La Cristoteca de Aveiro

Cuando empezaba a ser adolescente, había un cura en Cáceres que organizaba guateques. Eran tiempos de confusión: por un lado, la caverna tronando contra los bailes por considerarlos un pecado nefando; por otro, don José Polo montando guateques.

Imagen de un canal en Aveiro

Imagen de un canal en Aveiro

Don José Polo era mi cura oficial, regentaba mi parroquia, la de San Pedro de Alcántara, donde hice la Primera Comunión, y organizaba actividades tan curiosas como la Cruzada de la Bondad, que consistía en grupos organizados de preadolescentes que asistíamos a charlas y realizábamos buenas acciones. Aquel movimiento culminó con una suelta de globos con helio. De cada uno colgaba un mensaje que llegaría a un chinito o a un negrito, lo cual nos parecía portentoso pues la mayoría de aquellos cruzados bondadosos jamás habíamos visto un negrito ni mucho menos un chinito.

Don José Polo era un cura polémico, que son los curas que gustan en provincias y los que verdaderamente movilizan a los feligreses. En eso tengo suerte: siempre me tocan parroquias modernas con curas poco comunes. Mi párroco de ahora se llama Tino y pone de los nervios al beaterío prudente cuando arremete contra el boato de las comuniones y las procesiones. A cambio, encandila a los jóvenes, a los inmigrantes y a los cristianos comprometidos, que acuden los fines de semana a mi parroquia desde los barrios más alejados.

Pero a lo que iba, que decía yo que don José Polo era un cura tan moderno que no se le ocurrió otra cosa, allá por el año 1970, que organizar guateques en los locales parroquiales de la calle Reyes Huertas, esquina Bella Vista. Yo tenía 12 años y pasaba de bailar y de ligar, pero mis padres me obligaban a ir a aquellos guateques parroquiales como si fueran la misa dominical. Y claro, mi reacción fue la lógica: le cogí manía a los bailes, renegué para siempre de los guateques y me convertí en un inadaptado de discoteca: en cuanto se hace la oscuridad, hay destellos y suena música, me amuermo sin remedio. De hecho, lo que más miedo me da de la Navidad no es el amigo invisible ni las cenas de empresa, sino que, lo quiera o no, nadie me librará de pasar un par de noches por el suplicio discotequero.

Aveiro es conocida como la Venecia portuguesa

Aveiro es conocida como la Venecia portuguesa

Para acabar con el botellón y las fiestas sin tasa, lo mejor es institucionalizarlas. Obligar a los hijos preadolescentes a acudir a guateques oficiales asegura que, cuando menos, serán unos tibios a la hora de divertirse bebiendo en grupo.

El problema es que, en Extremadura, desde que se fue don José Polo, se acabaron los santos saraos y hay que viajar a Portugal para encontrar festejos como Dios manda. No hace mucho, descubrí la existencia de una Cristoteca en la ciudad portuguesa de Aveiro, que ya saben que queda un poquito más abajo de Oporto, junto al mar, en una ría. La organiza la propia diócesis y el nombre, aunque parezca irreverente, se lo ha dado el obispo, Francisco dos Santos, para quien “organizar la Cristoteca es anunciar desde la vigilia de la noche la certeza de las mañanas de resurrección”.

Si es así, no hay problema: a resucitar a Aveiro tras una vigilia en la que actúa primero el grupo de rock One Time, viene después una sesión de karaoke y se anuncia la certeza de la mañana con el llamado God’s Party animado por DJ’s.

Barcas típicas navegando por los canales de Aveiro

Barcas típicas navegando por los canales de Aveiro

En tiempos de Juan Pablo II, fueron famosos los Cristo Drink, que organizaban en Fátima grupos de cristianos brasileños. Pero en los Cristo Drink había mucha danza y cero alcohol, mientras que en la Cristoteca de Aveiro se sirven bebidas alcohólicas y se anuncia que los asistentes recibirán, con cada vaso de cerveza, una frase alegre, positiva y optimista.

Si hubiera más guateques de instituto con los profes vigilando, más Cristotecas y más Cristo Drink, todos ellos obligatorios, seguro que, por reacción, acabábamos con el botellón.

Mértola, puerto del reino de Badajoz

Mértola es un villa museo, pero a mis compañeros de bar no les debe de importar demasiado. Mientras escribo, justo encima del Guadiana, ellos beben Sagres helada y aventuran el resultado del Sporting-Oporto de la Copa de la Liga, que va a disputarse por la noche. Es la hora de la siesta en este balcón sobre el río y en esta ciudad, una de las más bellas de Portugal. Estoy en el café del mercado de abastos, cuya singularidad es que su terraza para fumadores pende sobre un paraje fluvial espectacular protagonizado por un Guadiana plenamente portugués: en este tramo, después de Cheles, el río se aparta del territorio español para retomarlo unos kilómetros más abajo, cuando busque, ya definitivamente, el mar en Ayamonte.

El río Guadiana a su paso por la ciudad de Mértola

El río Guadiana a su paso por la ciudad de Mértola

Mértola es un pueblo bellísimo, de los que te obligan a detener el coche, contemplar el panorama y soltar adjetivos del tipo increíble y alucinante o lanzar exclamaciones adolescentes como qué pasada, qué flipe y cómo mola. Hay que reconocerlo, Mértola es una pasada que mola. Aunque para alucinar en colores, hay que llegar desde el sur del río: la sorpresa será increíble de verdad cuando descubramos esta villa de 8.000 habitantes descendiendo, parsimoniosa y elegante, desde la torre del homenaje de su castillo, levantada en 1292, hacia el Guadiana, que discurre, ya sin embalses ni obstáculos, por su lecho natural, bien hundido y espectacularmente encajonado.

Alucinar ante Mértola no es nada raro: lo vienen haciendo todas las civilizaciones. Un espacio museístico de excavaciones permite conocer vestigios romanos, árabes, cristiano-medievales… Se puede visitar una iglesia que fue mezquita en el siglo XII y ha conservado los arcos y la traza musulmana. El visitante puede conocer el taller de tejidos, la torre romana del río, una basílica paleocristiana, el museo de la villa… Pero más allá de esas visitas, lo que no se olvida es el deambular demorado por sus calles blancas, que giran de pronto y te dejan ante un mirador inesperado que parece volar sobre el Guadiana.

Calle de Mértola descendiendo hacia el río

Calle de Mértola descendiendo hacia el río

En ese río y en este lugar, hicieron los fenicios un puerto y con los árabes, las naves partían desde aquí, Guadiana abajo, hasta los puertos del norte de África. Tras ser reconquistada la ciudad por Sancho II de Portugal en 1238, el puerto perdió importancia para recobrarla con la aventura portuguesa en el norte de África a partir del siglo XV.

Cae la tarde sobre esta terraza mirador del Café del Mercado. Se apagan las voces de los futboleros, que se marchan a jalear al Sporting. No soy capaz de apartar la vista del río. Es un Guadiana extraño para mí y para la mayoría de los extremeños, que lo conocemos expandido, ancho, ya sea en embalses de la Serena, ya sea cruzando nuestras vegas o nuestras ciudades. Aquí es distinto, parece más salvaje, menos domado, como si fuera un un río de verdad, de los que se sublevan contra los designios de las confederaciones y los ingenieros. Recuerda un poco al Duero en Peso de Regua, con el agua abajo y la tierra dispuesta en peldaños: viñedos ascendentes de bancal en bancal.

Anochece en las calles de Mértola

Anochece en las calles de Mértola

Mértola queda a 50 kilómetros al sur de Beja y no es excursión de un día si se quiere disfrutar despacio. Es Alentejo extremo, transición hacia el Algarve, pero perteneció a la Extremadura histórica, a aquel país casi mítico que primero se llamó Lusitania y luego,  emirato de Batalyaws. También fue taifa independiente y sede de la Orden de Santiago en Portugal.

En su tiempo, era una de las ciudades más bellas administradas por la Mérida romana, por la Mérida visigoda y por la Badajoz musulmana. Por eso es algo nuestra y uno no se siente extraño cuando la recorre. Ya no tiene puerto, ni es reino taifa ni sede de la Orden de Santiago y ha perdido 18.000 habitantes desde 1930, pero los arqueólogos la han convertido en una villa museo donde los futboleros beben cerveza y los extremeños recordamos los tiempos gloriosos en que éramos reino independiente con puerto y todo.

Café Guadiana, en la plaza principal de Mértola

Café Guadiana, en la plaza principal de Mértola

El rey que robaba niños

Mes de noviembre del año 1582. Un correo llega al galope a Cáceres. Busca el palacio episcopal y se presenta ante el obispo Galarza. Dice venir de Lisboa y entrega al prelado una real carta. El obispo se percata de la importancia de la misiva: viene rubricada por el propio rey Felipe II. Lee su contenido sin pestañear, descubriendo renglón a renglón la importancia del mensaje.

El año de 1582 ha estado lleno de dificultades para la Corona en su empeño por pacificar Portugal, donde gobierna Felipe II desde hace dos años. Su rival en la lucha por el trono, D. Antonio, Prior de Crato, acaba de ser derrotado en la batalla naval de la Isla Terceira, el penúltimo intento del prior, esta vez apoyado por Francia, de conseguir el trono de Portugal.

Antiguo monasterio de Flor da Rosa, a 40 kilómetros de Valencia de Alcántara, sede central de la Orden de Malta portuguesa, cuyo máximo dignatario era D. Antonio, prior de Crato

Antiguo monasterio de Flor da Rosa, a 40 kilómetros de Valencia de Alcántara, sede central de la Orden de Malta portuguesa, cuyo máximo dignatario era D. Antonio, prior de Crato

Esta había sido la historia: al morir en 1578 el rey D. Sebastián, heredó el trono su tío abuelo el cardenal Enrique. El anciano purpurado duró poco e inmediatamente se disputaron la corona portuguesa cinco aspirantes. Pronto quedaron en liza el más poderoso, Felipe II, refrendado por la nobleza y el alto clero,  y D. Antonio, que se autoproclamó rey en Santarem, con el apoyo del pueblo llano y del clero bajo, en junio de 1580.

Ese mismo verano de 1580, el Duque de Alba derrotaba al ejército de D. Antonio, ocupaba Lisboa y Felipe II era proclamado rey. El prior de Crato acababa huyendo a Francia, pero mantenía sus adeptos en Portugal y desde París preparaba su vuelta.

En ese contexto, Felipe II decidió despejar el camino de posibles aspirantes a la corona portuguesa y para ello, además de derrotar a D. Antonio y a los franceses en la batalla de la Isla Terceira, se preocupó de encontrar al futuro líder de la oposición portuguesa a su reinado luso. Se trataba de un niño, pero no de cualquier niño, sino del hijo bastardo del prior de Crato.

Los agentes de Felipe II buscaron al pequeño por el norte de Portugal, adonde había huido con su padre tras la toma española de Lisboa. D. Antonio, antes de marchar a Francia, lo había dejado en Barcelos, entre Oporto y Galicia, bajo la tutela del cura de Belem. Allí lo hallaron los enviados del rey.

Escultura, alegóricamente reducida, de Felipe II de España y I de Portugal en el jardín del Palacio Episcopal de Castelo Branco, declarado monumento nacional

Escultura, alegóricamente reducida, de Felipe II de España y I de Portugal en el jardín del Palacio Episcopal de Castelo Branco, declarado monumento nacional

Felipe II dio órdenes tajantes: había que robar ese niño. Efectivamente, el hijo del prior fue secuestrado. ¿Pero qué hacer con él? El rey tenía magníficas relaciones con el poderoso obispo de Coria, Pedro García de Galarza, que era su amigo personal y consejero. Así que decidió encomendar al prelado la “desaparición” del pequeño, que acabaría convirtiéndose en el niño robado más famoso de la historia de Portugal.

En aquella carta, que Galarza leía en el palacio episcopal de Cáceres aquel día de otoño de 1582, estaba escrito el encargo real: Felipe II informaba al obispo de la llegada de un “menino” portugués a quien se debería acoger en el Seminario de Cáceres y educar y tratar como a los demás niños del centro diocesano, que Galarza acababa de edificar “en el ejido de la villa que llaman de las Parras”, siguiendo la doctrina del Concilio de Trento.

Felipe II ordenaba a Galarza que impidiera cualquier contacto del niño con ciudadanos portugueses y que jamás le revelara su ascendencia. Don Pedro actuó como pedía el monarca, que un año después pasó por Cáceres, tras pacificar completamente Portugal, y pernoctó en el palacio del obispo.

Quizás fuera durante esa estancia en Cáceres cuando decidieron que el obispado cediera al rey la villa de Villanueva de la Sierra. Este pueblo pasaría más adelante a manos de un hidalgo desconocido, que Miguel Iglesias Hernández, sacerdote e investigador cauriense, sospecha que pudiera ser aquel niño robado, el hijo bastardo de D. Antonio, Prior de Crato, un niño que pudo ser rey de Portugal y se quedó en señor de Villanueva de la Sierra.

Españoles y portugueses: todos belloteros

Encina bellotera y solitaria, en Aldea del Cano

Encina bellotera y solitaria, en Aldea del Cano

De niño comía bellotas y estaban ricas. Desde luego, bastante más sabrosas que las almendras y las castañas. Comía bellotas y no tenía ningún complejo. Las tomaba crudas. Mi madre me enseñó que debía comerme la parte delantera porque estaba más dulce. La parte de atrás la tiraba, sabía amarga.
No sé cuándo dejé de tomar bellotas. Seguramente, cuando salí a estudiar fuera de Extremadura, a punto de ser adolescente, y empezaron a llamarme bellotero. De manera inconsciente, debí de pasarme a la avellana o a la nuez: no sabían tan intenso, pero tenían mejor imagen.

En Extremadura nos pasa mucho eso: de manera inconsciente, renunciamos a lo nuestro por la cosa de la imagen, como si tuviera menos valor por ser de aquí. A los de Oporto, por ejemplo, los llaman tripeiros porque durante un asedio empezaron a comer callos. Y no se acomplejan, han convertido las tripas a la moda de Oporto en plato nacional y disfrutan de lo lindo atiborrándose ellos y atiborrando a los turistas con un manjar tan humilde.

Encinas y vacas, en Ceclavín, junto a la frontera portuguesa

Encinas y vacas, en Ceclavín, junto a la frontera portuguesa

Una vez se me ocurrió llevar a Galicia una botella de Cremibellota y la serví en una fiesta. Triunfó. Desbancó al Baileys. Desde entonces, cada vez que voy llevo varias botellas de ese espectacular licor cremoso y bellotero.
El otro día, descubrí en un local de comida para llevar unos caracoles criados con bellota. El lugar se llama La Parrilla, está en la avenida que sube a la estación de ferrocarril de Badajoz y anuncian en la puerta sus caracoles ibéricos de pata negra, “como siempre, criados con bellota”.

Encinares alentejanos rodeando el embalse de Alvito

Encinares alentejanos rodeando el embalse de Alvito

En Mérida hacen unos exquisitos caramelos de bellota de la Abuela Paula. Además está la oferta abundante de licor de bellota, el exquisito y popular turrón de pobre, que se consigue emparedando una bellota entre higos pasos, o el dulce de bellotas cocidas con naranja y canela que propone Juan Mari Arzak: se rajan las bellotas en la punta, se cuecen durante 25 minutos con cáscara de naranja, rama de canela y miel, se escurren y se sirven espolvoreadas de canela.

El sol se pone en los encinares de Ceclavín

El sol se pone en los encinares de Ceclavín

El tiempo de la bellota es entre octubre y enero. Como pasamos de ellas y las despreciamos, aunque nos gusten, pues no nos percatamos de que las dehesas empiezan a llenarse de este dulce fruto de la encina que durante siglos fue la base de nuestro sustento. Y la base del sustento de catalanes, vascos madrileños, asturianos, manchegos, castellanos… En España y Portugal, todos tenemos un pasado bellotero, aunque solo nos tilden a los extremeños de bellotaris y belloteros y nos achantemos por ello en lugar de proclamarlo orgullosos.

Encinas en la dehesa boyal de Ceclavín

Encinas, en la dehesa boyal de Ceclavín

Estrabón caracterizaba a los hispanos como comedores de bellotas que se alimentaban de ellas y de sus derivados, harina y pan, durante tres partes del año. San Isidoro de Sevilla especifica que antes de que los romanos nos hicieran cerealistas, la bellota nos daba la vida. En el Quijote, se habla de la Edad Dorada como un tiempo lejano en que los hombres eran felices, se alimentaban de bellotas y de miel y no había propiedad privada ni opresión de la mujer ni angustia por cultivar la tierra.
En la Universidad de Vigo han patentado un turrón de bellota que lleva, además, trufa de chocolate, nata, huevo, limón y leche condensada. En Montijo, hacen unos sabrosos bombones de bellota. En Valencia, venden harina ecológica de bellota y también hay galletas de bellota.

Ceclavín: crepúsculo en la dehesa

Ceclavín: crepúsculo en la dehesa

Asumamos nuestro carácter de belloteros y de mangurrinos, que viene a significar lo mismo. En la bellota está la esencia de Iberia, que permanece intacta en Extremadura porque aquí aún mantenemos nuestro bosque ancestral, el que asombraba a Estrabón. Reivindiquemos la bellota: convirtámosla en seña de identidad y no en motivo de vergüenza. Hoy, decir “de bellota” es decir sublime. Todos los españoles somos de bellota. Los portugueses, también. Y los extremeños, más que nadie.

Encina seca en Ceclavín: ya no dará bellotas

Encina seca, en Ceclavín: ya no dará bellotas

O Mudo de Badajoz

Varios lectores me han pedido que suba al blog una historia que publiqué en la contra del diario HOY el 14 de agosto de 2006. Es una aventura muy fronteriza y uno de los episodios más curiosos que he conocido sobre la Guerra Civil. La subo tal y como se publicó cuando se cumplía el 70 aniversario de la toma de Badajoz por las tropas de Franco:
Esta historia comenzó hoy hace 70 años en Badajoz. La cuenta Francisco Pilo en su libro «Ellos lo vivieron». Es una de las peripecias más conmovedoras y novelescas de la Guerra Civil en La Frontera. El protagonista se llamaba José Merchán Luengo y vivió callado durante casi 40 años, haciéndose el mudo. Interesados por su aventura, hemos seguido su pista por Badajoz y Portugal.

14 de agosto de 1936. El día anterior, las tropas nacionales han llegado a Badajoz, han tomado posiciones en el barrio de San Roque y se han iniciado las escaramuzas. Esa mañana, a las nueve, la artillería abre fuego sobre la ciudad desde el Cerro Gordo. Media hora después, la aviación bombardea. A las 10,30 horas comienza el ataque por tierra.

Puerta de Palmas de Badajoz, donde vigilaba José Merchán el 14 de abril de 1936

Puerta de Palmas de Badajoz, donde vigilaba José Merchán el 14 de abril de 1936

Las maniobras envolventes han dejado abierto el sector Oeste, permitiendo la huida por la Puerta de Palmas: las tropas de Franco saben que si se deja una salida al enemigo, éste combate con menos desesperación. El mando republicano también conoce ese detalle psicológico y coloca en la Puerta de Palmas un piquete para que nadie escape. Contradictoriamente, varios gerifaltes huirán por ese lugar a las 10.30 horas. Entre los vigilantes está un joven de 26 años. Se llama José Merchán Luengo.

José es uno de los 6.000 defensores de Badajoz. Viste mono miliciano y pasadas las dos de la tarde, cuando los 2.500 efectivos del teniente coronel Yagüe entran por el baluarte de San Juan y la Puerta Pilar, entiende que la suerte está echada y huye por el Puente de Palmas. Por allí y por el vado de La Molineta escapan entre 2.500 y 3.000 pacenses buscando la seguridad de Portugal o subiendo hacia Alburquerque.

Puente de Palmas, por él huye José de Badajoz

Puente de Palmas, por él huye José de Badajoz

José emprende una vertiginosa carrera por los cerros de la finca Casa Blanca, de la familia Villalobos. Cruza a Portugal por las

inmediaciones de la frontera de Lopo. Va con otros compañeros, pero se queda atrás y tras unas peñas observa cómo la policía portuguesa los detiene y los devuelve a Badajoz. Se esconde. A la mañana siguiente intenta acercarse a Campo Mayor, donde tiene conocidos, pero la policía patrulla la zona y toma el camino de Ouguela.

Viejo contrabandista recordando en Ouguela los tiempos de O Mudo

Viejo contrabandista recordando en Ouguela los tiempos de O Mudo

Encuentra un hombre muerto y coge sus ropas. Según otras versiones, pudo haberlo matado, pero a Pilo siempre se lo negó. «Yo le decía que llevaría alguna navajina y él decía que no y se enfadaba», contaba el escritor. Se interna en Portugal. Trabaja en lo que puede. Llega a Oporto. Intenta escapar en barco, pero no lo consigue. Vagabundea por los muelles de Matosinhos, donde empieza a trabajar. En 1945 se casa con una portuguesa. En 1975, muerto Franco, se jubila y regresa a Badajoz.

El Duero, en Oporto, camino de su desembocadura

El Duero, en Oporto, camino de su desembocadura

Pero lo más sorprendente es que, durante todos esos años, se hace el mudo, no dice ni una palabra para que no se descubra su identidad española y no lo deporten. A Pilo le contó que cogía la bicicleta y se iba al campo a dar voces para no volverse loco.

Al volver a Badajoz en tren, nada más salir de la estación, entra en el bar Cárdenas, pide en voz alta un chato de vino y su mujer, anonadada, se desvanece. Cuando conocimos esta historia recorrimos los escenarios de la aventura. En la centenaria peluquería de Pepe el Nervio aún recordaban los hechos y se los habían oído narrar a Juan Cárdenas, hermano de Luis Cárdenas, dueño del bar, que contaba el momento en que José, conocido en Oporto como ‘O Mudo’, pidió el chato de vino y la sorpresa de su mujer.

Cais de Oporto, desde el puente Luis I

Cais de Oporto, desde el puente Luis I

José Merchán no tenía hijos. Volvió a Oporto, enviudó y regresó definitivamente a Badajoz. Los últimos años de su vida fue muy popular en la avenida Carolina Coronado, en el barrio de la Estación y en el bar Morales. Luis Morales, su dueño, lo rememoraba una mañana de febrero mientras paseaba frente a la estación: «Aquel hombre vestía pellica, visera y capa. Jugaba mucho a las máquinas y aquí lo llamaban El Portugués»… Pero era de Badajoz y vivió 40 años callado porque tenía miedo.

Mercadillos de la frontera

Fuentes de Oñoro. Años 70. La cantinera de la estación de ferrocarril estrena coche cada año. Se lo regala la empresa Viuda de Solano en agradecimiento a las cantidades ingentes de pastillas de café con leche que vende a los viajeros. El carnicero del pueblo también marcha viento en popa: vende pies de cerdo a toneladas. Se los traen de Corea congelados en trailers para que los portugueses puedan preparar sus pezinhos con coentrada, uno de los platos nacionales lusos, que cocinan especialmente bien en el restaurante Sao Rosas de Estremoz. Otro comerciante de Fuentes de Oñoro que hace su agosto todo el año es el farmacéutico. Su producto estrella: el Ceregumil, un revitalizador que le llega en vagones de tren repletos del milagroso producto.

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Mercadillo de Portalegre

A los portugueses, les gustan mucho los caramelos, los reconstituyentes, los pies de cerdo y los mercadillos. Los tres primeros productos los han comprado mucho en España. En cuestión de mercadillos, ellos son los maestros.

Fuentes de Oñoro está en la raya de Salamanca con el distrito de Guarda. Al otro lado de la frontera queda el pueblo hermano de Vilar Formoso. A los extremeños del sur, estas dos localidades les dicen más bien poco. Para los del norte son la referencia de sus compras fundamentales: de allí traían el ajuar de las bodas, la vajilla de los días de fiesta y el café de cada mañana. Ahora equipan allí a sus hijos para el cole.

Desde hace muchos años, en la última semana de cada mes aparecen en las farolas y en las panaderías de los pueblos y ciudades de Cáceres folios escritos anunciando el viaje obligatorio al mercadillo del primer sábado de mes en Fuentes de Oñoro. El autocar sale a las seis de la mañana de Cáceres y regresa bien entrada la noche. Pero el esfuerzo merece la pena: tres kilómetros de puestos esperan al viajero extremeño para tentarlo con marcas falsas, capas recias, botas a medida y todo tipo de embutidos, quesos, semillas, gorros y gallinas de raza.

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Churrera en el mercadillo de Sousel

Fuentes de Oñoro y Vilar Formoso son dos pueblos paralelos que han corrido suerte dispar tras la eliminación de las fronteras. A principios de los 80, ambas localidades vivían un tiempo de esplendor económico gracias al comercio, el contrabando y las aduanas. Hoy, Fuentes de Oñoro languidece agonizante y Vilar Formoso crece espléndida y vital con sus calles llenas de hoteles, comercios y pastelerías.

Resulta llamativo lo que sucede con la autovía que une Lisboa y Oporto con Europa sin interrupción excepto en Fuentes de Oñoro. Al llegar a esta localidad, los cuatro carriles desaparecen y hay que recorrer el pueblo para volver a coger la autovía ya en Portugal. Es una sinrazón basada en esa creencia de que si los coches pasan por el centro de las ciudades, los viajeros paran a comprar. Fuentes de Oñoro es un ejemplo evidente de lo contrario: la villa languidece y los conductores sufren la mentecata decisión de no enlazar las autovías en la frontera. El pasado mes de junio se dieron por fin los últimos pasos para construir los cinco kilómetros que faltan en el tramo español.

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Puesto de lencería en el mercadillo de Portalegre

Lo que no ha decaído en este tiempo es el mercadillo portugués, un paraíso de las marcas falsas similar al que se celebra en Portalegre. El de Vilar Formoso es famoso por las zapatillas deportivas de primeras marcas a un precio que oscila entre los 20 y los 40 euros. En estas fechas de principio de curso, lo que más preocupa al consumidor en Extremadura es el equipamiento escolar. Los extremeños del sur se acercarán a Portalegre el tercer domingo de septiembre. Los del norte irán el primer sábado de octubre a Vilar Formoso. Si en los años 70, eran los españoles de Fuentes de Oñoro quienes se hacían de oro vendiendo caramelos, reconstituyentes y pies de cerdo de verdad, ahora son los portugueses de Vilar Formoso y Portalegre quienes se forran a base de vender Nike, Adidas y Puma… de mentira.

Un país sin baguetes

Me gusta Portugal porque no hay baguetes. Un pueblo sin pan congelado es un pueblo civilizado. Portugal es un país de tamaño menor que, como todos los bajitos, compensa su estatura con chulería. Si los españoles apostamos como marca por la diferencia, “Spain is different”, ellos juegan a la grandeza: “Portugal nâo e un país pequeno”. Quien quiera vender en Portugal, debe jugar también a lo grande, sea una tónica: “Schweppes a melhor tónica do mundo”, sea un bizcocho: omellorbolodechocolatedomundobycbl.com.
Los extremeños, salvo los que viven en la misma frontera, miramos a Portugal un poco de lado, con cierta superioridad. Craso error: no se puede despreciar un país que tiene retretes públicos limpios y surtidos en cada aldea, que sabe conservar la arquitectura autóctona, que no come baguetes.

Retretes públicos, en Penha García

Retretes públicos, en Penha García

En Galicia sucedía algo parecido. Pero han aprendido la lección. En el estadio de Riazor, durante los Deportivo-Celta, los Riazor Blues siempre acababan cantando aquello de que de una puta y un portugués nació el primer vigués. Y en un estudio realizado por la Universidad de Vigo, se refería cómo los niños gallegos preguntaban a sus madres si los portugueses eran negros. Hoy, Galicia y Portugal están volcados mutuamente y les va bien. Solo en A Coruña se mantienen esas suspicacias sobre lo luso que aún se manifiestan en Extremadura.
Cuando voy a Portugal, me gusta alojarme en hoteles baratos de estación. Para recorrer el centro, lo mejor es dormir en el hotel Gabeiro de Entroncamento. Desde allí, parte la bella línea del Tajo, que llega hasta Vila Velha de Rodâo siempre a la orillita del río, Lisboa queda a un rato y llegas a Tomar en lo que tardas en leer O Correio da Manhá, un periódico de pocas letras y muchos santos. Para un extremeño, Entroncamento tiene el añadido sentimental de poder dar una vuelta por la estación tras la cena para ver pasar el Lusitania, el último tren que unía Extremadura con Portugal.

Puente Luis I, en Oporto

Puente Luis I, en Oporto

Pero donde de verdad disfruto es en el hotel ferroviario Poveiro de Oporto. Lisboa quizás sea más imponente, pero la ciudad portuguesa que más me gusta es Oporto, sin duda. Y qué mejor centro de operaciones que el Poveiro, un hotel digno, con habitaciones a 40 euros, donde Maria do Ceo, la dueña, sirve los desayunos y te cuenta historias que te obligan a sacar la libreta y apuntarlo todo. Maria do Ceo debe de tener 60 años, nació en las Azores, emigró a Canadá con sus padres y se maneja perfectamente en todos los idiomas importantes.
Mientras te sirve el té, aclara que este brebaje se llama té o tea en todas las lenguas decentes menos en portugués, que prefiere el vocablo cha por influencia del chino, al igual que los japoneses y los chinos llaman pâo al pan por influencia del portugués. Con ella aprendes también que las cerezas de los bombones Mon Cheri son portuguesas, de Fundâo, al otro lado de Valverde del Fresno.

Estación de Campanhá en Oporto vista desde un balcón del hotel Poveiro

Estación de Campanhá en Oporto vista desde un balcón del hotel Poveiro

Más sabio y más entretenido, te vas a la estación y allí descubres que, al tiempo que los extremeños perdíamos el Lusitania y el convoy lento, pero seguro, que unía Badajoz con Lisboa transbordando en Entroncamento, los gallegos conseguían arrancar en la última cumbre hispano-portuguesa el ‘comboio’ Celta: un tren que une Vigo y Oporto cuatro veces al día sin paradas en dos horas y cuarto. Y si el viaje es por carretera, las cajas de ahorro gallegas ya facilitan el dispositivo para circular por las autopistas portuguesas.
Los gallegos y los portugueses están unidos por la historia, por la lengua, por el ferrocarril, por los dispositivos y por el pan: en Galicia tampoco tienen buena prensa las baguetes, en los mercados venden hogazas de maíz y de centeno, como en Portugal, y hasta cuentan con panes con denominación de origen y con fiestas del pan. En Extremadura, estamos perdiendo el pan y el tren y creemos que Portugal es un sitio al otro lado de la frontera donde sirven marisco los domingos. Esto no puede seguir así.