“Amo-te como uma louca”

Hoy, nos hemos venido hasta Beja, una de las capitales del Alentejo, para contarles una historia de pasión loca y prohibida, un enamoramiento imposible entre una monja y un militar.

El mentidero de Beja, donde pasa casi todo, está cerca de la Pousada. Alrededor de la cafetería Luis da Rocha, fundada en 1893 y famosa por sus cerditos de chocolate, están las tiendas, las pastelerías y muchos hombres maduros y estáticos contemplando el devenir… Y ya se sabe que el epicentro de cualquier localidad portuguesa es esa plaza, esa calle o esa esquina donde se colocan los hombres maduros a verlas venir.

Museo de Beja

Una plaza de Beja

A un paso de aquí, está el moderno Núcleo Museológico de Beja, donde se explica la historia de la ciudad, el teatro local, el museo Jorge Vieira, escultor de renombre fallecido en 1998, que vivió mucho tiempo tiempo en Estremoz, y el Museo Regional, donde se sitúa la historia de amor que hoy nos inspira.

Calle típica de Beja

Calle típica de Beja

Beja tiene 36.000 habitantes. La ciudad se yergue sobre un promontorio de 280 metros de altitud que no merece ni llamarse colina, pero que basta para presidir la llanura y atrae desde antiguo a todo el que pasa por aquí. La fundaron los celtas hacia el 400 antes de Cristo y en ella estuvieron los cartagineses. En Conistorgis (así la llamaron los celtas conios), se firmó la paz entre Julio César y los lusitanos. Por esta razón, recibió el nombre de Pax Julia. Con Augusto, fue capital de una de las tres divisiones de la Lusitania romana, las otras eran Mérida y Santarem.

En su escudo hay un castillo y un toro. La fortaleza se ve en cuanto te acercas a la ciudad. La levantaron los árabes y fue reconstruida en 1253 por los cristianos. Se pueden recorrer sus murallas y subir los 200 escalones en forma de caracol que llevan hasta su torre del homenaje, uno de los mejores miradores del Alentejo.

Sentado al sol en una plaza de Beja

Sentado al sol en una plaza de Beja

En cuanto al toro heráldico, tiene un origen legendario y un tanto cruel: homenajea a un pobre ternero envenenado, que los bejenses soltaron por los campos que habitaba una serpiente asesina que atemorizaba al pueblo. El reptil se zampó el bóvido y murió, salvándose así la población de la malvada serpiente.

Pero la historia más emocionante de la capital más calurosa de Portugal es la de su monjita enamorada. Se llamaba Mariana Alcoforado y vivió entre 1640 y 1723. Era una mujer bella y apasionada, coinciden los guías, que se enamoró del famoso conde o marqués de Chantilly o Chamilly, en ese punto no se ponen de acuerdo las crónicas ni los guías. El noble con nombre de nata merengada llegó a Beja en 1661  para defender la ciudad del ataque de las tropas españolas (los malos, ya saben). Conoció a Mariana y se enamoraron.

Moderno Núcleo Museológico de Beja

Moderno Núcleo Museológico de Beja

Se conserva la ventana del convento donde, según la leyenda, pelaban la pava la sor y el marqués. De hecho es lo más fotografiado de Beja. El caso es que la historia acaba regular. El marqués tuvo que regresar a su país y el amor tomó forma de erotismo epistolar: cinco cartas apasionadas de Mariana que fueron publicadas en vida de la Alcoforado. Se titularon “Cartas de amor de una monja portuguesa” y se han convertido en un clásico de la literatura universal.

Para recordar esta historia de perdición, nada mejor que cenar en la casa donde nació la monja, que hoy es el restaurante Alcoforado. Allí, comiendo unas ‘febras’ de ‘porco’ con gambas, bajo esta frase de una de las cartas escrita en la pared: “Amo-te como uma louca”, se puede evocar un amor imposible, el único que nunca se acaba.

Detalle de una calle bejense

Detalle de una calle bejense

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La Cristoteca de Aveiro

Cuando empezaba a ser adolescente, había un cura en Cáceres que organizaba guateques. Eran tiempos de confusión: por un lado, la caverna tronando contra los bailes por considerarlos un pecado nefando; por otro, don José Polo montando guateques.

Imagen de un canal en Aveiro

Imagen de un canal en Aveiro

Don José Polo era mi cura oficial, regentaba mi parroquia, la de San Pedro de Alcántara, donde hice la Primera Comunión, y organizaba actividades tan curiosas como la Cruzada de la Bondad, que consistía en grupos organizados de preadolescentes que asistíamos a charlas y realizábamos buenas acciones. Aquel movimiento culminó con una suelta de globos con helio. De cada uno colgaba un mensaje que llegaría a un chinito o a un negrito, lo cual nos parecía portentoso pues la mayoría de aquellos cruzados bondadosos jamás habíamos visto un negrito ni mucho menos un chinito.

Don José Polo era un cura polémico, que son los curas que gustan en provincias y los que verdaderamente movilizan a los feligreses. En eso tengo suerte: siempre me tocan parroquias modernas con curas poco comunes. Mi párroco de ahora se llama Tino y pone de los nervios al beaterío prudente cuando arremete contra el boato de las comuniones y las procesiones. A cambio, encandila a los jóvenes, a los inmigrantes y a los cristianos comprometidos, que acuden los fines de semana a mi parroquia desde los barrios más alejados.

Pero a lo que iba, que decía yo que don José Polo era un cura tan moderno que no se le ocurrió otra cosa, allá por el año 1970, que organizar guateques en los locales parroquiales de la calle Reyes Huertas, esquina Bella Vista. Yo tenía 12 años y pasaba de bailar y de ligar, pero mis padres me obligaban a ir a aquellos guateques parroquiales como si fueran la misa dominical. Y claro, mi reacción fue la lógica: le cogí manía a los bailes, renegué para siempre de los guateques y me convertí en un inadaptado de discoteca: en cuanto se hace la oscuridad, hay destellos y suena música, me amuermo sin remedio. De hecho, lo que más miedo me da de la Navidad no es el amigo invisible ni las cenas de empresa, sino que, lo quiera o no, nadie me librará de pasar un par de noches por el suplicio discotequero.

Aveiro es conocida como la Venecia portuguesa

Aveiro es conocida como la Venecia portuguesa

Para acabar con el botellón y las fiestas sin tasa, lo mejor es institucionalizarlas. Obligar a los hijos preadolescentes a acudir a guateques oficiales asegura que, cuando menos, serán unos tibios a la hora de divertirse bebiendo en grupo.

El problema es que, en Extremadura, desde que se fue don José Polo, se acabaron los santos saraos y hay que viajar a Portugal para encontrar festejos como Dios manda. No hace mucho, descubrí la existencia de una Cristoteca en la ciudad portuguesa de Aveiro, que ya saben que queda un poquito más abajo de Oporto, junto al mar, en una ría. La organiza la propia diócesis y el nombre, aunque parezca irreverente, se lo ha dado el obispo, Francisco dos Santos, para quien “organizar la Cristoteca es anunciar desde la vigilia de la noche la certeza de las mañanas de resurrección”.

Si es así, no hay problema: a resucitar a Aveiro tras una vigilia en la que actúa primero el grupo de rock One Time, viene después una sesión de karaoke y se anuncia la certeza de la mañana con el llamado God’s Party animado por DJ’s.

Barcas típicas navegando por los canales de Aveiro

Barcas típicas navegando por los canales de Aveiro

En tiempos de Juan Pablo II, fueron famosos los Cristo Drink, que organizaban en Fátima grupos de cristianos brasileños. Pero en los Cristo Drink había mucha danza y cero alcohol, mientras que en la Cristoteca de Aveiro se sirven bebidas alcohólicas y se anuncia que los asistentes recibirán, con cada vaso de cerveza, una frase alegre, positiva y optimista.

Si hubiera más guateques de instituto con los profes vigilando, más Cristotecas y más Cristo Drink, todos ellos obligatorios, seguro que, por reacción, acabábamos con el botellón.

Mértola, puerto del reino de Badajoz

Mértola es un villa museo, pero a mis compañeros de bar no les debe de importar demasiado. Mientras escribo, justo encima del Guadiana, ellos beben Sagres helada y aventuran el resultado del Sporting-Oporto de la Copa de la Liga, que va a disputarse por la noche. Es la hora de la siesta en este balcón sobre el río y en esta ciudad, una de las más bellas de Portugal. Estoy en el café del mercado de abastos, cuya singularidad es que su terraza para fumadores pende sobre un paraje fluvial espectacular protagonizado por un Guadiana plenamente portugués: en este tramo, después de Cheles, el río se aparta del territorio español para retomarlo unos kilómetros más abajo, cuando busque, ya definitivamente, el mar en Ayamonte.

El río Guadiana a su paso por la ciudad de Mértola

El río Guadiana a su paso por la ciudad de Mértola

Mértola es un pueblo bellísimo, de los que te obligan a detener el coche, contemplar el panorama y soltar adjetivos del tipo increíble y alucinante o lanzar exclamaciones adolescentes como qué pasada, qué flipe y cómo mola. Hay que reconocerlo, Mértola es una pasada que mola. Aunque para alucinar en colores, hay que llegar desde el sur del río: la sorpresa será increíble de verdad cuando descubramos esta villa de 8.000 habitantes descendiendo, parsimoniosa y elegante, desde la torre del homenaje de su castillo, levantada en 1292, hacia el Guadiana, que discurre, ya sin embalses ni obstáculos, por su lecho natural, bien hundido y espectacularmente encajonado.

Alucinar ante Mértola no es nada raro: lo vienen haciendo todas las civilizaciones. Un espacio museístico de excavaciones permite conocer vestigios romanos, árabes, cristiano-medievales… Se puede visitar una iglesia que fue mezquita en el siglo XII y ha conservado los arcos y la traza musulmana. El visitante puede conocer el taller de tejidos, la torre romana del río, una basílica paleocristiana, el museo de la villa… Pero más allá de esas visitas, lo que no se olvida es el deambular demorado por sus calles blancas, que giran de pronto y te dejan ante un mirador inesperado que parece volar sobre el Guadiana.

Calle de Mértola descendiendo hacia el río

Calle de Mértola descendiendo hacia el río

En ese río y en este lugar, hicieron los fenicios un puerto y con los árabes, las naves partían desde aquí, Guadiana abajo, hasta los puertos del norte de África. Tras ser reconquistada la ciudad por Sancho II de Portugal en 1238, el puerto perdió importancia para recobrarla con la aventura portuguesa en el norte de África a partir del siglo XV.

Cae la tarde sobre esta terraza mirador del Café del Mercado. Se apagan las voces de los futboleros, que se marchan a jalear al Sporting. No soy capaz de apartar la vista del río. Es un Guadiana extraño para mí y para la mayoría de los extremeños, que lo conocemos expandido, ancho, ya sea en embalses de la Serena, ya sea cruzando nuestras vegas o nuestras ciudades. Aquí es distinto, parece más salvaje, menos domado, como si fuera un un río de verdad, de los que se sublevan contra los designios de las confederaciones y los ingenieros. Recuerda un poco al Duero en Peso de Regua, con el agua abajo y la tierra dispuesta en peldaños: viñedos ascendentes de bancal en bancal.

Anochece en las calles de Mértola

Anochece en las calles de Mértola

Mértola queda a 50 kilómetros al sur de Beja y no es excursión de un día si se quiere disfrutar despacio. Es Alentejo extremo, transición hacia el Algarve, pero perteneció a la Extremadura histórica, a aquel país casi mítico que primero se llamó Lusitania y luego,  emirato de Batalyaws. También fue taifa independiente y sede de la Orden de Santiago en Portugal.

En su tiempo, era una de las ciudades más bellas administradas por la Mérida romana, por la Mérida visigoda y por la Badajoz musulmana. Por eso es algo nuestra y uno no se siente extraño cuando la recorre. Ya no tiene puerto, ni es reino taifa ni sede de la Orden de Santiago y ha perdido 18.000 habitantes desde 1930, pero los arqueólogos la han convertido en una villa museo donde los futboleros beben cerveza y los extremeños recordamos los tiempos gloriosos en que éramos reino independiente con puerto y todo.

Café Guadiana, en la plaza principal de Mértola

Café Guadiana, en la plaza principal de Mértola