La Raya portuguesa en el norte de África (II): La venganza desembarca en Asilah.

 

Tánger queda a cinco horas de Extremadura. Tras un cómodo viaje por autovía hasta Tarifa, hay que embarcar en un ferry, que, en 35 minutos de travesía, más unos 20 minutos para zarpar y atracar, te deja en el puerto de Tánger. El billete, si no se lleva el coche, cuesta 65.70 euros ida y vuelta. El cruce del Estrecho es rápido y agradable. El barco tiene cómodos sillones, dos cafeterías, tienda y el único engorro de que hay que sellar el pasaporte en el viaje de ida a Marruecos y eso obliga a guardar largas colas.

Puerto y playa de Tánger

Puerto y playa de Tánger

Tánger es una ciudad de un millón de habitantes que se ha desarrollado formidablemente en los últimos años. Este antiguo enclave portugués fue despreciado durante años por la monarquía alauita por haber sido un protectorado internacional y por su multiculturalismo, más occidental que africano. Esto la convertía en una ciudad poco magrebí. La subida al trono de Mohamed VI ha cambiado sustancialmente la situación. El nuevo rey de Marruecos parece más práctico y menos lleno de prejuicios. Ha entendido el enorme potencial de la ciudad marroquí más cercana a Europa y, en pocos años, la inversión en la zona se ha multiplicado.
En la última década, se ha inaugurado el puerto franco Tánger Med, se han construido modernas autopistas, se ha levantado una fantástica estación de ferrocarril, al tiempo que comenzaban las obras del tren de gran velocidad LGV que unirá Tánger con Casablanca y Rabat. El aeropuerto se ha convertido en una base de vuelos low cost y el turismo se ha multiplicado considerablemente.

La medina de Tánger, a vista de pájaro

La medina de Tánger, a vista de pájaro

Cuando en 1471 Tánger fue, por fin, portugués, la ciudad ya gozaba de una envidiable situación como puerto fundamental del Mediterráneo y puerta de entrada en África. La derrota portuguesa ante sus muros, que contábamos en una entrega anterior en este blog, había convertido Tánger en una obsesión de la corona portuguesa. El sucesor de Eduardo, el rey Alfonso V de Portugal, no paró hasta vengar la derrota sufrida por sus tíos ante las murallas de Tánger. Durante años, preparó la nueva expedición contra el norte de África con una cautela, un sigilo y una dedicación cuya ausencia había propiciado el anterior fracaso. Al igual que sucediera antes de la conquista de Ceuta, Alfonso V envió a la ciudad de Asilah o Arcila, situada unos 25 kilómetros al sur de Tánger, a dos espías.Estos se hicieron pasar por mercaderes en busca de negocio, pero, en realidad, se dedicaron a estudiar la defensa amurallada de Asilah y a fijar los mejores puntos para fondear las naves portuguesas durante el necesario desembarco de las tropas en el norte de África.

Vista desde la muralla de la playa y fondeadero de Asilah

Vista desde la muralla de la playa y fondeadero de Asilah

Por fin, el 20 de agosto de de 1471, una flota formada por 500 navíos y 30.000 hombres zarpaba de Lisboa. Tras fondear en Lagos, la ciudad de Asilah era conquistada el 24 de agosto de 1471 por las tropas del rey Alfonso V, que iba con el ejército en compañía de su hijo Juan. El caíd de Asilah intentó rendirse, pero los soldados prefirieron vengar la humillación de Tánger y escogieron antes la sangre que el tratado de rendición. Entraron a cuchillo en la ciudad, mataron a 2.000 personas y apresaron a 5.000. Después, Asilah fue fortificada con torres y murallas, que aún se conservan. También se construyó una empalizada para evitar la sorpresa ocurrida en Tánger, donde fueron atacados desde el interior por las guerrillas de las cabilas.

Muralla portuguesa de Asilah

Muralla portuguesa de Asilah

El siguiente paso era conquistar Tánger y convertirla en la capital de la raya fronteriza de Portugal en África. El empeño fue sencillo. Ante las noticias que traían los refugiados, que huían de la masacre de Asilah, los tangerinos abandonaron en masa la población temiendo lo que se les venía encima. Cuatro días después, las tropas portuguesas ocupaban Tánger sin encontrar prácticamente resistencia.

Calleja de la medina de Tánger

Calleja de la medina de Tánger

La ciudad fue portuguesa hasta 1661, cuando fue entregada al futuro rey de Inglaterra, Carlos II, como dote por su boda con la infanta portuguesa Catalina de Braganza. Aquella raya africana de Portugal desaparecería finalmente cuando Asilah fue reconquistada por el sultán Moulay Ismael en 1691. Ceuta había dejado de ser portuguesa al decidir seguir perteneciendo a la corona española tras la guerra de restauración e independencia de Portugal contra España.
Hoy, Asilah es una bonita ciudad turística muy visitada por españoles, que son su principal clientela. De hecho, muchas de sus casas antiguas, ya restauradas, han sido compradas por ciudadanos del otro lado del Estrecho. La huella portuguesa solo se mantiene en las murallas y en la historia.

Adarve e interior de la fortaleza de Asilah

Adarve e interior de la fortaleza de Asilah

La medina, blanca y azul y tan cuidada que parece una impostada postal turística, está llena de bonitos comercios y galerías de arte. En las afueras de la muralla, una larga calle está llena de terrazas y restaurantes. Escogemos uno de ellos, típico y barato y muy local, aunque no resulte atractivo por su aspecto: es el restaurante Al Manar. El jefe es un viejecito simpático con los clientes, pero muy cascarrabias con los cazaclientes de los otros restaurantes de la zona, que intentan llevarse a los turistas en la misma puerta del Al Manar. En este restaurante sirven una abundante bandeja de fritura de pescado fresco por 120 dirhams (11 euros).

Típico plato de pescado, con su punto de sofisticación, de la zona de Asilah y Tánger

Típico plato de pescado, con su punto de sofisticación, de la zona de Asilah y Tánger

Esta zona de África siguió cambiando de manos con el paso de los años. Asilah fue ocupada por España entre 1911 y 1956. Mientras tanto, los ingleses abandonaban Tánger en 1684 al constatar que no eran capaces de sacarle rendimiento comercial: pretendían establecer negocios con el interior del país, pero el hostigamiento de los muyaidines del sultán Moulay Ismael lo impedía y dejaron la ciudad, que pasó a formar parte del impero del sultán marroquí hasta 1906. Ese año, en la Conferencia de Algeciras, los 12 países europeos con intereses en Marruecos deciden convertir Tánger en un protectorado internacional. La ciudad se convierte en un nido de espías, escritores y artistas… Pero eso se lo contaremos en la siguiente entrega de este viaje histórico y turístico por la Raya portuguesa del norte de África.

La Raya portuguesa en el norte de África: La conquista de Ceuta

La medina de Asilah o Arcila es blanca y azul. Parece una medina de postal. Una medina de colores pastel para que los turistas la fotografíen. No ves puestos cutres ni tienes encuentros inquietantes. Todo parece tan de película o de anuncio de colonia que de pronto, en una esquina, te encuentras con Andreu Buenafuente y su familia y aquello parece el rodaje de un spot sobre Maroclandia, el país de la felicidad dulzona.

La medina de Asilah está llena de estudios de pintores

La medina de Asilah está llena de estudios de artistas

El popular presentador español de televisión Andreu Buenafuente paseando con su familia por la medina de Asilah

El popular presentador español de televisión Andreu Buenafuente paseando con su familia por la medina de Asilah

El encanto de Marruecos son precisamente las medinas abigarradas y poco pasteleras, esos comerciantes y personajes que parecen salidos de una película de espías o de criminales y te hacen sospechar que en cualquier esquina te van a acuchillar, cuando lo único que hacen es saludarte con cariño, llamarte Antonio o María, independientemente de cuál sea tu nombre verdadero, e indicarte el camino hacia la parte más bella del zoco o la kasbah.

Las casas de la medina de Asilah están reformadas y muchas han sido compradas por españoles

Las casas de la medina de Asilah están reformadas y muchas han sido compradas por españoles

Pero Asilah es diferente. Y la razón, como casi siempre, estriba en una mezcla de caciquismo y política que le ha venido muy bien a esta pequeña ciudad marítima del norte de Marruecos para convertirse en un pueblo de turistas y fotografías. Resulta que un ministro de Cultura marroquí era de Asilah y dedicó una parte de sus presupuestos a poner su pueblo como los chorros del oro. Así que llegas a Asilah en tren desde Tánger (32 dirhams el billete de ida y vuelta en Segunda y 40 minutos de viaje en trenes cómodos, aunque no absolutamente limpios), coges un taxi por 20 dirhams hasta la medina y ya puedes preparar tarjetas para tu cámara o gigas libres para tu teléfono porque te vas a hartar de hacer fotos. ¡Ah, un dirham equivale a 0’11 euros! O sea, que pueden redondear para conseguir una equivalencia sencilla: diez dirhams, un euro.

La medina de Asilah es azul y blanca y los puestos callejeros tienen gusto estético

La medina de Asilah es azul y blanca y abundan los grafitis estéticos

Hoy hemos venido a Asilah porque esta pequeña ciudad marroquí también es Raya. Concretamente, aquí estuvo la Raya portuguesa en África. Esta es una historia no muy conocida en España, donde solemos creer que el norte de África siempre fue español y que Ceuta, Tánger y demás nos han pertenecido desde antiguo. Pero los europeos que primero se fijaron en esta zona del mundo fueron los portugueses.

Puesto de babuchas en la medina de Asilah, donde el comercio también es selecto y delicado

Puesto de babuchas en la medina de Asilah, donde el comercio también es selecto y delicado

Asilah fue la última ciudad portuguesa de la Raya africana. Pasó a manos del sultán Mulay Ismael en 1691, ocupándola luego España entre 1911 y 1956. De Portugal, conserva las murallas y algunas fortificaciones. De España, los turistas innumerables y la facilidad de los nativos para expresarse en castellano.

Los carritos de venta de zumo de naranjas recién exprimidas son comunes en Marruecos, también en Asilah

Los carritos de venta de zumo de naranjas recién exprimidas son comunes en Marruecos, también en Asilah

Pero las ciudades que realmente atrajeron a Portugal hacia el norte de Marruecos fueron Tánger y Ceuta. Estos dos enclaves tenían una importancia fundamental en el comercio a finales de la Edad Media. Tánger era con Marsella, Barcelona, Génova y Venecia uno de los cinco puertos más importantes del Mediterráneo y Ceuta era un enclave comercial de primer orden desde el que se controlaba el mercado de oro procedente de Sudán.

Vista del puerto de Tánger desde la terraza del hotel Dar Chams Tanja

Vista del puerto de Tánger desde la terraza del hotel Dar Chams Tanja

Portugal, el reino más antiguo de la Península, ya había acabado su guerra de Reconquista y deseaba seguir extendiéndose. Por esta razón, el rey Juan I decidió iniciar una aventura africana de la que esperaba conseguir beneficios interesantes.

Preparó en primer lugar la conquista de Ceuta. Y lo hizo de manera rigurosa, pormenorizada y sin prisas. Envió a la ciudad a dos espías disfrazados de mercaderes. Estuvo años preparando la expedición en secreto. Decidió ir él en persona y esto atrajo a toda la nobleza portuguesa, que se embarcó personalmente en la empresa.

Puerta de entrada desde el Atlántico a la muralla de Tánger

Puerta de entrada desde el Atlántico a la muralla de Tánger

El 21 de agosto de 1415, el rey Juan I, acompañado de sus cuatro hijos, los infantes Eduardo, Pedro, Enrique y Fernando, al mando de 200 embarcaciones y 50.000 soldados, conquistó Ceuta con cierta facilidad. Pero faltaba dominar la otra perla norteafricana, la del lado occidental del Estrecho de Gibraltar: Tánger. Hubo que esperar al sucesor de Juan, su hijo Eduardo I, que decidió continuar la empresa africana del padre. Pero la facilidad de la conquista de Ceuta lo llevó a confiarse. Esta vez no preparó la expedición con tiempo, tampoco envió espías que informaran de las defensas de la ciudad. Es más, él decidió no ir y con ello, la nobleza también se retrajo y enviaron menos tropas y menos pertrechadas.

Vista de la muralla de Tánger en su flanco marítimo

Vista de la muralla de Tánger en su flanco marítimo

Al mando de la expedición estuvieron sus hermanos. El infante Enrique atacó Tánger desde Ceuta y el infante don Fernando atacó desde el mar, desembarcando frente a las murallas tangerinas. Pero esta vez, la empresa se complicó. Desde la fortaleza de Tánger la resistencia fue muy dura y las tropas que llegaron de Ceuta fueron atacadas desde el interior del país por partidas de guerreros magrebíes de las cabilas.

Vista de la muralla de Tánger en el flanco que da al puerto

Vista de la muralla de Tánger en el flanco que da al puerto

Los portugueses se vieron conminados a firmar un tratado de rendición o a ser destrozados por los soldados del Magreb. Firmaron y el pacto consistió en que devolverían Ceuta a cambio de poder regresar sanos y salvos a Portugal. Como prenda y garantía, los portugueses dejaron en Tánger al infante don Fernando y los portugueses se llevaron al hijo del gobernador de Tánger. No se sabe qué sucedió con el hijo del gobernador, pero sí se sabe que don Fernando murió en Fez en 1443 desesperado porque Portugal no devolvió Ceuta: el rey quería, pero ni el Papa Eugenio IV ni la nobleza lusa lo permitieron.

Portugal quedaba marcada por aquella primera aventura africana y la monarquía portuguesa quedaba emplazada para vengar la derrota de Tánger y la muerte de don Fernando. En ese punto es cuando entra en liza la ciudad de Asilah y el rey Alfonso V de Portugal, que ampliará la Raya portuguesa en el norte de África. Pero eso se lo contaremos en el siguiente capítulo.

Tangerinos sentados en lo alto de la Kasbah, con las murallas a sus espaldas,, contemplando la Peninsula, desde donde llegaban sus conquistadores

Tangerinos sentados en lo alto de la Kasbah, con las murallas a sus espaldas,, contemplando la Península, desde donde llegaban sus conquistadores

Mértola, puerto del reino de Badajoz

Mértola es un villa museo, pero a mis compañeros de bar no les debe de importar demasiado. Mientras escribo, justo encima del Guadiana, ellos beben Sagres helada y aventuran el resultado del Sporting-Oporto de la Copa de la Liga, que va a disputarse por la noche. Es la hora de la siesta en este balcón sobre el río y en esta ciudad, una de las más bellas de Portugal. Estoy en el café del mercado de abastos, cuya singularidad es que su terraza para fumadores pende sobre un paraje fluvial espectacular protagonizado por un Guadiana plenamente portugués: en este tramo, después de Cheles, el río se aparta del territorio español para retomarlo unos kilómetros más abajo, cuando busque, ya definitivamente, el mar en Ayamonte.

El río Guadiana a su paso por la ciudad de Mértola

El río Guadiana a su paso por la ciudad de Mértola

Mértola es un pueblo bellísimo, de los que te obligan a detener el coche, contemplar el panorama y soltar adjetivos del tipo increíble y alucinante o lanzar exclamaciones adolescentes como qué pasada, qué flipe y cómo mola. Hay que reconocerlo, Mértola es una pasada que mola. Aunque para alucinar en colores, hay que llegar desde el sur del río: la sorpresa será increíble de verdad cuando descubramos esta villa de 8.000 habitantes descendiendo, parsimoniosa y elegante, desde la torre del homenaje de su castillo, levantada en 1292, hacia el Guadiana, que discurre, ya sin embalses ni obstáculos, por su lecho natural, bien hundido y espectacularmente encajonado.

Alucinar ante Mértola no es nada raro: lo vienen haciendo todas las civilizaciones. Un espacio museístico de excavaciones permite conocer vestigios romanos, árabes, cristiano-medievales… Se puede visitar una iglesia que fue mezquita en el siglo XII y ha conservado los arcos y la traza musulmana. El visitante puede conocer el taller de tejidos, la torre romana del río, una basílica paleocristiana, el museo de la villa… Pero más allá de esas visitas, lo que no se olvida es el deambular demorado por sus calles blancas, que giran de pronto y te dejan ante un mirador inesperado que parece volar sobre el Guadiana.

Calle de Mértola descendiendo hacia el río

Calle de Mértola descendiendo hacia el río

En ese río y en este lugar, hicieron los fenicios un puerto y con los árabes, las naves partían desde aquí, Guadiana abajo, hasta los puertos del norte de África. Tras ser reconquistada la ciudad por Sancho II de Portugal en 1238, el puerto perdió importancia para recobrarla con la aventura portuguesa en el norte de África a partir del siglo XV.

Cae la tarde sobre esta terraza mirador del Café del Mercado. Se apagan las voces de los futboleros, que se marchan a jalear al Sporting. No soy capaz de apartar la vista del río. Es un Guadiana extraño para mí y para la mayoría de los extremeños, que lo conocemos expandido, ancho, ya sea en embalses de la Serena, ya sea cruzando nuestras vegas o nuestras ciudades. Aquí es distinto, parece más salvaje, menos domado, como si fuera un un río de verdad, de los que se sublevan contra los designios de las confederaciones y los ingenieros. Recuerda un poco al Duero en Peso de Regua, con el agua abajo y la tierra dispuesta en peldaños: viñedos ascendentes de bancal en bancal.

Anochece en las calles de Mértola

Anochece en las calles de Mértola

Mértola queda a 50 kilómetros al sur de Beja y no es excursión de un día si se quiere disfrutar despacio. Es Alentejo extremo, transición hacia el Algarve, pero perteneció a la Extremadura histórica, a aquel país casi mítico que primero se llamó Lusitania y luego,  emirato de Batalyaws. También fue taifa independiente y sede de la Orden de Santiago en Portugal.

En su tiempo, era una de las ciudades más bellas administradas por la Mérida romana, por la Mérida visigoda y por la Badajoz musulmana. Por eso es algo nuestra y uno no se siente extraño cuando la recorre. Ya no tiene puerto, ni es reino taifa ni sede de la Orden de Santiago y ha perdido 18.000 habitantes desde 1930, pero los arqueólogos la han convertido en una villa museo donde los futboleros beben cerveza y los extremeños recordamos los tiempos gloriosos en que éramos reino independiente con puerto y todo.

Café Guadiana, en la plaza principal de Mértola

Café Guadiana, en la plaza principal de Mértola