El caballo de la Raya

Un portugués es un español que soporta mejor las desgracias y es capaz de resistir lo que le echen. El arma secreta de los portugueses para resistir es la resignación y el orgullo callado. Por lo tanto, un portugués es un español resignado, pero orgulloso. O sea, un extremeño… o un gallego.

Portugueses, extremeños y gallegos compartimos otra cualidad: la valentía en situaciones extremas. No presumimos ni somos valentones de boquilla, pero si el ambiente se torna hostil y extremo, reaccionamos con la valentía de quienes no tienen nada que perder y podemos conquistar Brasil, Méjico o Perú y aclimatarnos en Luxemburgo, en Dusseldorf, en Vitoria o en Australia sin haber salido nunca antes de Belmonte, Medellín o Viana do Bolo y sin saber inglés, vasco ni alemán.

Los portugueses, los gallegos y los extremeños estamos soportando mejor la crisis que el resto de los habitantes de la Península Ibérica. La razón podemos encontrarla en el título de un libro de Alegría Pereira: “¿Quién ganará la batalla, el yo de antes o el yo depresivo?”. En el resto de España, el yo de antes era optimista y sufre con la carestía. En Extremadura, en Galicia y en Portugal, el yo de antes ya era depresivo o, cuanto menos, resistente y no se da tanta batalla.

En Portugal, hay un caballo muy admirado, es el alter real, una raza ibérica que también se cría en algunas yeguadas de Extremadura. El alter real tiene un paso alto y una gran flexión de rodillas. Su poderoso corvejón le facilita los movimientos. Posee una grupa redondeada, un cuello arqueado, musculoso, corto y erguido y es el caballo más valiente enfrentándose al toro y el preferido por los rejoneadores.

En realidad, el caballo alter real es un trasunto de los extremeños, los gallegos y los portugueses: recio, resignado, valeroso si lo colocan ante el peligro y orgulloso solo si es preciso. Y desciende, en fin, de los famosos caballos lusitanos de las orillas del Tajo, que según las leyendas griegas, eran hijos del viento.

La alter real es una raza ibérica creada en 1748 por la casa real de Braganza, tras comprar 300 yeguas españolas. Su razón de ser era tirar de los carruajes de la Corte: un caballo resistente y resignado que, cuando se vio en el aprieto de enfrentarse a un toro en una plaza, sacó la valentía y el orgullo que llevaba dentro… Como un buen extremeño, como un buen gallego, como un buen portugués…

El año 1967, se recuperó oficialmente para esta raza el nombre de caballo lusitano. Bastante antes, en 1756, la yeguada real se había instalado en Alter do Chão, a un paso de la frontera española. En su coudelaria se crían y cuidan los mejores ejemplares de caballos lusitanos y del nombre del pueblo le viene también el nombre originario a la raza: alter real.

Veleta equina de la Coudelaria de Alter do Chão

Veleta equina de la Coudelaria de Alter do Chão

Lo sucedido con este caballo híbrido es muy significativo. Cuando en 1834 abdica el rey Miguel I, se clausura la yeguada de Alter do Chão. Años después, intenta revitalizarse mezclando la sangre lusitana del caballo con aportaciones de caballos hannoverianos, normandos, pura sangre ingleses y puros árabes. Todos esos intentos fracasaron y la raza no despegó de nuevo hasta que no llegaron aportaciones de caballos españoles.

Al desaparecer la monarquía portuguesa, la yeguada corrió serio peligro, pero la salvó Ruy d’Andrade, gran autoridad ecuestre portuguesa, que fue capaz de mantener la coudelaria de Alter do Chão. En 1932, la coudelaria pasó al Ministerio de Agricultura y hoy, tras una inversión de 20 millones de euros, es un emporio equino de visita obligada para los amantes de los caballos y para los interesados en conocer esta metáfora ecuestre del carácter rayano.

A la coudelaria se llega desde Badajoz o desde Valencia de Alcántara a través de la carretera N-245, que une Alpalhão con Estremoz. Se realizan visitas guiadas por las mañanas de 10.30 a 15.30, hora portuguesa, se puede montar a caballo en sus instalaciones y cuenta con un museo y con un agradable hospedaje rural dentro del recinto.

Pero lo verdaderamente interesante es acercarse a Alter do Chão para entender la Raya a lomos de un caballo lusitano, resignado en reposo y valiente en peligro, muy extremeño, muy gallego y muy portugués.

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Los marranos clandestinos de Belmonte

A media hora de la frontera, Belmonte, el pueblo más hebreo de Portugal. No hemos venido buscando juderías encantadoras ni montajes más o menos históricos para entretener al turista. Venimos buscando judíos de verdad, judíos descendientes de los que huyeron de Extremadura en 1492, judíos que conservan sus costumbres, su tienda kosher y su sinagoga.

Encrucijada céntrica en Belmonte

Encrucijada céntrica, en Belmonte

Estamos en Belmonte, a un paso de la frontera extremeña de Valverde del Fresno, donde vive la segunda comunidad judía de Portugal tras la de Lisboa. Son 140 hebreos que se reúnen en una sinagoga, levantada en el año 1996, y que han conservado su fe y sus ritos en la clandestinidad desde hace más de 500 años.

Belmonte es un pueblo muy agradable que cuenta con varios museos dedicados al aceite, al descubridor de Brasil, Álvares Cabral, que nació aquí, o al ecosistema del río Zezere. Cuenta con varios restaurantes populares donde sirven por 9 euros un contundente arroz de pato con postre y bebida incluidos y tiene una iglesia románica del XIII y una villa romana.

Pero lo más interesante es la historia de sus judíos clandestinos, descendientes de los extremeños del norte de la región expulsado en 1492 por los Reyes Católicos y perseguidos también por la Corona portuguesa a partir de 1496.

En la región de la Beira, donde está enclavado Belmonte, la Inquisición ajustició a 1.175 judíos entre ellos alguno con el apellido Cáceres, que denotaba su origen. Sus nombres aparecen inscritos en un panel en el Museo Judaico de Belmonte. Murieron quemados por no renegar de su fe. La mayoría, sin embargo, se hicieron cristianos, aunque mantuvieron sus creencias en la clandestinidad y por ello recibieron el apelativo insultante de marranos, aunque modernamente se les llama criptojudíos.

Dos jóvenes contemplan un panel del Museo Judaico de Belmonte

Dos jóvenes contemplan un panel del Museo Judaico de Belmonte

La Inquisición los persiguió por todo Portugal. Pero no llegó a Belmonte por ser un pueblo alejado de casi todo y porque sus judíos eran humildes y no merecía la pena el esfuerzo para después apropiarse de tan pocos bienes.

Regina Pinto, responsable del Museo Judaico de Belmonte, explica que las familias hebreas del pueblo iban a misa, se casaban entre ellos por el rito católico y llevaban una vida semejante a la de los cristianos. Pero en los domicilios, las madres guardaban las tradiciones y al llegar a casa, todo cambiaba.

En la noche del viernes encendían una vela y cerraban ventanas y cortinas. Tras casarse en la iglesia, se casaban en sus casas por el rito judío. Muchos habitantes de Belmonte se definen como judíos de religión cristiana y no aciertan a entender por qué aún hoy, cada viernes, encienden velas y cierran las contraventanas de sus casas.

El caso de los judíos clandestinos de Belmonte estuvo escondido hasta que, en 1917, un ingeniero de minas judío y polaco llamado Samuel Schwartz descubrió las extrañas costumbres de los habitantes de este pueblo, investigó y descubrió que eran descendientes de criptojudíos extremeños y portugueses perseguidos por la primera Inquisición. Publicó un libro, “New Christians in Portugal in the 20th Century” que dio a conocer este singular caso al mundo entero.

Estrella de David con objetos hebreos en el Museo Judaico de Belmonte

Estrella de David con objetos hebreos, en el Museo Judaico de Belmonte

La comunidad judía de Londres, tras conocer el libro de Schwartz, envió un comisionado llamado Lucien Wolf para que llevara al judaísmo normativo a los criptojudíos de Belmonte, pero no lo consiguió. Ellos se sienten a veces judíos y a veces cristianos. Se saben diferentes. los curas de Belmonte los ven como unos judíos muy raros que a la vez son feligreses cristianos.

Funcionarios estatales de Israel han venido a verlos para promover en Belmonte la enseñanza judía e incluso animarlos a emigrar a Israel, pero se han negado. Prefieren seguir siendo lo que son: medio extremeños, medio portugueses, medio judíos, medio cristianos, gentes de frontera, habitantes de La Raya, un país que nunca se acaba.