Castelo Branco tiene arte

Escultura de Botero en la plaza principal de Castelo Branco

Escultura de Botero en la plaza principal de Castelo Branco

En Castelo Branco, todos los caminos llevan a la plaza principal. La plaza albicastrense era un desangelado contenedor de coches con dos gracias: el Teatro Cine Avenida, a un lado y el restaurante Kalifa, al otro. Pero en 1986, un incendio acabó con el teatro y la megaplaza pareció morir. Sin embargo, se trataba de una crisis necesaria para renacer.

La gran plaza se convirtió en trasunto de la ciudad y, al tiempo que a Castelo Branco llegaban los centros comerciales, las industrias y hasta un aeródromo, su plaza referencial vivía una transformación impensable de la mano del arquitecto catalán Josep Lluís Mateo y se convertía en un espacio peatonal rabiosamente moderno con cafés, tiendas y restaurantes luminosos y un párking subterráneo.

Pista de hielo bajo el Centro de Arte Contemporáneo de Castelo Btranco

Pista de hielo bajo el Centro de Arte Contemporáneo de Castelo Branco

Al tiempo que la plaza se reformaba, el Teatro Cine Avenida renacía de las cenizas en el año 2002 y marcaba la nueva vocación cultural de la ciudad con una programación de primera categoría. En Castelo Branco se puede visitar el museo Cargaleiro con sus tapices y sus pinturas. El Tavares Proença Junior muestra bordados y arqueología. Las salas de Correos y de Nora (en el Teatro Cine) acogen exposiciones temporales. Y la guinda suprema, que ha coronado tres lustros de proyectos, es el Centro de Cultura Contemporánea de Castelo Branco, el CCCCB, cuyas iniciales son un lío al confundirse con el CCCB de Barcelona y el CCB de Belem en Lisboa.

El CCCB de Castelo Branco

El CCCCB de Castelo Branco

Hoy, la inmensa plaza de Castelo Branco está presidida por un edificio fascinante que parece que va a echar a volar. Es este CCCCB, este museo de arte contemporáneo levantado por el mismo arquitecto que triunfó con la plaza: Josep Lluís Mateo.

El edificio se ha hecho a la portuguesa: lento, pero seguro. Pasaron diez años desde que encargaron el proyecto a Mateo hasta que comenzaron las obras. Este contenedor de arte fascinante merece por sí solo una visita. Pero también la merece su contenido: la colección de arte hispanoamericano de José Berardo, que tiene también obras de su propiedad en Lisboa, en el Centro Cultural de Belem, y en Bombarral.

Rampa interior del CCCCB de Castelo Branco

Rampa interior del CCCCB de Castelo Branco

El CCCCB fue inaugurado el 13 de octubre del pasado año y desde entonces ha recibido más de 5.000 visitantes de taquilla. Cierra los lunes. El resto de la semana abre de 10 a 13 y de 14 a 18 horas. Bajo el edificio, hay una pista de patinaje sobre hielo. La entrada cuesta dos euros y cuenta con cafetería, tienda y un auditorio con capacidad para 275 personas y una acústica formidable, que fue concebido para que en él trabajara la pianista María João Pires antes de escapar del vecino Belgais al exilio cultural brasileño.

Arte latinoamericano en el CCCCB

Arte surrealista  latinoamericano en el CCCCB

Las obras expuestas en el CCCCB son una completa muestra del último arte latinoamericano. Están representados todos los países del área. Destacan las creaciones de los mejicanos Diego Rivera y Rufino Tamayo, del ecuatoriano Oswaldo Guayasamín o de la principal referencia del Modernismo uruguayo: Joaquín Torres García.

Esculturas y cuadros en el CCCB

Esculturas y cuadros en el CCCB

Paseando, ascendiendo por rampas que emocionan, admirando, salen al paso las obras del hiperrealista chileno Guillermo Muñoz o de otro hiperrealista interesante: Guillerme Muñoz Vera, retratista de la Casa Real española, cuyo cuadro “Semana Santa en Sevilla” atrapa la mirada de los visitantes españoles. Llaman la atención los contemporáneos brasileños: Adriana Varejão, Ernesto Neto, Vick Muniz o Walter Goldfarb. Culminan la colección las esculturas del colombiano Botero y un cuadro emocionante del surrealista chileno Roberto Matta.

Una de las salas de pintura del CCCCB

Una de las salas de pintura del CCCCB

Será la apuesta cultural de sus últimos alcaldes, Joaquín Morão y Luis Correia, será el empuje emprendedor de la ciudad, lo cierto es que Castelo Branco es la única población de la Beira que no ha perdido población en el último censo (39.000 habitantes, la ciudad y 56.000, el municipio). Desde octubre, es una visita cultural ineludible.

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Los marranos clandestinos de Belmonte

A media hora de la frontera, Belmonte, el pueblo más hebreo de Portugal. No hemos venido buscando juderías encantadoras ni montajes más o menos históricos para entretener al turista. Venimos buscando judíos de verdad, judíos descendientes de los que huyeron de Extremadura en 1492, judíos que conservan sus costumbres, su tienda kosher y su sinagoga.

Encrucijada céntrica en Belmonte

Encrucijada céntrica, en Belmonte

Estamos en Belmonte, a un paso de la frontera extremeña de Valverde del Fresno, donde vive la segunda comunidad judía de Portugal tras la de Lisboa. Son 140 hebreos que se reúnen en una sinagoga, levantada en el año 1996, y que han conservado su fe y sus ritos en la clandestinidad desde hace más de 500 años.

Belmonte es un pueblo muy agradable que cuenta con varios museos dedicados al aceite, al descubridor de Brasil, Álvares Cabral, que nació aquí, o al ecosistema del río Zezere. Cuenta con varios restaurantes populares donde sirven por 9 euros un contundente arroz de pato con postre y bebida incluidos y tiene una iglesia románica del XIII y una villa romana.

Pero lo más interesante es la historia de sus judíos clandestinos, descendientes de los extremeños del norte de la región expulsado en 1492 por los Reyes Católicos y perseguidos también por la Corona portuguesa a partir de 1496.

En la región de la Beira, donde está enclavado Belmonte, la Inquisición ajustició a 1.175 judíos entre ellos alguno con el apellido Cáceres, que denotaba su origen. Sus nombres aparecen inscritos en un panel en el Museo Judaico de Belmonte. Murieron quemados por no renegar de su fe. La mayoría, sin embargo, se hicieron cristianos, aunque mantuvieron sus creencias en la clandestinidad y por ello recibieron el apelativo insultante de marranos, aunque modernamente se les llama criptojudíos.

Dos jóvenes contemplan un panel del Museo Judaico de Belmonte

Dos jóvenes contemplan un panel del Museo Judaico de Belmonte

La Inquisición los persiguió por todo Portugal. Pero no llegó a Belmonte por ser un pueblo alejado de casi todo y porque sus judíos eran humildes y no merecía la pena el esfuerzo para después apropiarse de tan pocos bienes.

Regina Pinto, responsable del Museo Judaico de Belmonte, explica que las familias hebreas del pueblo iban a misa, se casaban entre ellos por el rito católico y llevaban una vida semejante a la de los cristianos. Pero en los domicilios, las madres guardaban las tradiciones y al llegar a casa, todo cambiaba.

En la noche del viernes encendían una vela y cerraban ventanas y cortinas. Tras casarse en la iglesia, se casaban en sus casas por el rito judío. Muchos habitantes de Belmonte se definen como judíos de religión cristiana y no aciertan a entender por qué aún hoy, cada viernes, encienden velas y cierran las contraventanas de sus casas.

El caso de los judíos clandestinos de Belmonte estuvo escondido hasta que, en 1917, un ingeniero de minas judío y polaco llamado Samuel Schwartz descubrió las extrañas costumbres de los habitantes de este pueblo, investigó y descubrió que eran descendientes de criptojudíos extremeños y portugueses perseguidos por la primera Inquisición. Publicó un libro, “New Christians in Portugal in the 20th Century” que dio a conocer este singular caso al mundo entero.

Estrella de David con objetos hebreos en el Museo Judaico de Belmonte

Estrella de David con objetos hebreos, en el Museo Judaico de Belmonte

La comunidad judía de Londres, tras conocer el libro de Schwartz, envió un comisionado llamado Lucien Wolf para que llevara al judaísmo normativo a los criptojudíos de Belmonte, pero no lo consiguió. Ellos se sienten a veces judíos y a veces cristianos. Se saben diferentes. los curas de Belmonte los ven como unos judíos muy raros que a la vez son feligreses cristianos.

Funcionarios estatales de Israel han venido a verlos para promover en Belmonte la enseñanza judía e incluso animarlos a emigrar a Israel, pero se han negado. Prefieren seguir siendo lo que son: medio extremeños, medio portugueses, medio judíos, medio cristianos, gentes de frontera, habitantes de La Raya, un país que nunca se acaba.