runner de Cedillo, cruzando de España a Portugal entre turbinas y maquinaria hidroeléctrica.

Una vez franqueado el Tajo, puede darse una vuelta por los pueblos franceses del Alentejo. Porque esta comarca fue reconquistada en el año 1199 por el rey Sancho I, que se la donó a los templarios, que a su vez trajeron colonos franceses para repoblarla.

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Cigüeñas postizas, en la Praza da República de Nisa

Los que llegaron desde Nice, fundaron Nova Nice, que hoy es Nisa. Otros colonos viajaron desde el pueblo francés de Montauban y se instalaron en Montalvao, la primera “fregresía” tras entrar por Cedillo. Los de Toulouse levantaron Tolosa y los que venían de Arles, llamaron a su nuevo poblado Arez.

Todos los caminos que llegan a Nisa desembocan en su gigantesca plaza de la República, donde se encuentra casi todo: el cine-teatro, las tiendas de cerámica de chinitas y de quesos, la biblioteca, la oficina de turismo y los bares con sus carteles de “há caracois”, certificado de casticismo equivalente a nuestro hay gazpacho, hay paella, “os xoves temos callos”… Desde allí, penetrando en la parte vieja, vamos descubriendo casas blancas, murallas, puertas medievales, fuentes, museos, callejas, ropa tendida…

Cuentan que cuando los de National Geographic mandan fotógrafos a Portugal, los conminan a no regresar si no llevan consigo un buen surtido de fotos de ropa tendida. Pero lo típico de Nisa no es la ropa tendida, sino la ropa bordada. En la villa se manejan seis tipos de bordados tradicionales y existen tres grupos organizados de bordadoras.

Uno de ellos se reúne junto al mercado: otro de los focos de interés de Nisa. Aquí es donde los cafés cuestan la mitad que los churros y aquí es donde está enclavado el último restaurante sorpresa que hemos descubierto en la Raya.

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Cuencos con garbanzos, judías y pulpo, en el restaurante Flor do Alentejo de Nisa

Se llama Flor do Alentejo, abrió hace cuatro años, frente a la plaza de abastos de Nisa, y es de esos sitios honrados donde los entrantes no son patés de sardinas y “manteiga”, sino cuatro cuencos de barro con aceitunas y con ensaladas de pulpo, de judías pintas y de garbanzos. La honradez se manifiesta también cuando el jefe te recomienda que tomes medias raciones o reventarás.

Ponen un decente vino de Estremoz a tres euros la botella pequeña y un pan riquísimo. En la carta, lulas, chocos, choquitos, ternera y cerdo (9 euros la media ración, 13.50 la completa. Hay especialidades (6.50 la abundante media ración) como deliciosas migas con sardinas (ya saben que las migas son una rica masa de pan) o delicados pies de cerdo con tomate y patatas fritas.

Las copas de vino no son las apropiadas. Las fotos de las paredes y la vajilla son de Ikea y los postres (2 euros) merecen la pena: la mousse de chocolate es de verdad, de chocolate negro, nada de polvos de cacao, y el requesón con fresas y la tarta de la casa (nata, galleta y café) son la perdición del goloso.

Para tomar café, conviene regresar a la plaza de la República, sentarse en la terraza del Alameda y ejercer de alentejano de toda la vida. Es decir, sillas pegadas a la pared, en la mano un “jornal” de deportes o de sucesos, delante una bica y a sorber, a leer, a cabecear y a mirar francesas: unas señoras que cruzan la plaza envueltas en echarpes y gafas negras levantando la admiración de los paisanos: “Olha, là vai um francês”.