Extretejo, el país maltratado

San Cucufate es una villa agraria romana que se conserva junto al pueblo alentejano de Vidigueira. Se distinguen aún sus graneros, sus bodegas y sus lagares del siglo I, cuando el Alentejo abastecía de aceite, vino y trigo a Roma desde el puerto de Setúbal. En realidad, el Alentejo ha sido la gran despensa de Portugal a lo largo de la historia. En ese punto, es una región emparentada con Extremadura.

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San Cucufate, villa romana situada en el Alentejo, cercana al pueblo de Vidigueira

Más al sur, Serpa, un municipio de 16.000 habitantes emplazado junto al Guadiana, en la calzada de Sevilla a Lisboa por Beja. Como cualquier pueblo extremeño o alentejano, en 1960, Serpa tenía el doble de habitantes: 32.000. También allí la emigración acabó con la buena salud demográfica.

Plaza principal de la localidad alentejana de Serpa

Plaza principal de la localidad alentejana de Serpa

En el siglo XVI, cuando la política y la economía del reino de Castilla pasaban por Extremadura, el Alentejo portugués concentraba el mayor número de centros urbanos del reino de Portugal. Su actividad agrícola, artesanal e industrial, sobre todo en el sector textil, era tan importante que el Alentejo contribuía con el 27% de los impuestos del Estado portugués. En ese tiempo, Serpa era una villa muy importante por su agricultura, su ganadería, su artesanía y su comercio. Hoy, destaca por sus monumentos, sus pensionistas y sus servicios.

Calle típica de  Serpa, con restos de su muralla.

Calle típica de Serpa, con restos de su muralla.

En “Historia económica de Portugal”, un tratado escrito por tres profesores universitarios lisboetas, los mapas permiten entender la fuerza económica y demográfica alentejana hasta las guerras de Restauración (1640-68) y de Sucesión(1703-13) contra España y napoleónicas (1801-1814) contra Francia.

Si comparamos, es lo mismo que sucedió en Extremadura, donde estas contiendas también hipotecaron de raíz el futuro de la región: las guerras se declaraban en Madrid, París, Londres o Lisboa, pero el campo de batalla estaba siempre en Extremadura y el Alentejo.

Esta calle de Serpa fue elegida la más bella de Portugal

Esta calle de Serpa fue elegida la más blanca de Portugal en 1987

Un dato para entender la situación demográfica: al empezar estas guerras, entre 1640 y 1649, hubo en la iglesia Matriz de Olivenza (Santa María del Castillo) 1.157 bautismos. Avanzada las guerras, entre 1660 y 1669, solo se bautizaron 286 niños. La puntilla la dieron las desamortizaciones del siglo XIX en Extremadura y en el Alentejo.

En la región de Évora, el 50% de la propiedad estaba en manos de la nobleza y el 38%, en manos eclesiásticas. La nobleza fue la gran beneficiada de la desamortización, como en Extremadura, y, también como aquí, eran terratenientes absentistas que vivían en Lisboa. El escritor portugués Nemesio Vitorino apunta que el Alentejo no era una provincia, sino una heredad, una gran finca que mandaba a Lisboa a su población aristocrática.

La llanura alentejana vista desde las inmediaciones de Viana do Alentejo

La llanura alentejana vista desde las inmediaciones de Viana do Alentejo

Con estos agravios, una región con burguesía ávida de poder habría organizado un movimiento nacionalista reivindicativo. Pero en el Alentejo ni tan siquiera son autonomistas. No cuentan con un relato regional.

Portugal, en general, es un país que llora lo que pudo haber sido y achaca su impotencia más a razones míticas que económicas. Hace unas semanas, en la librería Bertrand de Castelo Branco, los libros de historia más vendidos eran: “Portugal en la historia y en el mundo”, “Héroes en la historia de Portugal”, “Los reyes de la Reconquista portuguesa”, “Heroínas portuguesas”, “Un imperio a la deriva”, “El imperio colonial cuestionado” e historias de reyes, de reinas, de naufragios y de Viriato.

Interesante publicación sobre la "Historia económica de Portugal"

Interesante publicación sobre la “Historia económica de Portugal”

Se quejan en el Alentejo de que los fondos comunitarios, sin gobiernos autonómicos que los administren, solo han servido para financiar una vacía autovía de peaje entre Lisboa y la frontera por donde únicamente circulan grandes berlinas. Se lamentan de que la región se esté convirtiendo en un gran parque temático y turístico donde los extranjeros compran casas y tierras sin parar.

Extremadura y Alentejo, tan semejantes. Extretejo, la frontera más pobre de la antigua Unión Europea, una región con identidad propia que solo prosperó cuando estuvo unida: la Lusitania romana, el reino taifa de Badajoz o con Felipe II. Un país maltratado y resignado que quiere escribir su relato.

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“Amo-te como uma louca”

Hoy, nos hemos venido hasta Beja, una de las capitales del Alentejo, para contarles una historia de pasión loca y prohibida, un enamoramiento imposible entre una monja y un militar.

El mentidero de Beja, donde pasa casi todo, está cerca de la Pousada. Alrededor de la cafetería Luis da Rocha, fundada en 1893 y famosa por sus cerditos de chocolate, están las tiendas, las pastelerías y muchos hombres maduros y estáticos contemplando el devenir… Y ya se sabe que el epicentro de cualquier localidad portuguesa es esa plaza, esa calle o esa esquina donde se colocan los hombres maduros a verlas venir.

Museo de Beja

Una plaza de Beja

A un paso de aquí, está el moderno Núcleo Museológico de Beja, donde se explica la historia de la ciudad, el teatro local, el museo Jorge Vieira, escultor de renombre fallecido en 1998, que vivió mucho tiempo tiempo en Estremoz, y el Museo Regional, donde se sitúa la historia de amor que hoy nos inspira.

Calle típica de Beja

Calle típica de Beja

Beja tiene 36.000 habitantes. La ciudad se yergue sobre un promontorio de 280 metros de altitud que no merece ni llamarse colina, pero que basta para presidir la llanura y atrae desde antiguo a todo el que pasa por aquí. La fundaron los celtas hacia el 400 antes de Cristo y en ella estuvieron los cartagineses. En Conistorgis (así la llamaron los celtas conios), se firmó la paz entre Julio César y los lusitanos. Por esta razón, recibió el nombre de Pax Julia. Con Augusto, fue capital de una de las tres divisiones de la Lusitania romana, las otras eran Mérida y Santarem.

En su escudo hay un castillo y un toro. La fortaleza se ve en cuanto te acercas a la ciudad. La levantaron los árabes y fue reconstruida en 1253 por los cristianos. Se pueden recorrer sus murallas y subir los 200 escalones en forma de caracol que llevan hasta su torre del homenaje, uno de los mejores miradores del Alentejo.

Sentado al sol en una plaza de Beja

Sentado al sol en una plaza de Beja

En cuanto al toro heráldico, tiene un origen legendario y un tanto cruel: homenajea a un pobre ternero envenenado, que los bejenses soltaron por los campos que habitaba una serpiente asesina que atemorizaba al pueblo. El reptil se zampó el bóvido y murió, salvándose así la población de la malvada serpiente.

Pero la historia más emocionante de la capital más calurosa de Portugal es la de su monjita enamorada. Se llamaba Mariana Alcoforado y vivió entre 1640 y 1723. Era una mujer bella y apasionada, coinciden los guías, que se enamoró del famoso conde o marqués de Chantilly o Chamilly, en ese punto no se ponen de acuerdo las crónicas ni los guías. El noble con nombre de nata merengada llegó a Beja en 1661  para defender la ciudad del ataque de las tropas españolas (los malos, ya saben). Conoció a Mariana y se enamoraron.

Moderno Núcleo Museológico de Beja

Moderno Núcleo Museológico de Beja

Se conserva la ventana del convento donde, según la leyenda, pelaban la pava la sor y el marqués. De hecho es lo más fotografiado de Beja. El caso es que la historia acaba regular. El marqués tuvo que regresar a su país y el amor tomó forma de erotismo epistolar: cinco cartas apasionadas de Mariana que fueron publicadas en vida de la Alcoforado. Se titularon “Cartas de amor de una monja portuguesa” y se han convertido en un clásico de la literatura universal.

Para recordar esta historia de perdición, nada mejor que cenar en la casa donde nació la monja, que hoy es el restaurante Alcoforado. Allí, comiendo unas ‘febras’ de ‘porco’ con gambas, bajo esta frase de una de las cartas escrita en la pared: “Amo-te como uma louca”, se puede evocar un amor imposible, el único que nunca se acaba.

Detalle de una calle bejense

Detalle de una calle bejense

Mértola, puerto del reino de Badajoz

Mértola es un villa museo, pero a mis compañeros de bar no les debe de importar demasiado. Mientras escribo, justo encima del Guadiana, ellos beben Sagres helada y aventuran el resultado del Sporting-Oporto de la Copa de la Liga, que va a disputarse por la noche. Es la hora de la siesta en este balcón sobre el río y en esta ciudad, una de las más bellas de Portugal. Estoy en el café del mercado de abastos, cuya singularidad es que su terraza para fumadores pende sobre un paraje fluvial espectacular protagonizado por un Guadiana plenamente portugués: en este tramo, después de Cheles, el río se aparta del territorio español para retomarlo unos kilómetros más abajo, cuando busque, ya definitivamente, el mar en Ayamonte.

El río Guadiana a su paso por la ciudad de Mértola

El río Guadiana a su paso por la ciudad de Mértola

Mértola es un pueblo bellísimo, de los que te obligan a detener el coche, contemplar el panorama y soltar adjetivos del tipo increíble y alucinante o lanzar exclamaciones adolescentes como qué pasada, qué flipe y cómo mola. Hay que reconocerlo, Mértola es una pasada que mola. Aunque para alucinar en colores, hay que llegar desde el sur del río: la sorpresa será increíble de verdad cuando descubramos esta villa de 8.000 habitantes descendiendo, parsimoniosa y elegante, desde la torre del homenaje de su castillo, levantada en 1292, hacia el Guadiana, que discurre, ya sin embalses ni obstáculos, por su lecho natural, bien hundido y espectacularmente encajonado.

Alucinar ante Mértola no es nada raro: lo vienen haciendo todas las civilizaciones. Un espacio museístico de excavaciones permite conocer vestigios romanos, árabes, cristiano-medievales… Se puede visitar una iglesia que fue mezquita en el siglo XII y ha conservado los arcos y la traza musulmana. El visitante puede conocer el taller de tejidos, la torre romana del río, una basílica paleocristiana, el museo de la villa… Pero más allá de esas visitas, lo que no se olvida es el deambular demorado por sus calles blancas, que giran de pronto y te dejan ante un mirador inesperado que parece volar sobre el Guadiana.

Calle de Mértola descendiendo hacia el río

Calle de Mértola descendiendo hacia el río

En ese río y en este lugar, hicieron los fenicios un puerto y con los árabes, las naves partían desde aquí, Guadiana abajo, hasta los puertos del norte de África. Tras ser reconquistada la ciudad por Sancho II de Portugal en 1238, el puerto perdió importancia para recobrarla con la aventura portuguesa en el norte de África a partir del siglo XV.

Cae la tarde sobre esta terraza mirador del Café del Mercado. Se apagan las voces de los futboleros, que se marchan a jalear al Sporting. No soy capaz de apartar la vista del río. Es un Guadiana extraño para mí y para la mayoría de los extremeños, que lo conocemos expandido, ancho, ya sea en embalses de la Serena, ya sea cruzando nuestras vegas o nuestras ciudades. Aquí es distinto, parece más salvaje, menos domado, como si fuera un un río de verdad, de los que se sublevan contra los designios de las confederaciones y los ingenieros. Recuerda un poco al Duero en Peso de Regua, con el agua abajo y la tierra dispuesta en peldaños: viñedos ascendentes de bancal en bancal.

Anochece en las calles de Mértola

Anochece en las calles de Mértola

Mértola queda a 50 kilómetros al sur de Beja y no es excursión de un día si se quiere disfrutar despacio. Es Alentejo extremo, transición hacia el Algarve, pero perteneció a la Extremadura histórica, a aquel país casi mítico que primero se llamó Lusitania y luego,  emirato de Batalyaws. También fue taifa independiente y sede de la Orden de Santiago en Portugal.

En su tiempo, era una de las ciudades más bellas administradas por la Mérida romana, por la Mérida visigoda y por la Badajoz musulmana. Por eso es algo nuestra y uno no se siente extraño cuando la recorre. Ya no tiene puerto, ni es reino taifa ni sede de la Orden de Santiago y ha perdido 18.000 habitantes desde 1930, pero los arqueólogos la han convertido en una villa museo donde los futboleros beben cerveza y los extremeños recordamos los tiempos gloriosos en que éramos reino independiente con puerto y todo.

Café Guadiana, en la plaza principal de Mértola

Café Guadiana, en la plaza principal de Mértola

Un país sin baguetes

Me gusta Portugal porque no hay baguetes. Un pueblo sin pan congelado es un pueblo civilizado. Portugal es un país de tamaño menor que, como todos los bajitos, compensa su estatura con chulería. Si los españoles apostamos como marca por la diferencia, “Spain is different”, ellos juegan a la grandeza: “Portugal nâo e un país pequeno”. Quien quiera vender en Portugal, debe jugar también a lo grande, sea una tónica: “Schweppes a melhor tónica do mundo”, sea un bizcocho: omellorbolodechocolatedomundobycbl.com.
Los extremeños, salvo los que viven en la misma frontera, miramos a Portugal un poco de lado, con cierta superioridad. Craso error: no se puede despreciar un país que tiene retretes públicos limpios y surtidos en cada aldea, que sabe conservar la arquitectura autóctona, que no come baguetes.

Retretes públicos, en Penha García

Retretes públicos, en Penha García

En Galicia sucedía algo parecido. Pero han aprendido la lección. En el estadio de Riazor, durante los Deportivo-Celta, los Riazor Blues siempre acababan cantando aquello de que de una puta y un portugués nació el primer vigués. Y en un estudio realizado por la Universidad de Vigo, se refería cómo los niños gallegos preguntaban a sus madres si los portugueses eran negros. Hoy, Galicia y Portugal están volcados mutuamente y les va bien. Solo en A Coruña se mantienen esas suspicacias sobre lo luso que aún se manifiestan en Extremadura.
Cuando voy a Portugal, me gusta alojarme en hoteles baratos de estación. Para recorrer el centro, lo mejor es dormir en el hotel Gabeiro de Entroncamento. Desde allí, parte la bella línea del Tajo, que llega hasta Vila Velha de Rodâo siempre a la orillita del río, Lisboa queda a un rato y llegas a Tomar en lo que tardas en leer O Correio da Manhá, un periódico de pocas letras y muchos santos. Para un extremeño, Entroncamento tiene el añadido sentimental de poder dar una vuelta por la estación tras la cena para ver pasar el Lusitania, el último tren que unía Extremadura con Portugal.

Puente Luis I, en Oporto

Puente Luis I, en Oporto

Pero donde de verdad disfruto es en el hotel ferroviario Poveiro de Oporto. Lisboa quizás sea más imponente, pero la ciudad portuguesa que más me gusta es Oporto, sin duda. Y qué mejor centro de operaciones que el Poveiro, un hotel digno, con habitaciones a 40 euros, donde Maria do Ceo, la dueña, sirve los desayunos y te cuenta historias que te obligan a sacar la libreta y apuntarlo todo. Maria do Ceo debe de tener 60 años, nació en las Azores, emigró a Canadá con sus padres y se maneja perfectamente en todos los idiomas importantes.
Mientras te sirve el té, aclara que este brebaje se llama té o tea en todas las lenguas decentes menos en portugués, que prefiere el vocablo cha por influencia del chino, al igual que los japoneses y los chinos llaman pâo al pan por influencia del portugués. Con ella aprendes también que las cerezas de los bombones Mon Cheri son portuguesas, de Fundâo, al otro lado de Valverde del Fresno.

Estación de Campanhá en Oporto vista desde un balcón del hotel Poveiro

Estación de Campanhá en Oporto vista desde un balcón del hotel Poveiro

Más sabio y más entretenido, te vas a la estación y allí descubres que, al tiempo que los extremeños perdíamos el Lusitania y el convoy lento, pero seguro, que unía Badajoz con Lisboa transbordando en Entroncamento, los gallegos conseguían arrancar en la última cumbre hispano-portuguesa el ‘comboio’ Celta: un tren que une Vigo y Oporto cuatro veces al día sin paradas en dos horas y cuarto. Y si el viaje es por carretera, las cajas de ahorro gallegas ya facilitan el dispositivo para circular por las autopistas portuguesas.
Los gallegos y los portugueses están unidos por la historia, por la lengua, por el ferrocarril, por los dispositivos y por el pan: en Galicia tampoco tienen buena prensa las baguetes, en los mercados venden hogazas de maíz y de centeno, como en Portugal, y hasta cuentan con panes con denominación de origen y con fiestas del pan. En Extremadura, estamos perdiendo el pan y el tren y creemos que Portugal es un sitio al otro lado de la frontera donde sirven marisco los domingos. Esto no puede seguir así.