Agua y armonía en la Sierra de San Mamede

Carla es holandesa. De La Haya. Louis es de la capital. De Amsterdam. Carla vivió un tiempo en Barcelona y habla español con cierta soltura. Un buen día la invitaron unos amigos a visitarlos en Portugal. “Vivimos en la Serra de San Mamede”, precisaron. Carla empezó a buscar en el mapa y descubrió que esa sierra estaba junto a una capital de distrito llamada Portalegre y hacía frontera con dos provincias españolas llamadas Cáceres y Badajoz.

Los valles de la Sierra de San Mamede vistos desde las cabañas de Carla

Los valles de la Sierra de San Mamede vistos desde las cabañas de Carla

“Me gustó el lugar. Mis amigos me enseñaron una quinta que se vendía. Tenía una casa en estado ruinoso, pero manaba mucha agua, había un tilo muy antiguo y muy hermoso y árboles frutales sembrados hace muchos años. No era cara y la compré”, me cuenta antes de reconocer que de Cáceres solo conoce la estación de ferrocarril. “He ido allí alguna vez a recoger a mi hija, que venía en tren desde Madrid”, aclara. “Pero tenemos que ir a visitar la ciudad porque me han dicho que es la más bonita de España”, promete.

Alberca situada en la finca de Carla

Alberca situada en la finca de Carla

Carla vive en Portugal desde 2010, aunque hasta hace año y medio no acabó de reconstruir su casa en compañía de Louis. Es una típica mansión portuguesa, es decir, muy práctica para vivir: un gran porche, una pequeña piscina, un estudio para leer y trabajar, las habitaciones, la cocina acogedora…

Piscina de la casa de Carla

Piscina de la casa de Carla

Cuando descubrió el clima maravilloso del lugar, entendió que podría ser un sitio muy atractivo para los turistas. Así que habilitó otra vivienda para acoger visitantes y levantó dos cabañas de madera con sus respectivos porches orientados hacia las tierras fronterizas de Valencia de Alcántara y La Codosera.

En el porche de las cabañas de Carla reina la armonía

En el porche de las cabañas de Carla reina la armonía

Para llegar a casa de Carla hay que ascender por una carretera empinadísima y estrecha, que sale de Portalegre y te deja en medio del monte en cinco minutos. En la finca, tan cerca, tan lejos, solo se oye agua corriendo, perros ladrando y pájaros chillando.

Una de las cabañas de Carla

Una de las cabañas de Carla

Un gato alentejano visita las cabañas cuando le place. Es tan confiado como insolente. Se mete en la casa, lo curiosea todo y si lo echas, no se va. Digo que es alentejano porque es como los paisanos de la zona: algo indolente, algo valiente, algo tranquilo, algo irónico… Un alentejano no es nunca todo, siempre es algo. Están hechos a base de pizcas: un pelín de escepticismo, un puñado de misticismo, unas gotas de timidez, se espolvorea con arrojo, desconfianza, queja y lástima y ya está: el gato que me visita y el alentejano.

El gato de Carla, insolente, visita las cabañas cuando le parece bien

El gato de Carla, insolente, visita las cabañas cuando le parece bien

Por esta sierra y por esta región, las gentes son complacientes y cariñosas. Nunca molestan, no tensan ni engañan. Acogen tanto como el paisaje. Tanta laxitud es buena para vivir en sosiego, pero complica las tareas urgentes y los empeños poco comunes. Por aquí funciona lo consabido, lo tradicional… lo de siempre.

Un sosegado rincón bajo un frondoso tilo de San Mamede

Un sosegado rincón bajo un frondoso tilo de San Mamede

Carla buscaba tranquilidad, pero también eficacia. Y en ese punto, le cuesta aclimatarse. Vino con un coche con ordenador de a bordo. Se le fastidió y no hubo manera de encontrar quien se lo arreglara. Ahora quiere instalar un cartel indicador que no agreda el ecosistema de robles, agua clara y mariposas blancas. Y no hay manera. Se lo hacen de colores, de materiales refulgentes y comunes, pero no como ella quiere. Y va a tener que acercarse a Lisboa. Se lo confeccionarían en Extremadura sin problema, pero no sé qué tienen los extranjeros del Alentejo que no acaban de entender que el paraíso continúa más allá de la frontera… El paraíso y los mecánicos que arreglan ordenadores de a bordo y los rotulistas que respetan el ecosistema.

El autor del blog escribiendo esta entrada junto al gato alentejano de Carla

El autor del blog escribiendo esta entrada junto al gato alentejano de Carla

El gato ronronea mientras escribo sobre él, se pasea por mi mesa, arquea el lomo, araña la funda del ordenador, salta a un árbol, camina por una barandilla estrecha, desconfía y, al tiempo, mira con retranca y gracia provocadora. Por la Serra de San Mamede todo es así. Gatos tranquilos, extranjeros felices en su paraíso, nativos que hablan y viven en voz baja. Y un secreto, mi secreto: en verano, es el lugar más fresco a una hora de Cáceres y Badajoz. Y hay más gatos que turistas.

En la Sierra de San Mamede hay más gatos que turistas

En la Sierra de San Mamede hay más gatos que turistas

Extretejo, el país maltratado

San Cucufate es una villa agraria romana que se conserva junto al pueblo alentejano de Vidigueira. Se distinguen aún sus graneros, sus bodegas y sus lagares del siglo I, cuando el Alentejo abastecía de aceite, vino y trigo a Roma desde el puerto de Setúbal. En realidad, el Alentejo ha sido la gran despensa de Portugal a lo largo de la historia. En ese punto, es una región emparentada con Extremadura.

San

San Cucufate, villa romana situada en el Alentejo, cercana al pueblo de Vidigueira

Más al sur, Serpa, un municipio de 16.000 habitantes emplazado junto al Guadiana, en la calzada de Sevilla a Lisboa por Beja. Como cualquier pueblo extremeño o alentejano, en 1960, Serpa tenía el doble de habitantes: 32.000. También allí la emigración acabó con la buena salud demográfica.

Plaza principal de la localidad alentejana de Serpa

Plaza principal de la localidad alentejana de Serpa

En el siglo XVI, cuando la política y la economía del reino de Castilla pasaban por Extremadura, el Alentejo portugués concentraba el mayor número de centros urbanos del reino de Portugal. Su actividad agrícola, artesanal e industrial, sobre todo en el sector textil, era tan importante que el Alentejo contribuía con el 27% de los impuestos del Estado portugués. En ese tiempo, Serpa era una villa muy importante por su agricultura, su ganadería, su artesanía y su comercio. Hoy, destaca por sus monumentos, sus pensionistas y sus servicios.

Calle típica de  Serpa, con restos de su muralla.

Calle típica de Serpa, con restos de su muralla.

En “Historia económica de Portugal”, un tratado escrito por tres profesores universitarios lisboetas, los mapas permiten entender la fuerza económica y demográfica alentejana hasta las guerras de Restauración (1640-68) y de Sucesión(1703-13) contra España y napoleónicas (1801-1814) contra Francia.

Si comparamos, es lo mismo que sucedió en Extremadura, donde estas contiendas también hipotecaron de raíz el futuro de la región: las guerras se declaraban en Madrid, París, Londres o Lisboa, pero el campo de batalla estaba siempre en Extremadura y el Alentejo.

Esta calle de Serpa fue elegida la más bella de Portugal

Esta calle de Serpa fue elegida la más blanca de Portugal en 1987

Un dato para entender la situación demográfica: al empezar estas guerras, entre 1640 y 1649, hubo en la iglesia Matriz de Olivenza (Santa María del Castillo) 1.157 bautismos. Avanzada las guerras, entre 1660 y 1669, solo se bautizaron 286 niños. La puntilla la dieron las desamortizaciones del siglo XIX en Extremadura y en el Alentejo.

En la región de Évora, el 50% de la propiedad estaba en manos de la nobleza y el 38%, en manos eclesiásticas. La nobleza fue la gran beneficiada de la desamortización, como en Extremadura, y, también como aquí, eran terratenientes absentistas que vivían en Lisboa. El escritor portugués Nemesio Vitorino apunta que el Alentejo no era una provincia, sino una heredad, una gran finca que mandaba a Lisboa a su población aristocrática.

La llanura alentejana vista desde las inmediaciones de Viana do Alentejo

La llanura alentejana vista desde las inmediaciones de Viana do Alentejo

Con estos agravios, una región con burguesía ávida de poder habría organizado un movimiento nacionalista reivindicativo. Pero en el Alentejo ni tan siquiera son autonomistas. No cuentan con un relato regional.

Portugal, en general, es un país que llora lo que pudo haber sido y achaca su impotencia más a razones míticas que económicas. Hace unas semanas, en la librería Bertrand de Castelo Branco, los libros de historia más vendidos eran: “Portugal en la historia y en el mundo”, “Héroes en la historia de Portugal”, “Los reyes de la Reconquista portuguesa”, “Heroínas portuguesas”, “Un imperio a la deriva”, “El imperio colonial cuestionado” e historias de reyes, de reinas, de naufragios y de Viriato.

Interesante publicación sobre la "Historia económica de Portugal"

Interesante publicación sobre la “Historia económica de Portugal”

Se quejan en el Alentejo de que los fondos comunitarios, sin gobiernos autonómicos que los administren, solo han servido para financiar una vacía autovía de peaje entre Lisboa y la frontera por donde únicamente circulan grandes berlinas. Se lamentan de que la región se esté convirtiendo en un gran parque temático y turístico donde los extranjeros compran casas y tierras sin parar.

Extremadura y Alentejo, tan semejantes. Extretejo, la frontera más pobre de la antigua Unión Europea, una región con identidad propia que solo prosperó cuando estuvo unida: la Lusitania romana, el reino taifa de Badajoz o con Felipe II. Un país maltratado y resignado que quiere escribir su relato.

Monforte, el país de los Moura

En medio de la llanura alentejana, se yergue Monforte. Es una villa estratégica, situada sobre un promontorio en el que confluyen siete carreteras, que vienen de Elvas, Borba, Estremoz, Fronteira, Alter do Chão, Portalegre y Arronches, convirtiendo Monforte en capital de esta comarca alentejana marcada por las dehesas, las planicies, los toros bravos y los caballos lusitanos.

Aunque lo que hace de Monforte una referencia de españoles y portugueses no es ser un cruce de caminos, sino su carácter de capital del rejoneo portugués por haber nacido en ella la dinastía de los Moura.

Una mujer pasa por una calle de Monforte, junto a una fachada plagada de carteles de rejoneo

Una mujer pasa por una calle de Monforte, junto a una fachada plagada de carteles de rejoneo

De esas siete carreteras que empatan en Monforte, hay una especialmente simbólica. Va al municipio de Alter do Chão y une, en fin, la capital de los rejoneadores portugueses con la capital de los caballos lusitanos. Justo en esa carretera, a pocos kilómetros de Monforte y tomando una senda a la derecha, se llega a la Quinta de Santo António, donde la familia Moura reside, entrena y cría su ganado y sus caballos.

La dinastía de los Moura es larga y variada. João, el patriarca, nació en Monforte en 1960. Con 14 años debutaba con caballos y público en la legendaria plaza lisboeta de Campo Pequenho. Dos años después, en 1976, se estrenaba en la plaza de toros de Las Ventas, para tomar la alternativa en Santarem, otra de las más importantes plazas de Portugal, el 11 de junio de 1978. Su hijo Miguel nació en 1996, también en Monforte y también se dedica al rejoneo. Con 17 años, su padre le daba la alternativa en Las Ventas al tiempo que se retiraba.

Además del padre y el hijo rejoneadores, está el pequeño Miguel Moura, que es torero. La familia no acaba aquí. Hay un primo rejoneador: Paulo Queitano, que a su vez, tiene un hijo torero: João Moura Queitano. A ellos hay que añadir otro sobrino con el que no contábamos y que nos apunta un caballero en una terraza de la plaza principal de Monforte: Antonio Benito Moura.

En Monforte, los Moura son el orgullo local. La población está plagada de carteles anunciando la presencia de los toreros y rejoneadores de la familia en las diferentes plazas de España y Portugal. La plaza de toros de la localidad se llama João Moura Pai y se levanta en el pueblo un Centro de Interpretación de la Tauromaquia.

El año pasado, João Moura hijo subió a Facebook unas imágenes en las que se veían varios perros de presa atacando a una vaquilla. Las fotos causaron una gran indignación en Portugal y el joven rejoneador fue denunciado a las autoridades. Facebook retiró las imágenes, pero las fotos han quedado como un baldón que en Monforte han tomado casi como un ataque a las esencias del pueblo y se irritan y defienden si se les menciona el caso.

En la oficina de Turismo, informan detalladamente de cuantas vicisitudes rodean a la saga local de rejoneadores y detallan cómo llegar hasta su finca. En el restaurante O Caçador, famoso por su arroz y sus alubias con liebre, se podían contar 50 carteles de corridas en las que han intervenido los Moura.

Hay otros restaurantes más elegantes y modernos, pero también con platos tradicionales como el porco preto.

Monforte tiene 3.200 habitantes y, como cualquier otro municipio alentejano o extremeño, en 1960, tenía más del doble: 7.300. Más allá del rejoneo, paseando por su casco antiguo, se puede visitar el museo municipal, la torre del reloj, los restos del castillo, el palacio municipal del XVII o la capilla de los huesos, adosada a la iglesia parroquial, con decenas de cráneos y huesos incrustados en sus paredes y tan inquietante como otras capillas semejantes de Campo Maior y Évora.

Una picanha en Alpalhão

Los alpalhoenses dicen buenas noches si es de noche y buenos días si es de día. Alpalhoense parece un gentilicio muy raro. Se aplica a los naturales de Alpalhão, un pueblo alentejano situado a media hora de Valencia de Alcántara. Lo de saludar parece más normal, sin embargo, eso es lo verdaderamente extraño, que la gente te diga buenos días y buenas noches. En Extremadura, a veces, sueltas un buenos días y la gente se asusta y te mira como si fueras una reliquia. En Alpalhão, o dices buenos días o a los cinco minutos, medio pueblo sabrá que anda suelto un forastero “esquisito”, o sea, extraño y ridículo, que no saluda.

Alpalhão es pequeñito (1.200 habitantes) y está situado en un punto estratégico donde se cruzan las carreteras que vienen de España, de Nisa, que es su capital municipal, de Estremoz, de Castelo Branco y de Portalegre. Sus casas son blancas, sus calles son tranquilas, sus gentes son educadas y en su restaurante más famoso sirven una de las mejores picanhas de la Raya.

En Alpalhão, hay tres restaurantes destacados: Tapada das Safras, Monte Filipe y Regata. El primero está en el campo, siguiendo por una carretera que sale del centro del pueblo. Es un complejo turístico con pretensiones, pero sin enjundia, con un sencillo y agradable restaurante luminoso, barato y decente.

Restaurante Monte Filipe, en Alpalhão

Restaurante Monte Filipe, en Alpalhão

El Monte Filipe está en un hotel moderno y bien equipado, spa incluido, situado en la salida hacia Crato y Estremoz. Es el más elegante de los tres con sus mesas de diseño, sus sillas de piel y sus modernas cristalería, vajilla y cubertería. La cocina es correcta, aunque no como para tirar cohetes, y por 15 euros cenas una açorda o sopa y una dorada, entrantes, copa de vino y postre.

De los tres restaurantes alpalhoenses, el Regata sigue siendo el más interesante para los extremeños que quieren comer a la portuguesa y no salir defraudados. Situado en el centro del pueblo, en la carretera de Nisa o Estrada das Amoreiras,, el local es sencillo, pero su servicio se esmera y cambia, entre plato y plato, la vajilla Costa Verde con historiado ribete azul y los cubiertos de buen acero.

El jefe, João Junceiro, trae aceitunas, torreznos, farinheira y chorizo frito de aperitivo y recomienda un decente vino blanco de la casa (4.5 euros). A la hora de pedir la comida, no solo basta con un plato, sino que incluso puede ser suficiente pedir media ración de cazón con “coentrada” y pan frito y otra media ración de picanha.

Picanha con su guarnición, en el restaurante Regatta de Alpalhão

Picanha con su guarnición, en el restaurante Regata de Alpalhão

El cazón con cilantro está rico e impresiona la bandeja de pan frito que ponen para acompañar el pescado. Aunque lo que de verdad merece la pena es la picanha, un corte de carne brasileño que en algunos lugares de Sudamérica es considerada la mejor parte de la ternera. Su nombre proviene de una vara llamada picanha y acabada en punta utilizada por los pastores brasileños para azuzar el ganado bovino. Con él pinchaban en la parte final del lomo de las vacas, la zona que en Extremadura llamamos rabillo de cadera.

Es una carne deliciosa, que en el Regata sirven con su tirita de grasa (tres filetes en la media ración) y una guarnición espectacular a base de arroz y plátano frito en la misma bandeja de la carne. En otra bandeja, ensalada y patatas fritas. Y en un cuenco de barro, un buen guiso de judías (feijoada).

Tras la apoteosis carnal, un abacaxi (especie de piña natural) para desengrasar, aunque también hay serradura, sericaia, etcétera para los golosos. João invita a un suave licor casero de hoja de higuera. Con dos cervezas, 32.65 euros. Da gusto acercarse a Alpalhão: te dan los buenos días, te dan las buenas noches y te dan bien de comer.

Las plazas de toros más antiguas están en la Raya

La Raya es el epicentro histórico de la arquitectura taurina peninsular. A uno y a otro lado de la frontera, entre Extremadura y el Alentejo, se sitúan las plazas de toros más antiguas de la Península: Puebla de Sancho Pérez, datada a mediados del siglo XIV, y Sousel, que fue construida en 1725.

Grada y albero de la plaza de toros de Sousel, la más antigua de Portugal

Grada y arena de la plaza de toros de Sousel, la más antigua de Portugal

Sousel es un pueblecito que cumple con todo lo que se espera de un enclave alentejano: está sobre un cerro, sus casas son blancas, sus iglesias, más blancas aún, pero con el añadido cromático de algún azulejo, abundan los cafés y arriba, en lo alto, a falta de castillo, hay una pousada y una plaza de toros.

La plaza de toros de Sousel fue construida en 1725

La plaza de toros de Sousel fue construida en 1725

Como el coso queda tan a trasmano y tan al final de una cuesta interminable, allí solo se celebra una corrida al año, la de la romería de la Virgen el lunes de Pascua. En las demás fiestas del año, traen una plaza portátil y la colocan en el centro del pueblo, que nadie pueda decir que no va a los toros porque se cansa.

El Alentejo es la región más taurina de Portugal, donde pastan las mejores ganaderías, nacen los grandes rejoneadores y se levantan la mitad de las plazas de toros del país. En todo Portugal hay 70 cosos. Solo en el Alentejo contamos 36.

En la plaza de Sousel, alejada del casco urbano,l solo se celebran corridas el día de la Virgen, el resto del año, instalan una portátil en el pueblo

En la plaza de Sousel, alejada del casco urbano, solo se celebran corridas el día de la Virgen, el resto del año, instalan una portátil en el pueblo

Si en el lado extremeño encontramos plazas con tanta solera como las de La Parra, del siglo XVI, Fuente del Maestre (1828), Almendralejo (1843), Zafra (1844) o Cáceres (1846) y otras levantadas antes de que acabara el XIX, caso de las de Barcarrota, Olivenza, Jerez, Plasencia, Alburquerque y Azuaga (1892). En el lado alentejano, y justo al lado de la frontera, no nos van a la zaga en cuanto a plazas históricas: Arronches (1894), Assumar (1861) o Santa Eulalia (1895).

Dos turistas portuguesas visitan las cuadras de la plaza de Sousel

Dos turistas portuguesas visitan las cuadras de la plaza de Sousel

En Extremadura hay 57 plazas de toros. Si sumamos las alentejanas, nos salen 93 plazas situadas en el entorno de La Raya, a las que se podrían sumar algunas de las seis que alberga la Beira, fronteriza con el norte extremeño.

Para visitar la plaza de Sousel, hay que pedir la llave en la Pousada, que queda enfrente. Es un coso muy sencillo y rural, encalado y con algunos dibujos de toque naif como el que anuncia la cuadra de mulillas. Tiene la ventaja de que, si la corrida aburre, desde las 1.400 localidades se disfruta de unas vistas impresionantes de la llanura alentejana.

En el graderío de Sousel caben 1.400 espectadores

En el graderío de Sousel caben 1.400 espectadores

En esto de las plazas de toros peninsulares, también hay círculos elitistas y polémicas históricas. El otro día estuvimos en la plaza de toros de Almadén, que con su arquitectura hexagonal, sus viviendas y su hotel es una de las más interesantes del país. La plaza de Almadén, levantada en 1765, forma parte de la Unión de Plazas Históricas de España, un coto cerrado, aunque últimamente parece empezar a abrirse, formado, además, por las plazas de Almagro, Zalamea la Real, Toro, Tarazona, Santa Cruz de Mudela, Aranjuez, Campofrío, Béjar, Lima, Puerto de Santa María, Rasines (Cantabria) y Azuaga. Llama la atención que plazas históricas como las de Miranda del Castañar, Tembleque o Riaza, además de muchas extremeñas y portuguesas, no formen parte de esta asociación.

Puerta de cuadrillas de la plaza de Sousel

Puerta de cuadrillas de la plaza de Sousel

En sus estatutos incluyen estas condiciones para ser considerada plaza histórica: que no sea una plaza mayor y que no se construyera junto a una ermita. Lo curioso es que estas condiciones no las cumplen algunas de las admitidas en la asociación: Almagro, plaza pública, o Santa Cruz de Mudela, situada junto a un santuario.

Fachada del centro de Sousel

Fachada del centro de Sousel

Pero dejemos a un lado estas polémicas engorrosas y, mientras recorremos las calles de Sousel, quedémonos con el dato cierto: las plazas rayanas de Extremadura y el Alentejo son las más antiguas de España y de Portugal y constituyen un patrimonio arquitectónico único.

Puerta de las cuadras de la plaza de toros de Sousel

Puerta de las cuadras de la plaza de toros de Sousel

Las bragas verdes de Viriato

La gamberrada más estúpida que he hecho en mi vida ha sido colgarle unas bragas verdes en la mano a Viriato. Sucedió en Zamora, enfrente de la Diputación, yo tenía 15 años, estudiaba interno y reaccionaba contra la ciudad donde me internaban atacando su símbolo más querido: el caudillo lusitano Viriato. En Zamora había otro héroe local, Vellido Dolfos, el que mató al rey Sancho clavándole un venablo por la espalda, pero claro, Vellido era un traidor, Viriato, un traicionado y, entre uno y otro, los zamoranos lo tuvieron claro a la hora de escoger icono local y erigirle una estatua hace 110 años.

Para los niños españoles de los tiempos de Franco, el traidor por antonomasia no era el de siempre, o sea, Judas Iscariote, sino tres fascinerosos llamados Audax, Ditalkón y Minuro, lugartenientes de Viriato a los que Roma convenció para que le cortaran la cabeza en el año 139 antes de Cristo. ¿Pero dónde le cortaron la cabeza, dónde se fraguó la traición, es más: tienen los zamoranos alguna razón de peso para apropiarse de Viriato?

En España, hay tres personajes cuya nacencia se disputan unos y otros: Cristóbal Colón, Valle Inclán, que era un cachondo y añadió leña al fuego apuntando que nació en un barco, en medio de la ría de Arousa, y Viriato. Para los eruditos de Zamora, nació en Torrefresneda, comarca de Sayago. Para el erudito alemán Schulte, vino al mundo en la Sierra de la Estrella. Para los eruditos portugueses, pudiera ser de Viseu. En Santa Cruz de la Sierra le han puesto una lápida. Para la serie Hispania, nació en Coria. Para el programa Un país en la mochila, es de Guijo de Santa Bárbara. Y no faltan estudiosos que lo hacen turolense, valenciano, alentejano atlántico, medio de Huelva medio de Badajoz, de Verín o del mismísimo Grimaldo, junto a Cañaveral.

Si para crear un nacionalismo de la nada es preciso buscarse un héroe, Extremadura y el Alentejo lo tienen y es más importante que el gallego Breogán y el catalán Wilfred el Pilós juntos: ¡Viriato!

La culpa de tanta pasión lusitana la tienen Franco y Salazar, que convirtieron a Viriato en símbolo patriótico de las dictaduras de España y Portugal consiguiendo que para los niños de entonces Viriato significara lo que Cristiano y Messi significan para los niños de hoy. Y lo que se cree en la infancia ya se cree para siempre, aunque en Portugal, a partir de 1968, con las guerras coloniales, Viriato desapareciera de los libros de texto no fuera a dar alas a los independentistas de Angola y Mozambique.

Pasteles típicos de Viseu llamados viriatos

Pasteles típicos de Viseu llamados viriatos

Las ciudades que más se creen lo de Viriato son la portuguesa Viseu y la castellana Zamora. En ambas hay estatuas en su honor, colegios con su nombre, clubes de fútbol y frentes futboleros ultras llamados Viriato… En Viseu, hay farmacia Viriato, teatro Viriato y un pastel llamado Viriato. En Zamora, el caudillo lusitano aparece incluso en el escudo de la ciudad.

Hace nada, en Viseu, desapareció la estatua de Viriato y Portugal entero se movilizó al entender que se trataba de un atentado terrible contra las esencias de la patria. Y es que con Viriato no se juega salvo si eres del pueblo cacereño de Guijo de Santa Bárbara. Por allí llegó Labordeta con su país en la mochila y le dijeron que Viriato era de allí, que había estudiado en la Academia Militar de Toledo, que les había dado para el pelo a los romanos y que estos se lo cargaron prometiendo dinero a unos traidores que fueron a buscarlo a una chabola, le cortaron la cabeza y se la llevaron a los romanos en una bolsa de plástico.

Con plástico o sin plástico, lo cierto es que en Guijo llevan siete años montando unas fiestas viriatas de aquí te espero, defienden ante quien sea que el caudillo lusitano nació en el campamento celta de Pimesaíllo y no le han levantado una estatua, así ni se la roban ni le cuelgan bragas, pero le han puesto una calle y son quienes más partido le sacan a un guerrero legendario que es de todas partes y de ninguna.

“Amo-te como uma louca”

Hoy, nos hemos venido hasta Beja, una de las capitales del Alentejo, para contarles una historia de pasión loca y prohibida, un enamoramiento imposible entre una monja y un militar.

El mentidero de Beja, donde pasa casi todo, está cerca de la Pousada. Alrededor de la cafetería Luis da Rocha, fundada en 1893 y famosa por sus cerditos de chocolate, están las tiendas, las pastelerías y muchos hombres maduros y estáticos contemplando el devenir… Y ya se sabe que el epicentro de cualquier localidad portuguesa es esa plaza, esa calle o esa esquina donde se colocan los hombres maduros a verlas venir.

Museo de Beja

Una plaza de Beja

A un paso de aquí, está el moderno Núcleo Museológico de Beja, donde se explica la historia de la ciudad, el teatro local, el museo Jorge Vieira, escultor de renombre fallecido en 1998, que vivió mucho tiempo tiempo en Estremoz, y el Museo Regional, donde se sitúa la historia de amor que hoy nos inspira.

Calle típica de Beja

Calle típica de Beja

Beja tiene 36.000 habitantes. La ciudad se yergue sobre un promontorio de 280 metros de altitud que no merece ni llamarse colina, pero que basta para presidir la llanura y atrae desde antiguo a todo el que pasa por aquí. La fundaron los celtas hacia el 400 antes de Cristo y en ella estuvieron los cartagineses. En Conistorgis (así la llamaron los celtas conios), se firmó la paz entre Julio César y los lusitanos. Por esta razón, recibió el nombre de Pax Julia. Con Augusto, fue capital de una de las tres divisiones de la Lusitania romana, las otras eran Mérida y Santarem.

En su escudo hay un castillo y un toro. La fortaleza se ve en cuanto te acercas a la ciudad. La levantaron los árabes y fue reconstruida en 1253 por los cristianos. Se pueden recorrer sus murallas y subir los 200 escalones en forma de caracol que llevan hasta su torre del homenaje, uno de los mejores miradores del Alentejo.

Sentado al sol en una plaza de Beja

Sentado al sol en una plaza de Beja

En cuanto al toro heráldico, tiene un origen legendario y un tanto cruel: homenajea a un pobre ternero envenenado, que los bejenses soltaron por los campos que habitaba una serpiente asesina que atemorizaba al pueblo. El reptil se zampó el bóvido y murió, salvándose así la población de la malvada serpiente.

Pero la historia más emocionante de la capital más calurosa de Portugal es la de su monjita enamorada. Se llamaba Mariana Alcoforado y vivió entre 1640 y 1723. Era una mujer bella y apasionada, coinciden los guías, que se enamoró del famoso conde o marqués de Chantilly o Chamilly, en ese punto no se ponen de acuerdo las crónicas ni los guías. El noble con nombre de nata merengada llegó a Beja en 1661  para defender la ciudad del ataque de las tropas españolas (los malos, ya saben). Conoció a Mariana y se enamoraron.

Moderno Núcleo Museológico de Beja

Moderno Núcleo Museológico de Beja

Se conserva la ventana del convento donde, según la leyenda, pelaban la pava la sor y el marqués. De hecho es lo más fotografiado de Beja. El caso es que la historia acaba regular. El marqués tuvo que regresar a su país y el amor tomó forma de erotismo epistolar: cinco cartas apasionadas de Mariana que fueron publicadas en vida de la Alcoforado. Se titularon “Cartas de amor de una monja portuguesa” y se han convertido en un clásico de la literatura universal.

Para recordar esta historia de perdición, nada mejor que cenar en la casa donde nació la monja, que hoy es el restaurante Alcoforado. Allí, comiendo unas ‘febras’ de ‘porco’ con gambas, bajo esta frase de una de las cartas escrita en la pared: “Amo-te como uma louca”, se puede evocar un amor imposible, el único que nunca se acaba.

Detalle de una calle bejense

Detalle de una calle bejense

Devotos de Cunhal y de María

Devota de la Virgen y de Cunhal, Viana do Alentejo es una de esas villas portuguesas donde las contradicciones se muestran a flor de piel. De los 34 alcaldes comunistas de Portugal, 16 lo son de municipios del Alentejo. Pero la pasión izquierdista por el fallecido líder comunista Álvaro Cunhal (en Viana no hay ni un concejal de centro derecha y gobierna el PSP) no impide una emoción profunda ante todo lo relacionado con Nuestra Señora.

Viana do Alentejo es un municipio cercano a Évora que participa de esa constante demográfica que aqueja a los pueblos alentejanos y extremeños: en 1960 tenía el doble de habitantes que hoy. En el caso de Viana, ha bajado de casi 10.000 a poco más de 5.000. La emigración, el comunismo y la Virgen convertidos en señas de identidad del Alentejo profundo.

Castillo de Viana do Alentejo, con la iglesia en su interior

Castillo de Viana do Alentejo, con la iglesia en su interior

Viana do Alentejo es un pueblo marcado por dos monumentos: un castillo muy raro y un santuario muy particular. Ambos impresionan y te dejan un tanto descolocado. El castillo gótico, levantado en 1313, porque es pentagonal y tiene cinco torres de cuento de hadas, porque está en medio del pueblo, imponiendo su presencia poderosa, porque encierra en su interior la iglesia parroquial, edificada en el siglo XVI, con una portada manuelina que quita el hipo, y porque se puede ascender a las torres y jugar desde ella a ser un diablo cojuelo que se mete en cada uno de los patios con naranjos, en cada una de las casas blancas y acogedoras de este pueblo singular.

Santuario de Nossa Senhora de Aires

Santuario de Nossa Senhora de Aires

Desde el castillo, se distingue a lo lejos, en medio de una inmensa pradera, una iglesia enorme. Es el santuario de Nossa Senhora de Aires, visita inexcusable para cualquier extremeño que quiera conocer de verdad el Alentejo y destino diario de cientos de romeros portugueses.

El santuario, blanco y albero, data del siglo XVIII. Pero lo importante, lo verdaderamente espectacular, lo que impresiona y, confesémoslo, acongoja bastante y te deja trastocado para el resto del día, no está en la parte principal de la iglesia, sino en los pasillos que rodean la nave y el altar.

Pasillo que rodea el altar lleno de exvotos y ofrendas a María

Pasillo que rodea el altar, lleno de exvotos y ofrendas a María

Hay que entrar en el santuario, dirigirse hacia su cabecera y entrar por una puerta, que parece dar a la sacristía. Inmediatamente, se encuentra uno inmerso en un espacio asombroso e imprevisto. De las paredes de varias salas y pasillos circulares, cuelgan miles de fotos, literalmente miles, con sus marcos de alpaca, plata o madera, fotos de militares, de niños, de parejas, de familias, de matrimonios, de abuelas, de enamorados, de universitarios, de bebés, de rejoneadores, de forcados, de soldados de las guerras coloniales…

Dibujo sobre un milagro obrado por Nossa Senhora de Aires

Dibujo sobre un milagro obrado por Nossa Senhora de Aires en Villa Ruiva

Son retratos que van desde principios del siglo XX hasta nuestros días, fotos cuyos protagonistas se encomiendan a la Virgen en busca de protección. En vitrinas y mesas, se ofrendan a la Señora trenzas de pelo, trajes de bautismo, de comunión y de boda, uniformes militares completos, zapatos, bandas de licenciatura, capas de tuno, muñecos de cera, extremidades de cera, vísceras de cera…

Otro milagro mariano, esta vez en la villa alentejana de Cuba

Otro milagro mariano, esta vez en la villa alentejana de Cuba

Es una de las mayores colecciones de exvotos que se pueden contemplar. Pero recorrer las estancias y los pasillos asfixiado por tanta necesidad, tanto lamento, tanto miedo al futuro y también tanta confianza en lo sobrenatural, no te deja indemne. ¿Qué sería de ese solado de bigote que se fue a la guerra de Angola, y de aquel enfermo que se iba a operar en 1918, y de aquel matrimonio que se casó y se marchó a Brasil?

Tercer milagro de la Virgen

Tercer milagro de la Virgen

Nossa Senhora dos Aires parece demasiado pequeña para tanto trabajo: no mide más de 20 centímetros. En el exterior de la iglesia, se encuentra un cobertizo donde cientos de velas chisporrotean en ofrenda. Las hay hasta de dos metros de altura. Una tienda, abierta todos los días, parece más una lección de anatomía que una boutique de objetos religiosos: en varios estantes, se ofertan al afligido riñones, hígados, corazones e intestinos de cera para que cada uno ofrezca a la Virgen una reproducción de su víscera dañada.

Más exvotos, en el pasillo semicircular, tras el altar

Más exvotos, en el pasillo semicircular, tras el altar

Al dejar atrás Viana, uno se va con la sensación de haber entendido definitivamente el Alentejo o con la seguridad de que no lo entenderá jamás.

Otro pasillo, con ofrendas y exvotos

Otro pasillo, con ofrendas y exvotos

Colón nació en el Alentejo

Cristóbal Colón no era genovés ni catalán, ni tampoco hijo de una familia de judíos conversos de Plasencia. Cristóbal Colón era de Cuba. Pero no de la Cuba de Fidel, sino de otra que queda ahí cerca, de un pueblecito de 3.300 habitantes llamado Cuba y situado al otro lado de la frontera extremeña, en el Alentejo más profundo y sorprendente.

Dos jubilados descansan bajo un naranjo en el pueblo alentejano de Cuba

Dos jubilados descansan bajo un naranjo en el pueblo alentejano de Cuba

Llegamos a Cuba desde Beja por una pista parcheada y estrecha, que invita a preguntarse qué demonios ha hecho Portugal con los fondos europeos. Cuando le planteamos esta cuestión a los cubanos, nos piden dos cosas: que no indaguemos mucho sobre la carretera, no vaya a ser que los de la troika comunitaria aprieten aún más las tuercas.

La otra petición tiene que ver con el demonio. “Aquí, ni se menciona”, nos avisan. Resulta que en el Terreiro da Fonte cubano, se abría el Pozo de los Demonios. Actualmente está cegado, pero su maldición persiste. Durante siglos, los cubanos se santiguaban (y se santiguan) al pasar junto a él para que no se los llevaran los diablos y los malos espíritus. A finales del siglo XIX, el ayuntamiento de Beja mandó excavar el pozo y se encontraron varios cadáveres. Pertenecían a ciudadanos de la zona desaparecidos en extrañas circunstancias.

Un ciclista deja su bicicleta en la puerta del mercado de abastos de Cuba

Un ciclista deja su bicicleta en la puerta del mercado de abastos de Cuba

Así que dejamos en paz al demonio y nos centramos en investigar el origen cubano de Cristóbal Colón. Primera pista: hamburguesería del pueblo. En lugar de anunciar la súper búrguer con bacon y queso, tiene un cartel sobre la puerta con un dibujo del descubridor y la siguiente leyenda: “O portugués Cristovão Colombo, agente secreto do Rei Dom João II, nasceu na vila de Cuba”.

Hamburguesería colombina en Cuba

Hamburguesería colombina en Cuba

Segunda pista: restaurante Casa de Monte Pedral, el más lujoso de la villa. En el patio, una estatua de Colón con una indígena a sus pies y en la pared del jardín, una placa anunciando la buena nueva por partida doble: “Cristovão Colombo nasceu aquí, nasceu en Cuba”. En otro cartel, más ortodoxo, la lista de platos: “Açorda de alho de bacalhau, feijoada de secretos, arroz de lebre, migas de azeitonas…”.

Restaurante de Cuba con su patio colombino

Restaurante de Cuba con su patio colombino

Llama la atención tanta iconografía colombina si se tiene en cuenta que ningún pintor ni escultor vio en vida al descubridor de América. Pero eso no es óbice para que una solemne estatua de Colón presida el puerto de Barcelona o la plaza principal de Cuba. En este pueblo alentejano hay un centro de interpretación sobre don Cristóbal y la guinda simbólica del movimiento reivindicativo fue el estreno en el pueblo, en el año 2007, de la película “Cristóbal Colón, el enigma”, del gran cineasta portugués Manoel de Oliveira.

Cuba se llama así por el santuario sagrado de Caaba, en La Meca, o por unas grandes cubas que se encontraron  en el pueblo los soldados de Sancho II al reconquistárselo a los moros. En portugués antiguo, coba significa torre. El caso es que esta palabra solo existía en portugués, ya sea como sustantivo o como topónimo, antes de que Colón llegase a América y bautizase la isla más grande de su descubrimiento con el nombre de su hipotético pueblo natal: Cuba.

Estatua de Colón en el patio del restaurante más lujoso de Cuba

Estatua de Colón en el patio del restaurante más lujoso de Cuba

El origen alentejano de Colón se basa en las investigaciones del historiador Mascarenhas Barreto, que, a partir de diferentes documentos, sostiene que Colón nació en Cuba en 1448, siendo hijo ilegítimo del infante Don Fernando, duque de Beja y Viseu, y de Isabel Zarco, hija del navegante João Gonçalves Zarco. Su nombre verdadero habría sido Salvador Fernandes Zarco. Lo de Cristóbal Colón sería un seudónimo o código de guerra, CC, que significaría espía al servicio de Juan II.

Estatua de Cristóbal Colón en la plaza principal de Cuba

Estatua de Cristóbal Colón en la plaza principal de Cuba

Finalmente, están los topónimos. No solo el de la isla de Cuba, sino los de otros pueblos alentejanos, que el descubridor fue dejando en los nuevos territorios: Guadiana, Mourão (junto a Villanueva del Fresno), Santa Luzia (Elvas), Vera Cruz (el pueblo de los exorcismos), São Bartolomeu (famoso por su mirador).

Cubano o no, Colón se ha convertido en el principal atractivo turístico de este pueblo alentejano, que antes era famoso por sus demonios y ahora lo es por su espía-almirante.

Mértola, puerto del reino de Badajoz

Mértola es un villa museo, pero a mis compañeros de bar no les debe de importar demasiado. Mientras escribo, justo encima del Guadiana, ellos beben Sagres helada y aventuran el resultado del Sporting-Oporto de la Copa de la Liga, que va a disputarse por la noche. Es la hora de la siesta en este balcón sobre el río y en esta ciudad, una de las más bellas de Portugal. Estoy en el café del mercado de abastos, cuya singularidad es que su terraza para fumadores pende sobre un paraje fluvial espectacular protagonizado por un Guadiana plenamente portugués: en este tramo, después de Cheles, el río se aparta del territorio español para retomarlo unos kilómetros más abajo, cuando busque, ya definitivamente, el mar en Ayamonte.

El río Guadiana a su paso por la ciudad de Mértola

El río Guadiana a su paso por la ciudad de Mértola

Mértola es un pueblo bellísimo, de los que te obligan a detener el coche, contemplar el panorama y soltar adjetivos del tipo increíble y alucinante o lanzar exclamaciones adolescentes como qué pasada, qué flipe y cómo mola. Hay que reconocerlo, Mértola es una pasada que mola. Aunque para alucinar en colores, hay que llegar desde el sur del río: la sorpresa será increíble de verdad cuando descubramos esta villa de 8.000 habitantes descendiendo, parsimoniosa y elegante, desde la torre del homenaje de su castillo, levantada en 1292, hacia el Guadiana, que discurre, ya sin embalses ni obstáculos, por su lecho natural, bien hundido y espectacularmente encajonado.

Alucinar ante Mértola no es nada raro: lo vienen haciendo todas las civilizaciones. Un espacio museístico de excavaciones permite conocer vestigios romanos, árabes, cristiano-medievales… Se puede visitar una iglesia que fue mezquita en el siglo XII y ha conservado los arcos y la traza musulmana. El visitante puede conocer el taller de tejidos, la torre romana del río, una basílica paleocristiana, el museo de la villa… Pero más allá de esas visitas, lo que no se olvida es el deambular demorado por sus calles blancas, que giran de pronto y te dejan ante un mirador inesperado que parece volar sobre el Guadiana.

Calle de Mértola descendiendo hacia el río

Calle de Mértola descendiendo hacia el río

En ese río y en este lugar, hicieron los fenicios un puerto y con los árabes, las naves partían desde aquí, Guadiana abajo, hasta los puertos del norte de África. Tras ser reconquistada la ciudad por Sancho II de Portugal en 1238, el puerto perdió importancia para recobrarla con la aventura portuguesa en el norte de África a partir del siglo XV.

Cae la tarde sobre esta terraza mirador del Café del Mercado. Se apagan las voces de los futboleros, que se marchan a jalear al Sporting. No soy capaz de apartar la vista del río. Es un Guadiana extraño para mí y para la mayoría de los extremeños, que lo conocemos expandido, ancho, ya sea en embalses de la Serena, ya sea cruzando nuestras vegas o nuestras ciudades. Aquí es distinto, parece más salvaje, menos domado, como si fuera un un río de verdad, de los que se sublevan contra los designios de las confederaciones y los ingenieros. Recuerda un poco al Duero en Peso de Regua, con el agua abajo y la tierra dispuesta en peldaños: viñedos ascendentes de bancal en bancal.

Anochece en las calles de Mértola

Anochece en las calles de Mértola

Mértola queda a 50 kilómetros al sur de Beja y no es excursión de un día si se quiere disfrutar despacio. Es Alentejo extremo, transición hacia el Algarve, pero perteneció a la Extremadura histórica, a aquel país casi mítico que primero se llamó Lusitania y luego,  emirato de Batalyaws. También fue taifa independiente y sede de la Orden de Santiago en Portugal.

En su tiempo, era una de las ciudades más bellas administradas por la Mérida romana, por la Mérida visigoda y por la Badajoz musulmana. Por eso es algo nuestra y uno no se siente extraño cuando la recorre. Ya no tiene puerto, ni es reino taifa ni sede de la Orden de Santiago y ha perdido 18.000 habitantes desde 1930, pero los arqueólogos la han convertido en una villa museo donde los futboleros beben cerveza y los extremeños recordamos los tiempos gloriosos en que éramos reino independiente con puerto y todo.

Café Guadiana, en la plaza principal de Mértola

Café Guadiana, en la plaza principal de Mértola