Agua y armonía en la Sierra de San Mamede

Carla es holandesa. De La Haya. Louis es de la capital. De Amsterdam. Carla vivió un tiempo en Barcelona y habla español con cierta soltura. Un buen día la invitaron unos amigos a visitarlos en Portugal. “Vivimos en la Serra de San Mamede”, precisaron. Carla empezó a buscar en el mapa y descubrió que esa sierra estaba junto a una capital de distrito llamada Portalegre y hacía frontera con dos provincias españolas llamadas Cáceres y Badajoz.

Los valles de la Sierra de San Mamede vistos desde las cabañas de Carla

Los valles de la Sierra de San Mamede vistos desde las cabañas de Carla

“Me gustó el lugar. Mis amigos me enseñaron una quinta que se vendía. Tenía una casa en estado ruinoso, pero manaba mucha agua, había un tilo muy antiguo y muy hermoso y árboles frutales sembrados hace muchos años. No era cara y la compré”, me cuenta antes de reconocer que de Cáceres solo conoce la estación de ferrocarril. “He ido allí alguna vez a recoger a mi hija, que venía en tren desde Madrid”, aclara. “Pero tenemos que ir a visitar la ciudad porque me han dicho que es la más bonita de España”, promete.

Alberca situada en la finca de Carla

Alberca situada en la finca de Carla

Carla vive en Portugal desde 2010, aunque hasta hace año y medio no acabó de reconstruir su casa en compañía de Louis. Es una típica mansión portuguesa, es decir, muy práctica para vivir: un gran porche, una pequeña piscina, un estudio para leer y trabajar, las habitaciones, la cocina acogedora…

Piscina de la casa de Carla

Piscina de la casa de Carla

Cuando descubrió el clima maravilloso del lugar, entendió que podría ser un sitio muy atractivo para los turistas. Así que habilitó otra vivienda para acoger visitantes y levantó dos cabañas de madera con sus respectivos porches orientados hacia las tierras fronterizas de Valencia de Alcántara y La Codosera.

En el porche de las cabañas de Carla reina la armonía

En el porche de las cabañas de Carla reina la armonía

Para llegar a casa de Carla hay que ascender por una carretera empinadísima y estrecha, que sale de Portalegre y te deja en medio del monte en cinco minutos. En la finca, tan cerca, tan lejos, solo se oye agua corriendo, perros ladrando y pájaros chillando.

Una de las cabañas de Carla

Una de las cabañas de Carla

Un gato alentejano visita las cabañas cuando le place. Es tan confiado como insolente. Se mete en la casa, lo curiosea todo y si lo echas, no se va. Digo que es alentejano porque es como los paisanos de la zona: algo indolente, algo valiente, algo tranquilo, algo irónico… Un alentejano no es nunca todo, siempre es algo. Están hechos a base de pizcas: un pelín de escepticismo, un puñado de misticismo, unas gotas de timidez, se espolvorea con arrojo, desconfianza, queja y lástima y ya está: el gato que me visita y el alentejano.

El gato de Carla, insolente, visita las cabañas cuando le parece bien

El gato de Carla, insolente, visita las cabañas cuando le parece bien

Por esta sierra y por esta región, las gentes son complacientes y cariñosas. Nunca molestan, no tensan ni engañan. Acogen tanto como el paisaje. Tanta laxitud es buena para vivir en sosiego, pero complica las tareas urgentes y los empeños poco comunes. Por aquí funciona lo consabido, lo tradicional… lo de siempre.

Un sosegado rincón bajo un frondoso tilo de San Mamede

Un sosegado rincón bajo un frondoso tilo de San Mamede

Carla buscaba tranquilidad, pero también eficacia. Y en ese punto, le cuesta aclimatarse. Vino con un coche con ordenador de a bordo. Se le fastidió y no hubo manera de encontrar quien se lo arreglara. Ahora quiere instalar un cartel indicador que no agreda el ecosistema de robles, agua clara y mariposas blancas. Y no hay manera. Se lo hacen de colores, de materiales refulgentes y comunes, pero no como ella quiere. Y va a tener que acercarse a Lisboa. Se lo confeccionarían en Extremadura sin problema, pero no sé qué tienen los extranjeros del Alentejo que no acaban de entender que el paraíso continúa más allá de la frontera… El paraíso y los mecánicos que arreglan ordenadores de a bordo y los rotulistas que respetan el ecosistema.

El autor del blog escribiendo esta entrada junto al gato alentejano de Carla

El autor del blog escribiendo esta entrada junto al gato alentejano de Carla

El gato ronronea mientras escribo sobre él, se pasea por mi mesa, arquea el lomo, araña la funda del ordenador, salta a un árbol, camina por una barandilla estrecha, desconfía y, al tiempo, mira con retranca y gracia provocadora. Por la Serra de San Mamede todo es así. Gatos tranquilos, extranjeros felices en su paraíso, nativos que hablan y viven en voz baja. Y un secreto, mi secreto: en verano, es el lugar más fresco a una hora de Cáceres y Badajoz. Y hay más gatos que turistas.

En la Sierra de San Mamede hay más gatos que turistas

En la Sierra de San Mamede hay más gatos que turistas

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Campo Mayor, chalés y cafés

Si alguna vez tengo dinero para hacerme un chalé, contrataré a un arquitecto, lo llevaré en mi coche hasta la carretera que une Campo Mayor con Ouguela, lo dejaré en el arcén y le diré: “Dé una vuelta, observe y constrúyame una casa como cualquiera de las que flanquean esta carretera. Me da lo mismo cuál, la que usted prefiera, todas son igual de bonitas”.

Campomaior, capital europea del café, es una bella ciudad alentejana fronteriza con Badajoz

Campo Mayor, capital europea del café, es una bella ciudad alentejana fronteriza con Badajoz

De Campo Mayor se escribe siempre para hablar de su café. Pero hoy quiero escribir sobre sus chalés y sobre otras curiosidades de esta villa, que se visita para comprarle Delta al señor Nabeiro, visitar su museo o comer marisco en su restaurante. Sin embargo, Campo Mayor es algo más que café.
¿No se han fijado ustedes en las casas de campo portuguesas? Son las más bellas que conozco, las más acogedoras, las únicas en las que no me importaría vivir. De blanco y albero o de blanco y azul pastel, se levantan siempre sobre un ligero promontorio y tienen un porche grande y acogedor que invita a leer, dormitar, merendar o, sí, también, a tomar café.
En Campo Mayor hay muchas casas de ese estilo. Aunque todo el pueblo parece participar de esa distribución singular: un lugar sombreado para disfrutar del aire libre y un interior blanco y sencillo para recogerse. Así es Campo Mayor: sus casas y su parque grande y céntrico lleno de terrazas… y cafés.

Alrededor del parque de Campomaior discurre la vida comercial y el ocio de la villa

Alrededor del parque de Campo Mayor discurre la vida comercial y el ocio de la villa

Casi todos los pueblos extremeños y alentejanos han padecido una misma evolución demográfica: en 1960 tenían el doble de habitantes que en 2014. En Campo Mayor no se ha dado una sangría tan tremenda. En 1960 eran 10.000 y hoy son 8.000. Y todo gracias al café.
Está visto que no hay manera de explicar este pueblo (villa desde 1255) sin hablar del café. Resumiendo: Nabeiro y sus tíos decidieron vender a los españoles algo de lo que carecieran tras la Guerra Civil. Pensaron en el café y empezaron a tostarlo en un cobertizo y a distribuirlo con cuadrillas de contrabandistas. Eso fue en los 40. Hoy, los cobertizos se han convertido en las más importantes fábricas cafeteras de Europa.

Cobertizo situado junto a la muralla campomaiorense

Cobertizo situado junto a la muralla de Campo Mayor

Badajoz y Campo Mayor están unidos desde siempre. Un detalle: los libros de historia cuentan que la villa fue reconquistada a los moros en 1219 por unos caballeros cristianos: los Pérez, de Badajoz. En 1297, corrió la misma suerte que Olivenza y la vecina Ouguela y pasó al reino de Portugal, donde mandaba el poderoso rey don Dinís. Después, anduvo bailando de un lado para otro: castellana entre 1383 y 1385, portuguesa después.
Fue refugio de forajidos antes de convertirse en plaza militar, donde uno de cada cuatro habitantes era soldado, y cuartel de mercenarios holandeses. Sufrió asedios y conquistas de ejércitos ingleses, franceses, portugueses y españoles. En fin, nada que no sea común a cualquier plaza fronteriza europea. Y padeció grandes desgracias como la explosión de su polvorín por culpa de un rayo el 16 de septiembre de 1732 (murieron dos tercios de la población) y la epidemia de cólera de 1865: duró 75 días y murieron dos personas cada día. En 1867, quisieron unir Campo Mayor a Elvas y lo impidió una huelga general. Sin embargo, no hubo protestas cuando 50 años después absorbieron Degolados y Ouguela.

Típica calle de Campomaior, estrecha, laberíntica y llena de coches aparcados

Típica calle de Campo Mayor, estrecha, laberíntica y llena de coches aparcados

Hoy, Campo Mayor merece una visita, aunque no es pueblo que piense en los turistas: sus calles son un laberinto, los autos aparcan por doquier, si quieres llegar al castillo en coche, te pierdes seguro. Conclusión: aparquen en la plaza principal, a la sombra, y caminen buscando la capilla de los huesos (o mejor, de las calaveras), que impresiona tanto como la de Évora. Suban después hasta el castillo, que se puede visitar. Aunque lo más interesante son las casas del entorno: humildes, sencillas, adosadas a la muralla, con la ropa tendida, los apaños para hacer chapuzas en plena calle y unos perros muy fieros para que no des mucho la murga. No son el chalé soñado, pero también son trasunto de Campo Mayor: una villa que aprovecha cualquier resquicio para sobrevivir.

Sencilla vivienda adosada a la muralla, muy típica en Campomaior

Sencilla vivienda adosada a la muralla, muy típica en Campo Mayor

Extretejo, el país maltratado

San Cucufate es una villa agraria romana que se conserva junto al pueblo alentejano de Vidigueira. Se distinguen aún sus graneros, sus bodegas y sus lagares del siglo I, cuando el Alentejo abastecía de aceite, vino y trigo a Roma desde el puerto de Setúbal. En realidad, el Alentejo ha sido la gran despensa de Portugal a lo largo de la historia. En ese punto, es una región emparentada con Extremadura.

San

San Cucufate, villa romana situada en el Alentejo, cercana al pueblo de Vidigueira

Más al sur, Serpa, un municipio de 16.000 habitantes emplazado junto al Guadiana, en la calzada de Sevilla a Lisboa por Beja. Como cualquier pueblo extremeño o alentejano, en 1960, Serpa tenía el doble de habitantes: 32.000. También allí la emigración acabó con la buena salud demográfica.

Plaza principal de la localidad alentejana de Serpa

Plaza principal de la localidad alentejana de Serpa

En el siglo XVI, cuando la política y la economía del reino de Castilla pasaban por Extremadura, el Alentejo portugués concentraba el mayor número de centros urbanos del reino de Portugal. Su actividad agrícola, artesanal e industrial, sobre todo en el sector textil, era tan importante que el Alentejo contribuía con el 27% de los impuestos del Estado portugués. En ese tiempo, Serpa era una villa muy importante por su agricultura, su ganadería, su artesanía y su comercio. Hoy, destaca por sus monumentos, sus pensionistas y sus servicios.

Calle típica de  Serpa, con restos de su muralla.

Calle típica de Serpa, con restos de su muralla.

En “Historia económica de Portugal”, un tratado escrito por tres profesores universitarios lisboetas, los mapas permiten entender la fuerza económica y demográfica alentejana hasta las guerras de Restauración (1640-68) y de Sucesión(1703-13) contra España y napoleónicas (1801-1814) contra Francia.

Si comparamos, es lo mismo que sucedió en Extremadura, donde estas contiendas también hipotecaron de raíz el futuro de la región: las guerras se declaraban en Madrid, París, Londres o Lisboa, pero el campo de batalla estaba siempre en Extremadura y el Alentejo.

Esta calle de Serpa fue elegida la más bella de Portugal

Esta calle de Serpa fue elegida la más blanca de Portugal en 1987

Un dato para entender la situación demográfica: al empezar estas guerras, entre 1640 y 1649, hubo en la iglesia Matriz de Olivenza (Santa María del Castillo) 1.157 bautismos. Avanzada las guerras, entre 1660 y 1669, solo se bautizaron 286 niños. La puntilla la dieron las desamortizaciones del siglo XIX en Extremadura y en el Alentejo.

En la región de Évora, el 50% de la propiedad estaba en manos de la nobleza y el 38%, en manos eclesiásticas. La nobleza fue la gran beneficiada de la desamortización, como en Extremadura, y, también como aquí, eran terratenientes absentistas que vivían en Lisboa. El escritor portugués Nemesio Vitorino apunta que el Alentejo no era una provincia, sino una heredad, una gran finca que mandaba a Lisboa a su población aristocrática.

La llanura alentejana vista desde las inmediaciones de Viana do Alentejo

La llanura alentejana vista desde las inmediaciones de Viana do Alentejo

Con estos agravios, una región con burguesía ávida de poder habría organizado un movimiento nacionalista reivindicativo. Pero en el Alentejo ni tan siquiera son autonomistas. No cuentan con un relato regional.

Portugal, en general, es un país que llora lo que pudo haber sido y achaca su impotencia más a razones míticas que económicas. Hace unas semanas, en la librería Bertrand de Castelo Branco, los libros de historia más vendidos eran: “Portugal en la historia y en el mundo”, “Héroes en la historia de Portugal”, “Los reyes de la Reconquista portuguesa”, “Heroínas portuguesas”, “Un imperio a la deriva”, “El imperio colonial cuestionado” e historias de reyes, de reinas, de naufragios y de Viriato.

Interesante publicación sobre la "Historia económica de Portugal"

Interesante publicación sobre la “Historia económica de Portugal”

Se quejan en el Alentejo de que los fondos comunitarios, sin gobiernos autonómicos que los administren, solo han servido para financiar una vacía autovía de peaje entre Lisboa y la frontera por donde únicamente circulan grandes berlinas. Se lamentan de que la región se esté convirtiendo en un gran parque temático y turístico donde los extranjeros compran casas y tierras sin parar.

Extremadura y Alentejo, tan semejantes. Extretejo, la frontera más pobre de la antigua Unión Europea, una región con identidad propia que solo prosperó cuando estuvo unida: la Lusitania romana, el reino taifa de Badajoz o con Felipe II. Un país maltratado y resignado que quiere escribir su relato.

Isabel del Alentejo, una heroína de Ouguela

En Ouguela, hoy, viven señoras mayores que a mediodía escuchan a toda pastilla una emisora religiosa donde hablan del Papa Francisco. Hace 600 años, quienes andaban por aquí eran delincuentes perdonados por el rey de Portugal siempre que se vinieran a vivir a esta villa fortaleza que defendía la frontera de los españoles.

España vista desde las murallas de Ouguela. Al fondo, a la izquierda, se distingue la silueta del castillo de Alburquerque

España vista desde las murallas de Ouguela. Al fondo, a la izquierda, se distingue la silueta del castillo de Alburquerque

Ouguela queda a un paso de Aburquerque por una carretera transfronteriza que cruza la Raya Seca y soporta muy poco tráfico. Está a cinco minutos de Campo Mayor y es una visita obligada para los amantes de la historia, de los castillos, de los paisajes, de la fotografía, de la tranquilidad, de la frontera, de las leyendas… Ouguela es un precioso pueblo metido en un castillo medieval, levantado por el rey don Dinís, uno de los más poderosos de la historia de Portugal, y protegido por una posterior muralla, construida en el siglo XV por el rey Don Juan I, el mismo que concedió a la villa el privilegio de ser “couto de homiziados” o espacio franco para determinados delincuentes.

Singular motocarro estacionado en la plaza de armas de la fortaleza de Ouguela

Singular motocarro estacionado en la plaza de armas de la fortaleza de Ouguela

Para rematar su poderío fronterizo, el rey Juan IV, durante la guerra de independencia de Castilla, dotó a Ouguela de unos baluartes y un sistema defensivo de puertas esquinadas que acabaron de convertirla en pieza fundamental del entramado defensivo portugués. Y ahí comenzaron las hazañas bélicas legendarias, que han convertido Ouguela en un símbolo del heroísmo portugués frente al enemigo de siempre, es decir, España, al igual que nosotros hemos fraguado nuestras leyendas épicas frente al vecino francés.

Puerta esquinada de la fortaleza de Ouguela

Puerta esquinada de la fortaleza de Ouguela

Para entender la importancia de Ouguela en el imaginario colectivo y legendario portugués, hay que decir que de aquí es y aquí demostró su valor la Agustina de Aragón del país vecino, aunque en este caso se llamaría Isabel del Alentejo (su nombre real era Isabel Pereira). Todo comenzó la noche del 9 de abril del año 1644. Una fuerza de 1.000 caballeros y 1.500 infantes españoles llegados desde Badajoz había invadido el Alentejo al mando del marqués de Torrecusa.

Entre las plazas a conquistar para someter la región, destacaba Ouguela con sus flamantes baluartes recién levantados. Para guiar a los españoles en el ataque, se ofreció un traidor portugués llamado João Rodrigues de Oliveira, que a cambio de pasarse a los españoles, había recibido el cargo de gobernador de Villar del Rey. Como ven, esta historia tiene los ingredientes fundamentales para levantar el ánimo de un país: un traidor malvado, una heroína del pueblo y, naturalmente, un final feliz.

Una señora arregla las macetas de su casa en el patio de armas de la fortaleza de Ouguela

Una señora arregla las macetas de su casa en el patio de armas de la fortaleza de Ouguela

Porque resultó que, mientras Rodrigues el Traicionero marchaba sobre la plaza al frente de 1.200 soldados escogidos de entre la tropa de Torrecusa, cuatro soldados portugueses, que andaban robando ganado por la noche para alimentar a sus correligionarios, se percataron del movimiento de infantes y caballeros y se mezclaron con la retaguardia de la columna, a sabiendas de que de noche todos los gatos son pardos. En cuanto se enteraron de los planes del ataque, salieron corriendo hacia Ouguela por atajos y avisaron al gobernador, que preparó con tiempo la defensa de la villa.

Otra puerta de acceso a la fortaleza fronteriza de Ouguela

Otra puerta de acceso, también esquinada, a la fortaleza fronteriza de Ouguela

El capitán Pascoal, que así se llamaba el gobernador, contaba con 45 soldados más los vecinos del pueblo. Pero entre ellos estaba Isabel del Alentejo, que peleó en las trincheras, repartió pólvora y balas y fue herida por un disparo, pero se repuso en un instante, arengó a los defensores, luchó aún con más brío y consiguió levantar el ánimo de los sitiados, que impidieron que el traidor Rodrigues dinamitara las puertas de la fortaleza y entre Isabel y los 45 soldados acabaron rechazando a los 1.200 españoles. De aquel tiempo, quedan en pie la fortaleza y la casa del gobernador, recientemente restaurada. Y aquellas guerras se han convertido en proyectos conjuntos entre Alburquerque y Ouguela para crear un área museológica que ligue los dos castillos con senderos, investigaciones y actividades.

Las bragas verdes de Viriato

La gamberrada más estúpida que he hecho en mi vida ha sido colgarle unas bragas verdes en la mano a Viriato. Sucedió en Zamora, enfrente de la Diputación, yo tenía 15 años, estudiaba interno y reaccionaba contra la ciudad donde me internaban atacando su símbolo más querido: el caudillo lusitano Viriato. En Zamora había otro héroe local, Vellido Dolfos, el que mató al rey Sancho clavándole un venablo por la espalda, pero claro, Vellido era un traidor, Viriato, un traicionado y, entre uno y otro, los zamoranos lo tuvieron claro a la hora de escoger icono local y erigirle una estatua hace 110 años.

Para los niños españoles de los tiempos de Franco, el traidor por antonomasia no era el de siempre, o sea, Judas Iscariote, sino tres fascinerosos llamados Audax, Ditalkón y Minuro, lugartenientes de Viriato a los que Roma convenció para que le cortaran la cabeza en el año 139 antes de Cristo. ¿Pero dónde le cortaron la cabeza, dónde se fraguó la traición, es más: tienen los zamoranos alguna razón de peso para apropiarse de Viriato?

En España, hay tres personajes cuya nacencia se disputan unos y otros: Cristóbal Colón, Valle Inclán, que era un cachondo y añadió leña al fuego apuntando que nació en un barco, en medio de la ría de Arousa, y Viriato. Para los eruditos de Zamora, nació en Torrefresneda, comarca de Sayago. Para el erudito alemán Schulte, vino al mundo en la Sierra de la Estrella. Para los eruditos portugueses, pudiera ser de Viseu. En Santa Cruz de la Sierra le han puesto una lápida. Para la serie Hispania, nació en Coria. Para el programa Un país en la mochila, es de Guijo de Santa Bárbara. Y no faltan estudiosos que lo hacen turolense, valenciano, alentejano atlántico, medio de Huelva medio de Badajoz, de Verín o del mismísimo Grimaldo, junto a Cañaveral.

Si para crear un nacionalismo de la nada es preciso buscarse un héroe, Extremadura y el Alentejo lo tienen y es más importante que el gallego Breogán y el catalán Wilfred el Pilós juntos: ¡Viriato!

La culpa de tanta pasión lusitana la tienen Franco y Salazar, que convirtieron a Viriato en símbolo patriótico de las dictaduras de España y Portugal consiguiendo que para los niños de entonces Viriato significara lo que Cristiano y Messi significan para los niños de hoy. Y lo que se cree en la infancia ya se cree para siempre, aunque en Portugal, a partir de 1968, con las guerras coloniales, Viriato desapareciera de los libros de texto no fuera a dar alas a los independentistas de Angola y Mozambique.

Pasteles típicos de Viseu llamados viriatos

Pasteles típicos de Viseu llamados viriatos

Las ciudades que más se creen lo de Viriato son la portuguesa Viseu y la castellana Zamora. En ambas hay estatuas en su honor, colegios con su nombre, clubes de fútbol y frentes futboleros ultras llamados Viriato… En Viseu, hay farmacia Viriato, teatro Viriato y un pastel llamado Viriato. En Zamora, el caudillo lusitano aparece incluso en el escudo de la ciudad.

Hace nada, en Viseu, desapareció la estatua de Viriato y Portugal entero se movilizó al entender que se trataba de un atentado terrible contra las esencias de la patria. Y es que con Viriato no se juega salvo si eres del pueblo cacereño de Guijo de Santa Bárbara. Por allí llegó Labordeta con su país en la mochila y le dijeron que Viriato era de allí, que había estudiado en la Academia Militar de Toledo, que les había dado para el pelo a los romanos y que estos se lo cargaron prometiendo dinero a unos traidores que fueron a buscarlo a una chabola, le cortaron la cabeza y se la llevaron a los romanos en una bolsa de plástico.

Con plástico o sin plástico, lo cierto es que en Guijo llevan siete años montando unas fiestas viriatas de aquí te espero, defienden ante quien sea que el caudillo lusitano nació en el campamento celta de Pimesaíllo y no le han levantado una estatua, así ni se la roban ni le cuelgan bragas, pero le han puesto una calle y son quienes más partido le sacan a un guerrero legendario que es de todas partes y de ninguna.

Mértola, puerto del reino de Badajoz

Mértola es un villa museo, pero a mis compañeros de bar no les debe de importar demasiado. Mientras escribo, justo encima del Guadiana, ellos beben Sagres helada y aventuran el resultado del Sporting-Oporto de la Copa de la Liga, que va a disputarse por la noche. Es la hora de la siesta en este balcón sobre el río y en esta ciudad, una de las más bellas de Portugal. Estoy en el café del mercado de abastos, cuya singularidad es que su terraza para fumadores pende sobre un paraje fluvial espectacular protagonizado por un Guadiana plenamente portugués: en este tramo, después de Cheles, el río se aparta del territorio español para retomarlo unos kilómetros más abajo, cuando busque, ya definitivamente, el mar en Ayamonte.

El río Guadiana a su paso por la ciudad de Mértola

El río Guadiana a su paso por la ciudad de Mértola

Mértola es un pueblo bellísimo, de los que te obligan a detener el coche, contemplar el panorama y soltar adjetivos del tipo increíble y alucinante o lanzar exclamaciones adolescentes como qué pasada, qué flipe y cómo mola. Hay que reconocerlo, Mértola es una pasada que mola. Aunque para alucinar en colores, hay que llegar desde el sur del río: la sorpresa será increíble de verdad cuando descubramos esta villa de 8.000 habitantes descendiendo, parsimoniosa y elegante, desde la torre del homenaje de su castillo, levantada en 1292, hacia el Guadiana, que discurre, ya sin embalses ni obstáculos, por su lecho natural, bien hundido y espectacularmente encajonado.

Alucinar ante Mértola no es nada raro: lo vienen haciendo todas las civilizaciones. Un espacio museístico de excavaciones permite conocer vestigios romanos, árabes, cristiano-medievales… Se puede visitar una iglesia que fue mezquita en el siglo XII y ha conservado los arcos y la traza musulmana. El visitante puede conocer el taller de tejidos, la torre romana del río, una basílica paleocristiana, el museo de la villa… Pero más allá de esas visitas, lo que no se olvida es el deambular demorado por sus calles blancas, que giran de pronto y te dejan ante un mirador inesperado que parece volar sobre el Guadiana.

Calle de Mértola descendiendo hacia el río

Calle de Mértola descendiendo hacia el río

En ese río y en este lugar, hicieron los fenicios un puerto y con los árabes, las naves partían desde aquí, Guadiana abajo, hasta los puertos del norte de África. Tras ser reconquistada la ciudad por Sancho II de Portugal en 1238, el puerto perdió importancia para recobrarla con la aventura portuguesa en el norte de África a partir del siglo XV.

Cae la tarde sobre esta terraza mirador del Café del Mercado. Se apagan las voces de los futboleros, que se marchan a jalear al Sporting. No soy capaz de apartar la vista del río. Es un Guadiana extraño para mí y para la mayoría de los extremeños, que lo conocemos expandido, ancho, ya sea en embalses de la Serena, ya sea cruzando nuestras vegas o nuestras ciudades. Aquí es distinto, parece más salvaje, menos domado, como si fuera un un río de verdad, de los que se sublevan contra los designios de las confederaciones y los ingenieros. Recuerda un poco al Duero en Peso de Regua, con el agua abajo y la tierra dispuesta en peldaños: viñedos ascendentes de bancal en bancal.

Anochece en las calles de Mértola

Anochece en las calles de Mértola

Mértola queda a 50 kilómetros al sur de Beja y no es excursión de un día si se quiere disfrutar despacio. Es Alentejo extremo, transición hacia el Algarve, pero perteneció a la Extremadura histórica, a aquel país casi mítico que primero se llamó Lusitania y luego,  emirato de Batalyaws. También fue taifa independiente y sede de la Orden de Santiago en Portugal.

En su tiempo, era una de las ciudades más bellas administradas por la Mérida romana, por la Mérida visigoda y por la Badajoz musulmana. Por eso es algo nuestra y uno no se siente extraño cuando la recorre. Ya no tiene puerto, ni es reino taifa ni sede de la Orden de Santiago y ha perdido 18.000 habitantes desde 1930, pero los arqueólogos la han convertido en una villa museo donde los futboleros beben cerveza y los extremeños recordamos los tiempos gloriosos en que éramos reino independiente con puerto y todo.

Café Guadiana, en la plaza principal de Mértola

Café Guadiana, en la plaza principal de Mértola

Poblados ferroviarios de La Raya

En el año 1881, al tiempo que se establecía la línea del ferrocarril Madrid-Lisboa, se levantaba en una llanura situada entre Arroyo de la Luz y Malpartida de Cáceres un poblado ferroviario estratégico. La estación resultante, con su depósito de locomotoras, la charca Lancho, que la abastecía de agua, y toda la intendencia necesaria parara mantener la línea, se llamó Arroyo-Malpartida. Se había intentado instalar en tierras de Malpartida de Cáceres, pero se opusieron los propietarios de algunas tierras. El ayuntamiento de Arroyo de la Luz, que entonces se llamaba del Puerco, intentó sin éxito que la estación se levantara en su término municipal.

Vías y viviendas casi sin vida en la estación rayana de Arroyo-Malpartida

Vías y viviendas casi sin vida en la estación rayana de Arroyo-Malpartida

¿Pero por qué pasa el tren por Arroyo-Malpartida? Pues fue gracias a la influencia de don Cipriano Segundo Montesino, Duque de la Victoria, un ingeniero nacido en Valencia de Alcántara en 1817. Don Cipriano fue diputado en Cortes, Director General de Obras Públicas y director de varias compañías de ferrocarriles españoles. Se había casado con Eladia, sobrina de Espartero, que heredará los títulos y la fortuna del general. Compatibilizó la política con la enseñanza, la ciencia y el desarrollo de las obras públicas. Fue el representante español en la Comisión Internacional del Canal de Suez, fundador y presidente de la Academia de Ciencias, vicepresidente del Senado y accionista de la Institución Libre de Enseñanza.

Entre 1854 y 1856, ostentará el cargo de director de Obras Públicas. Será el autor de la Ley de Ferrocarriles y quien establezca definitivamente el ancho de vía español de 1.672 milímetros, los seis pies castellanos, aunque los estudios técnicos sobre la cuestión databan de 1844, cuando los anchos de vía en Europa oscilaban entre los 1.435 y los 2.134 milímetros.

Cuando se empezó a hablar de la unión entre Madrid y Lisboa por la cuenca del Tajo, se barajó en Madrid la posibilidad de que la línea ferroviaria fuera por Coria, Ceclavín y Zarza la Mayor, entrando en Portugal por Monfortinho, pero don Cipriano envió al ministro de Fomento, en 1874, una  carta de seis folios, incluyendo planos donde demostraba que el mejor trazado entre Palazuelo-Empalme (Malpartida de Plasencia) y Lisboa era a través de Valencia de Alcántara, Abrantes y Entroncamento. Tras enconadas polémicas en la prensa, ese fue el trazado aprobado.

Vías y antiguo silo del trigo de la estación de Arroyo-Malpartida

Vías y antiguo silo del trigo de la estación de Arroyo-Malpartida

Se levantó así este enclave estratégico, la estación de Arroyo-Malpartida, que llegó a tener capilla, dos cines, 280 viviendas, silo, médico, escuela de mayores y de párvulos, taxidermista, carnicería, tienda de comestibles, cantina… Había un tren gratuito que salía temprano hacia Cáceres llevando a las amas de casa del poblado y a los estudiantes. Regresaba al mediodía.

Los ferroviarios causaban admiración en Arroyo y Malpartida porque tenían sueldo fijo, horario y vacaciones. En Malpartida había una canción popular que decía: “Hija, ¿quién es ese mozo?… Madre dicen que es del pueblo, pero yo no lo conozco…Tú, hija, pregúntalo porque a mí mucho me gustan los mozos de la estación”. Durante la Guerra Civil, aumentó el número de ferroviarios. No luchaban en el frente y eso provocó que muchos quisieran entrar a trabajar en la estación.

Pabellones de viviendas deshabitadas en la estación de Arroyo-Malpartida

Pabellones de viviendas deshabitadas en la estación de Arroyo-Malpartida

En los años 50, la estación de Arroyo-Malpartida llegó a tener asignadas 39 locomotoras por lo que necesitaba un gran número de trabajadores especializados. Había 900 empleados en 1960, época en que la estación llegó a tener 1.107 habitantes. Las antiguas locomotoras de vapor tenían muchas limitaciones y no podían hacer el trayecto Madrid-Frontera portuguesa sin un relevo. Las máquinas de Arroyo relevaban a las que llegaban de Madrid en Navalmoral de la Mata, llevando el tren hasta Valencia de Alcántara.

Cuando se introducen en 1967 las locomotoras diésel, que hacían grandes trayectos sin necesidad de relevos, Arroyo-Malpartida fue perdiendo actividad y personal. Los empleados se jubilaron o se formaron para atender las nuevas locomotoras, siendo trasladados a la estación de Atocha.

Cantina de la estación de Arroyo-Malpartida

Cantina de la estación de Arroyo-Malpartida

La puntilla fue la apertura el 22 de junio de 1971 de la variante de Casar de Cáceres a Cáceres. La estación de Arroyo-Malpartida perdía su importancia estratégica y el poblado  pasaba de tener 1.107 habitantes en 1960 a contar con tan solo 138 en 1975, no sobrepasando en la actualidad los 50. La variante costó 120 millones de pesetas y se construyeron 18 kilómetros de vía.

Caso muy contrario es el de Entroncamento, el otro poblado ferroviario con depósito de locomotoras situado en la línea Madrid-Lisboa, pero en el lado portugués. Entroncamento se levantó en 1864 en otra llanura donde no había absolutamente nada.

Entroncamento también creció rápidamente. En 1950, tenía 6.804 habitantes y en 2004, 20.065 . Hoy, sus casi 25.000 habitantes viven en 14 kms cuadrados, es el segundo municipio más pequeño del país y tiene más de 1.300 habitantes por kilómetro cuadrado. En 1926 fue elevado a la categoría de parroquia y en 1991 se le concedió el título de ciudad.

Entroncamento ha vivido desde su nacimiento por y para el tren. Es el punto donde coincide la línea Oporto-Lisboa con la del Tajo, que conduce hacia Castelo Branco y Covilhá. De allí parte la línea de Tomar y por Entroncamento pasan los trenes que van a Guarda, incluido el combinado Sur-Exprés-Lusitania. Antes de que se cerrara la línea de Cáceres, Entroncamento era paso obligado de los convoyes que unían Madrid con Lisboa por Valencia de Alcántara.

El autor del blog en la estación de Entroncamento

El autor del blog en la estación de Entroncamento

Entroncamento es una ciudad moderna que gira alrededor de la estación. Cuenta con un interesante museo ferroviario y con un cuartel militar importante. Su comercio es pujante y el mercadillo sabatino es de los principales de la región. Por la estación de Entroncamento pasan cada día decenas de trenes y miles de viajeros y el trajín ferroviario es formidable.

Al otro lado de la frontera, Arroyo-Malpartida se convirtió poco a poco en un poblado fantasma que solo despertaba de su letargo al cruzarlo cada noche el Lusitania Exprés. El Lusitania desapareció en agosto de 2012. Ahora, han puesto un tren diurno que circula entre Cáceres y Valencia de Alcántara y la ilusión ha vuelto a sus vecinos. Pero o mucho cambian las cosas o este será el último tren de Arroyo-Malpartida.

El caballo de la Raya

Un portugués es un español que soporta mejor las desgracias y es capaz de resistir lo que le echen. El arma secreta de los portugueses para resistir es la resignación y el orgullo callado. Por lo tanto, un portugués es un español resignado, pero orgulloso. O sea, un extremeño… o un gallego.

Portugueses, extremeños y gallegos compartimos otra cualidad: la valentía en situaciones extremas. No presumimos ni somos valentones de boquilla, pero si el ambiente se torna hostil y extremo, reaccionamos con la valentía de quienes no tienen nada que perder y podemos conquistar Brasil, Méjico o Perú y aclimatarnos en Luxemburgo, en Dusseldorf, en Vitoria o en Australia sin haber salido nunca antes de Belmonte, Medellín o Viana do Bolo y sin saber inglés, vasco ni alemán.

Los portugueses, los gallegos y los extremeños estamos soportando mejor la crisis que el resto de los habitantes de la Península Ibérica. La razón podemos encontrarla en el título de un libro de Alegría Pereira: “¿Quién ganará la batalla, el yo de antes o el yo depresivo?”. En el resto de España, el yo de antes era optimista y sufre con la carestía. En Extremadura, en Galicia y en Portugal, el yo de antes ya era depresivo o, cuanto menos, resistente y no se da tanta batalla.

En Portugal, hay un caballo muy admirado, es el alter real, una raza ibérica que también se cría en algunas yeguadas de Extremadura. El alter real tiene un paso alto y una gran flexión de rodillas. Su poderoso corvejón le facilita los movimientos. Posee una grupa redondeada, un cuello arqueado, musculoso, corto y erguido y es el caballo más valiente enfrentándose al toro y el preferido por los rejoneadores.

En realidad, el caballo alter real es un trasunto de los extremeños, los gallegos y los portugueses: recio, resignado, valeroso si lo colocan ante el peligro y orgulloso solo si es preciso. Y desciende, en fin, de los famosos caballos lusitanos de las orillas del Tajo, que según las leyendas griegas, eran hijos del viento.

La alter real es una raza ibérica creada en 1748 por la casa real de Braganza, tras comprar 300 yeguas españolas. Su razón de ser era tirar de los carruajes de la Corte: un caballo resistente y resignado que, cuando se vio en el aprieto de enfrentarse a un toro en una plaza, sacó la valentía y el orgullo que llevaba dentro… Como un buen extremeño, como un buen gallego, como un buen portugués…

El año 1967, se recuperó oficialmente para esta raza el nombre de caballo lusitano. Bastante antes, en 1756, la yeguada real se había instalado en Alter do Chão, a un paso de la frontera española. En su coudelaria se crían y cuidan los mejores ejemplares de caballos lusitanos y del nombre del pueblo le viene también el nombre originario a la raza: alter real.

Veleta equina de la Coudelaria de Alter do Chão

Veleta equina de la Coudelaria de Alter do Chão

Lo sucedido con este caballo híbrido es muy significativo. Cuando en 1834 abdica el rey Miguel I, se clausura la yeguada de Alter do Chão. Años después, intenta revitalizarse mezclando la sangre lusitana del caballo con aportaciones de caballos hannoverianos, normandos, pura sangre ingleses y puros árabes. Todos esos intentos fracasaron y la raza no despegó de nuevo hasta que no llegaron aportaciones de caballos españoles.

Al desaparecer la monarquía portuguesa, la yeguada corrió serio peligro, pero la salvó Ruy d’Andrade, gran autoridad ecuestre portuguesa, que fue capaz de mantener la coudelaria de Alter do Chão. En 1932, la coudelaria pasó al Ministerio de Agricultura y hoy, tras una inversión de 20 millones de euros, es un emporio equino de visita obligada para los amantes de los caballos y para los interesados en conocer esta metáfora ecuestre del carácter rayano.

A la coudelaria se llega desde Badajoz o desde Valencia de Alcántara a través de la carretera N-245, que une Alpalhão con Estremoz. Se realizan visitas guiadas por las mañanas de 10.30 a 15.30, hora portuguesa, se puede montar a caballo en sus instalaciones y cuenta con un museo y con un agradable hospedaje rural dentro del recinto.

Pero lo verdaderamente interesante es acercarse a Alter do Chão para entender la Raya a lomos de un caballo lusitano, resignado en reposo y valiente en peligro, muy extremeño, muy gallego y muy portugués.

Españoles y portugueses: todos belloteros

Encina bellotera y solitaria, en Aldea del Cano

Encina bellotera y solitaria, en Aldea del Cano

De niño comía bellotas y estaban ricas. Desde luego, bastante más sabrosas que las almendras y las castañas. Comía bellotas y no tenía ningún complejo. Las tomaba crudas. Mi madre me enseñó que debía comerme la parte delantera porque estaba más dulce. La parte de atrás la tiraba, sabía amarga.
No sé cuándo dejé de tomar bellotas. Seguramente, cuando salí a estudiar fuera de Extremadura, a punto de ser adolescente, y empezaron a llamarme bellotero. De manera inconsciente, debí de pasarme a la avellana o a la nuez: no sabían tan intenso, pero tenían mejor imagen.

En Extremadura nos pasa mucho eso: de manera inconsciente, renunciamos a lo nuestro por la cosa de la imagen, como si tuviera menos valor por ser de aquí. A los de Oporto, por ejemplo, los llaman tripeiros porque durante un asedio empezaron a comer callos. Y no se acomplejan, han convertido las tripas a la moda de Oporto en plato nacional y disfrutan de lo lindo atiborrándose ellos y atiborrando a los turistas con un manjar tan humilde.

Encinas y vacas, en Ceclavín, junto a la frontera portuguesa

Encinas y vacas, en Ceclavín, junto a la frontera portuguesa

Una vez se me ocurrió llevar a Galicia una botella de Cremibellota y la serví en una fiesta. Triunfó. Desbancó al Baileys. Desde entonces, cada vez que voy llevo varias botellas de ese espectacular licor cremoso y bellotero.
El otro día, descubrí en un local de comida para llevar unos caracoles criados con bellota. El lugar se llama La Parrilla, está en la avenida que sube a la estación de ferrocarril de Badajoz y anuncian en la puerta sus caracoles ibéricos de pata negra, “como siempre, criados con bellota”.

Encinares alentejanos rodeando el embalse de Alvito

Encinares alentejanos rodeando el embalse de Alvito

En Mérida hacen unos exquisitos caramelos de bellota de la Abuela Paula. Además está la oferta abundante de licor de bellota, el exquisito y popular turrón de pobre, que se consigue emparedando una bellota entre higos pasos, o el dulce de bellotas cocidas con naranja y canela que propone Juan Mari Arzak: se rajan las bellotas en la punta, se cuecen durante 25 minutos con cáscara de naranja, rama de canela y miel, se escurren y se sirven espolvoreadas de canela.

El sol se pone en los encinares de Ceclavín

El sol se pone en los encinares de Ceclavín

El tiempo de la bellota es entre octubre y enero. Como pasamos de ellas y las despreciamos, aunque nos gusten, pues no nos percatamos de que las dehesas empiezan a llenarse de este dulce fruto de la encina que durante siglos fue la base de nuestro sustento. Y la base del sustento de catalanes, vascos madrileños, asturianos, manchegos, castellanos… En España y Portugal, todos tenemos un pasado bellotero, aunque solo nos tilden a los extremeños de bellotaris y belloteros y nos achantemos por ello en lugar de proclamarlo orgullosos.

Encinas en la dehesa boyal de Ceclavín

Encinas, en la dehesa boyal de Ceclavín

Estrabón caracterizaba a los hispanos como comedores de bellotas que se alimentaban de ellas y de sus derivados, harina y pan, durante tres partes del año. San Isidoro de Sevilla especifica que antes de que los romanos nos hicieran cerealistas, la bellota nos daba la vida. En el Quijote, se habla de la Edad Dorada como un tiempo lejano en que los hombres eran felices, se alimentaban de bellotas y de miel y no había propiedad privada ni opresión de la mujer ni angustia por cultivar la tierra.
En la Universidad de Vigo han patentado un turrón de bellota que lleva, además, trufa de chocolate, nata, huevo, limón y leche condensada. En Montijo, hacen unos sabrosos bombones de bellota. En Valencia, venden harina ecológica de bellota y también hay galletas de bellota.

Ceclavín: crepúsculo en la dehesa

Ceclavín: crepúsculo en la dehesa

Asumamos nuestro carácter de belloteros y de mangurrinos, que viene a significar lo mismo. En la bellota está la esencia de Iberia, que permanece intacta en Extremadura porque aquí aún mantenemos nuestro bosque ancestral, el que asombraba a Estrabón. Reivindiquemos la bellota: convirtámosla en seña de identidad y no en motivo de vergüenza. Hoy, decir “de bellota” es decir sublime. Todos los españoles somos de bellota. Los portugueses, también. Y los extremeños, más que nadie.

Encina seca en Ceclavín: ya no dará bellotas

Encina seca, en Ceclavín: ya no dará bellotas

Portugal: la ruta del bacalao

El bacalao dorado ha invadido Extremadura. En Badajoz, es casi una plaga… ¡Bendita plaga! Viví en Badajoz a finales de los 70 y recuerdo que solo lo servían en un par de bares. En 2013, no hay restaurante, venta ni taberna, del Marchivirito a Doña Purita, de las casonas Alta y Baja al Bigotes, que no ofrezca en su carta un rico bacalao dorado.

cartade bacalaos

Carta rústica del restaurante O Freixo de Penha Garcia

En Badajoz, lo portugués tiene mucha presencia en la hostelería. Es común que te sirvan una cerveza Sagres, un licor Beirao, un pastel de nata, un vino Mateus o un omnipresente y exquisito café Delta. En el resto de Extremadura, la cosa cambia y, salvo el café y algunos pasteles de nata, los demás productos tienen una presencia testimonial. No sucede lo mismo con el bacalao dorado, que poco a poco va extendiéndose hacia el interior de la región.

Resulta curioso que, cuanto más cerca de la Raya, más se usa su nombre portugués, bacalao dorado, mientras que a medida que nos alejamos hacia Cáceres, Mérida o Navalmoral, se va convirtiendo en bacalao a la dorada, una estilización que no tiene mucho sentido.

Aunque el propio apelativo de bacalhau dourado también es un tanto forzado. En Portugal, se utiliza sobre todo en la Raya alentejana pegada a Extremadura: entre Marvao y Alandroal. Más allá, se conoce con el nombre portugués de toda la vida: bacalhau á Braz, aunque sobre esta cuestión hay multitud de teorías.

El bacalao deshilachado con patatas fritas paja y huevo fue inventado, según la tradición portuguesa, en Macao por un señor llamado don Braz. De hecho, un refrán popular de Macao reza así: “En Macao, casinos, mulheres y bacalhau á Bras (en el refrán es con ese)”.

Así que en Portugal, en cuanto te alejas de la frontera, el bacalhau dourado desaparece y lo comeremos á Braz en el restaurante Álvaro de Urra o en el Casa do Forno de Monsaraz. Con el nombre de á dourada, más propio de nuestra Extremadura interior, solo lo hemos encontrado en O Miradouro de Barrancos, pero ya se sabe que Barrancos es tan de aquí como Barcarrota o Berrocalejo.

Bacalao Don Pipas, en el restaurante del mismo nombre de Mourao

Bacalao Don Pipas, en el restaurante del mismo nombre de Mourao

En la Raya Norte, sirven bacalao al estilo lagareiro, con patatas asadas con piel, en O Freixo de Penha Garcia, Helana de Idanha-a-

Bacalhau ó lagareiro en O Freixo de Penha Garcia

Bacalhau ó lagareiro, en O Freixo de Penha Garcia

Nova o Santos de Portalegre. Al estilo espiritual (desmigajado con patata, zanahoria y un gratinado final al horno), es lo típico en la Raya Sur: O Pipas de Mourao o Sabores da Estrela de Estrela (Moura).

Pueden desesperarse si buscan el bacalao con huevos y patatas fritas paja en los buenos restaurantes de Évora. Y en Estremoz, uno de los enclaves gastronómicos más interesantes del Alentejo, el dourado brilla por su ausencia, pero para compensar, están el suculento bacalao frito con salsa de langostinos de la Adega do Isaias y el espectacular lomo de bacalao al carbón de A Cadeia Quinhentista.

En las capitales situadas frente a la provincia de Cáceres, tampoco es común el bacalhau dourado, pero en el considerado como mejor restaurante de Castelo Branco, Praça Velha, sirven un plato típico de la comarca: bacalhau con boroa (pan de maíz); sin salir de la capital de la Beira Baixa, también es suculento, aunque a veces no lo desalan lo suficiente, el bacalhau da casa en el Retiro do

Bacalhau da casa en el Retiro do Caçador de Castelo Branco

Bacalhau da casa, en el Retiro do Caçador de Castelo Branco

Caçador albicastrense. En el restaurante más interesante de Portalegre, el Tomba Lobos de Reguengos, camino de la Serra de San Mamede, el bacalao gratinado con espárragos merece la pena.

Como ven, no solo de bacalhau dourado vive el portugués, pero si prefiere no arriesgarse con bacalaos “complicaos” y solo le gusta el “dorao”, les recomendamos el bacalhau dourado que, en general, es considerado el mejor de la Raya. Lo sirven en A Maria, un restaurante de Alandroal. María lo prepara con huevos de corral muy amarillos, patatas caseras muy bien fritas en el momento, para que no parezcan goma de mascar, y un bacalao de primera calidad que deshilacha con cuidado. El resultado es suave, sabroso

Bacalao dorao, en A Maria de Alandroal

Bacalao “dorao”, en A Maria de Alandroal

y meloso. ¡Que aproveche!